Oct 032014
 
 3 Octubre, 2014  Publicado por a las 11:11  Añadir comentarios

Capítulo 19 Fuerza de Mascarón: El descanso del mascarón

Me detuve en seco, casi chocando contra los titanes. No comprendía lo que pasaba. O sí, pero no quería admitirlo. Me volví. El capitán estaba a menos de una braza de mi posición. Me observaba con su rostro casi tan pálido como cuando el cazador se abalanzaba sobre nosotros. Yo sólo pude boquear. No encontraba palabras para justificar lo que sucedía. Mis ojos saltaban desde la cara desencajada del capitán a mi puño carente de energía. La esfera de luz agonizaba en el dorso de mi mano, una diminuta canica de tibio color rojizo. El tatuaje del segundo corazón y la runa de vida perdían a ojos vista su viveza azulada para esconderse en el interior de la piel deformada. Regresaban a su estado de letargo. Del puño mis ojos regresaban al capitán, como si pudiera hallar entre sus arrugas una solución.

Por supuesto no la había allí. Mi mirada hizo un intento de bajar hacia la cintura del viejo, pero me obligué a no hacerlo. Sabía demasiado bien lo que aguardaba apenas oculto bajo el fajín de capitán. Me giré de nuevo y enfrenté las espaldas de los mascarones.

–No, ¡todavía no! ­–maldije. Pero una voz interior ya me estaba susurrando lo que iba a pasar. Nos lo habían explicado en el templo numerosas veces, pero nunca demasiadas. Lo hacían siempre como advertencia, deseando que no lo viviéramos en primera persona. Pero la amenaza estaba ahí, y los maestros no la escondían–. No. ¡No! ¡Revive!

Contemplé mi puño: apenas logré distinguir las líneas del tatuaje del segundo. Se habían vuelto muy suaves, casi transparentes. Aun con todo llegué a adivinar leves y arrítmicas fluctuaciones. Un latido moribundo.
Relatos de Fantasía - Fuerza de Mascarón - Tripulación
Una mano fuerte me agarró por la muñeca derecha. El capitán tomaba el mando, incluso en ese momento.

–Gus…

Temí que lo hiciera, que se llevara la otra mano al costado. Pero no. El viejo envolvió mi mano entre las suyas: sentí cómo me cedía algo de su propia energía. De nuevo se comportaba como maestro, el profesor que contemplaba con desesperación la posible derrota de su alumno. El calor de la fuerza de Larsenbar avivó un poco mi segundo corazón. No lo podía ver, cubierto como estaba por el apretón de Larsenbar, pero supe que el tatuaje asomaba de nuevo en la piel. Junto con él lo haría la sombra de la runa de vida, antes resplandeciente y ahora apenas capaz de emitir un brillo tenue.

El viejo me soltó la mano. Mi puño revivido voló hacia el pecho del mascarón maestro. Ambos, capitán y yo, esperábamos que con esa dosis extra de Voluntad la estatua volviera a activarse.

–¡Anda!

Pero no obedeció.

Insistí de nuevo, golpeando con más fuerza el pecho de madera. No se movía. El poder de Thxotugá, señor del movimiento, no regresaba al cuerpo tallado. El corazón de mi puño no parecía capaz de obrar el milagro. En el templo me lo habían tatuado para cumplir esa única función, y ahora fallaba.

No. El que había fallado era yo. Me miré con ojos desorbitados la palma de la mano. Los dos tatuajes, la runa y el corazón, estaban volviendo a desaparecer bajo mi piel transformada. El tono de ésta, gris y correoso, se me hizo aborrecible.

El mascarón maestro. Contemplé su pecho liso, cubierto de salitre: en él apenas se apreciaban ya restos de pintura u oro. Les había dado, a él y a sus compañeros, la vida. Les había hecho partícipes, piezas fundamentales, de una pequeña epopeya, una que seguro que se narraría en puertos y tabernas durante años. ¿No podían ahora ayudarme ellos a mí un poco, dar unos pasos más y guarecerse en sus nichos? Sólo les pedía eso: avanzar no más de tres brazas, subir una borda y recogerse bajo el bauprés.

El mascarón no se movió.

–Actívate, ¡condenado! Anda ­–golpeé con los dos puños el pecho de madera–. Por todos los dioses. ¡Anda! ¡Los tres! ¡Andad!

Debían obedecerme, recorrer esos últimos pasos. Y saltar la borda. Y regresar a sus lugares. Debían hacerlo. Cumplir su misión. Y no traicionarme.

Pero no se movían.

Apenas sentí las manos del capitán cuando me tomó por los hombros. Creo que gritó algo.

Yo miraba al mascarón. Seguía parado.

Con suma delicadeza, ayudado por otro hombre (¿quizá el contramaestre? Imposible, estaba muerto), me tendió sobre la cubierta. Yo me dejaba manejar, sólo pensando en la traición.

No se movían.

Los últimos resquicios de poder abandonaron mi mano. El segundo corazón se enterró bajo la piel, arrastrando a la runa de la vida con él. El capitán tomó de nuevo mi mano, pero esta vez no para darme su energía, sino para algo muy distinto. Noté cómo un diminuto ápice de su Voluntad se hundía en mi carne y luchaba por organizar mi caos interior. No todo, claro: sólo aquello que buscaba, aquello que necesitaba. Estaba modificando el flujo de energías. Sentí cómo manipulaba mi esencia interna, mi propia Canción, y la inducía a fluir en sentido contrario. De mi puño a mi brazo, surcando mis venas, buscando lo más profundo de mi pecho.

El mascarón seguía ahí, impertérrito. Muerto. Pero yo estaba convencido de que en cualquier momento resucitaría demostrando que no me había traicionado, que sólo me había gastado una broma.

Un calor especial inundó mi corazón. Sentí que me soltaba la mano. La tarea de Larsenbar casi había acabado. Sabía lo que vendría. Me lo habían explicado muchas veces en el templo. No necesitaba ver cómo su mano buscaba bajo el fajín extrayendo… extrayendo eso.

Poco me importaba: sólo tenía ojos para el mascarón. No se movía. El maldito no se movía.

Mantuve la mirada clavada en el pecho de mascarón. No la desvié ni un solo grado, ni cuando adiviné el resplandor del metal. El puño del viejo se elevaba hacia la arboladura como un mástil más. Sostenía una banderola muy especial, el cuchillo ritual de capitán.

–Muévete, desagradecido –­creo que llegué a musitar–. ¡Hazlo!

Como si la última palabra estuviera dirigida a Larsenbar éste hizo bajar la hoja. En menos de un parpadeo el metal estaba hundido en mi pecho. Noté cómo la garganta se me llenaba de un líquido cálido, amargo con fondo dulce. O quizá al revés.

Debo admitirlo: no sentí dolor. Ni siquiera cuando la hoja del capitán hurgó con terrible habilidad en mi interior. El filo del cuchillo sajó el músculo y desplazó los huesos abriendo un espacio allí donde no debería haberlo. Por ese hueco el viejo introdujo su mano derecha y, con un movimiento rápido y final, extrajo mi corazón palpitante. Tuve que cerrar los ojos, cegado. El órgano resplandecía casi como antes lo hiciera el tatuado en mi puño. Mis mejillas se humedecieron, aunque ignoro el color del líquido. La sangre diluye bien las lágrimas de vergüenza.

Volví a abrir los ojos, a mirar al mascarón. El traidor. Quieto. Me había… vencido.

Mis fuerzas. Desaparecen.

Ellos. Me habían vencido. Traidores. Pero… bajo el dolor… de la traición… hay algo peor. Algo mucho más personal. Duele como nada antes. Vergüen…

Juan F. Valdivia

Foto Juan F. Valdivia Me considero un lector casi compulsivo de terror y ciencia ficción (de fantasía menos, pero que mucho menos). Sin embargo a la hora de escribir tiendo más a la fantasía con toques oscuros, siempre lejos de pastiches tolkienianos. Quizá se deba a que ese terreno ambiguo me permite redactar textos con mayor comodidad y libertad.

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Aven

Historiador y Aventurero de día, Mago y Guerrero de noche siempre me ha gustado combinar la afilada hoja de mi espada con una bola de fuego o una tormenta de rayos.
Son... argumentos contundentes.

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