May 232014
 
 23 Mayo, 2014  Publicado por a las 11:11  Añadir comentarios

Capítulo 13 Fuerza de Mascarón – ¡Larguen velas!

Debíamos hacer algo para no caer en manos de esos piratas. Aunque quizá tratarlos como simples piratas suponía cometer un error: brujos, nos enfrentábamos a brujos dotados de Voluntad.
Buscamos con la mirada al capitán. Mientras habíamos estado hablando él había regresado al alcázar. Desde esa posición observaba al buque, miralejos en ristre. En ese preciso momento pareció dar por concluida su guardia, ya que el viejo volvía a descender hacia la cubierta principal. Su rostro lucía una palidez anormal. Avanzó sin prestar atención a las varias decenas de ojos que clavaban su atención en él, y sólo al llegar junto al mástil mayor se detuvo y giró la cabeza de un lado a otro. Parecía como si buscara a algo o a alguien, casi incluso como si estuviera perdido. Sus dudas desaparecieron con la misma premura con que habían surgido. Hizo un gesto hacia el nostramo; éste, tras habernos amenazado de forma velada con sacar a paseo el Besos, ya iba hacia allí el capitán. Al llegar a su lado las dos figuras parecieron unirse en una sola. Al menos los dos juntos parecían emitir un aura de seguridad, una energía que en solitario parecían haber perdido. Larsenbar taconeó las tablas de cubierta exigiendo atención, sus ojos recorriéndola por completo y dedicando una intensa mirada a todos los hombres.

–¡Larguen todas las velas! ¡Tenemos que deshacernos de esos desgraciados lo antes posible! ¡Desplieguen todo el trapo, incluso los juanetes y los sobrejuanetes! Quiero que se redoble la vigilancia en los nervios y los puños: todas las gavias deben quedar bien aseguradas. Señores –el capitán bajo un poco el tono, que adquirió cierto cariz de familiaridad­, algo por completo inhabitual–, sé que vamos a someter a nuestra querida Orgullo a un esfuerzo que quizá la quiebre, pero tengan la seguridad de que siempre será mejor eso a arriesgarse a caer en…

Relatos de Fantasía - Fuerza de Mascarón - Ocaso
El viejo no quiso acabar la frase. No quiso o no pudo. Por lo que a mí se refería no necesitaba más explicaciones: el timbre de su voz y su gesto al dar la orden me bastaba para tener la absoluta certeza de que nos estábamos jugando mucho más que un abordaje. Debíamos darlo todo, aunque en mi interior me carcomía la dudaba de si las esferas de Voluntad aferradas a los mástiles soportarían la nueva presión que éstos deberían sufrir.

La agitación regresó a la nave, una actividad llena de nerviosismo. Entre ese caos no pude apreciar la menor duda respecto a lo raro de la orden: desplegar unas velas como los juanetes, con una tormenta casi encima, rozaba lo suicida. Pero sí que note cómo varias miradas me perforaban: al fin y al cabo yo había ayudado al viejo a asegurar los mástiles, y en mí recaía parte de la responsabilidad de que no quedáramos desarbolados, a merced de la tormenta… y del cazador. Ante esas miradas nada más pude cabecear con un silencio afirmativo, tratando de tranquilizar a los cada vez más nerviosos marineros. Intranquilos o no, todos acataron las órdenes del capitán sin discutir. La figura cada vez más cercana del cazador nos pesaba a todos como una condena.

Por segunda vez en este anómalo atardecer la cubierta se lleno de marinos corriendo hacia drizas y jarcias, hombres saltando a los obenques para trepar hacia las vergas que todavía albergaban paño sin desplegar. En el bauprés no quedaba nada por desplegar, por lo que me uní al resto del equipo a ayudar a desplegar del todo el trinquete, que hasta entonces sólo había sido izado a media manga. El colosal Pet se encargó él solo de acabar de desplegar en toda su superficie el velacho, mientras Lork y Marco se dedicaban a hacer lo mismo con el juanete. Yo vigilaba que los cabos no se enrollaran con el resto de jarcias. Mientras lo hacía trataba de no perder ojo al buque pirata. Éste recortaba sin cesar la distancia. De seguir acercándose a ese ritmo en poco tiempo podríamos empezar a distinguir los rostros de su tripulación. Siempre había escuchado que aquel instante, cuando por primera vez contemplas las caras de los que se van a abordar tu nave a sangre y fuego, resultaba poco menos que decisivo para la moral.

Cuando los paños superiores quedaron desplegados la tormenta no tardó mucho en demostrar su fuerza arremetiendo contra los tres mastelerillos y sus respectivas velas. Las vergas por el momento parecían soportar bien la tensión de los juanetes y sobrejuanetes. Pero se quejaban: todos en cubierta podíamos escuchar cómo la madera gemía víctima de la torsión, los nervios silbando al viento. Las esferas de Voluntad hacían su trabajo, sustituyendo los anclajes perdidos y afianzando los todavía existentes, pero los sonidos que escuchábamos sobre nuestras cabezas no tranquilizaban a nadie.

En un momento dado, cuando las tareas de despliegue de paños superiores habían concluido del todo, el nostramo buscó al capitán. A la mirada del contramaestre el viejo sólo respondió con un seco movimiento afirmativo de cabeza. No necesitaba más: el nostramo le gritó al vigía que abandonara su puesto en la cofa y bajara a cubierta. El hombre descendió con más lentitud de la habitual en él, aferrándose a los cabos y nudos de los obenques. Mientras lo hacía creí distinguir cómo sus labios temblaban, ignoro si por culpa del miedo o sólo porque musitaban alguna letanía. Pero casi en el mismo momento en el que el vigía plantaba sus pies sobre cubierta acabaran todas las operaciones. Esta vez la sacudida fue más leve. Sin embargo por toda la nave resonó el crujido metálico de las escotas: las cadenas iban a sufrir lo que nunca. El viento surgido de la tormenta ya cercana hinchaba todo el velamen impulsándonos lejos del cazador. Las enormes velas mayores, cuadradas y sin dibujo, parecían vejigas a punto de explotar: en condiciones normales, con un frente como el que nos atacaba tan próximo, ningún capitán en su sano juicio desplegaría ese paño ante el riesgo de partir los mástiles. Pero al parecer la postura suicida consistía en no hacerlo, y con ello dejarnos capturar por nave pirata.

Obedeciendo al capitán procedimos a afianzar las velas anudando las jarcias a sus cáncamos. El nostramo silbó más órdenes: como un sólo hombre la tripulación se dispersó tendiendo cabos de los masteleros a la borda. Así se esperaba liberar de tensión los nervios y asegurar la arboladura. Nos haría más resistentes a los embates de la tormenta, impidiendo que quedáramos desarbolados; por el contrario la amenaza de una escora aumentaba. No se podía tener todo.

Poco más podían hacer los hombres, los hombres normales. Pero yo sí que podía ayudar de otra manera. Cerré los ojos y escuché la Canción de las tres esferas. La melodía fluía bien, sin que la tensión física pareciera afectar al diminuto flujo de Voluntad. Pese a los gemidos que provenían de las alturas la integridad de los mástiles por el momento estaba asegurada.

Sólo cuando abrí los ojos me percaté de que se había desencadenado un chirimiri. Un primer rayo quebró el cielo. Como si hubiera servido de señal, la tripulación entera nos volvimos hacia el viejo. Larsenbar estaba apoyado en la borda de estribor, a la altura del palo mayor, de nuevo mirando a través del miralejos. En derredor suyo, salvando una braza de distancia, se empezaba a congregar una constelación de hombres. Permanecían tan atentos al buque pirata como a la reacción del capitán. Las jarcias de las velas chasqueaban sujetas cada vez a una mayor tensión. En lo alto la tela de los sobrejuanetes gemía a punto de rasgarse. Alcé la mirada hacia allí arriba y los descubrí tan hinchados que sabía que en cualquier momento la lona cedería y se desgarraría. Pero comprendía al capitán: debíamos aprovechar toda la superficie de velamen para alejarnos de esos… ¿De qué? ¿Piratas? ¿Brujos? Visto lo visto todos nos temíamos que ambas cosas.

Ahora que nuestros perseguidores estaban más cerca los detalles de su nave deberían empezar a definirse, ver la actividad sobre cubierta… pero eso no ocurría. Seguía sin apreciarse el obligatorio trasiego que toda nave en semejante maniobra, cazando a máxima velocidad, debe vivir. No podía ver el menor rastro de tripulación, ni en cubierta ni en la arboladura. Ni siquiera en proa. ¿Nadie en esa nave se estaba preparando para el abordaje?

Más allá de nuestra proa, en línea del horizonte de poniente, el sol casi lamía las aguas. En adelanto al contacto del globo de fuego con las aguas éstas ya bullían, elevándose desde su superficie la cotidiana columna de vapor. En cualquier otra ocasión me hubiera deleitado con el juego de colores bailarines que la luz del astro generaba al desagarrar el velo de hirvientes vapores. Pero este anochecer toda mi atención estaba volcada en el cazador. Al igual que yo, de hecho nadie miraba hacia poniente: todos observaban con nerviosismo los progresos del buque pirata.

Un agonizante destello de claridad en Naciente me llamó la atención. Para mi sorpresa bajo la mole de tiniebla de la tormenta se estaba formando una Laguna Dorada, un banco de luz rebelde. Suspiré lamentándome de que ese maravilloso espectáculo estuviera sucediendo en ese momento: en pocas ocasiones al año se podía contemplar ese fenómeno. Pese a la presencia de los piratas me obligué a desviar la mirada de la nave y apreciar el grumo de resplandor que se estaba formando. Nunca antes había visto en primera persona esa maravilla, sólo conociendo de ella a través de cuadros y libros: un resquicio de luz del sol, por azares del destino que nadie sabe dotado de una efímera pincelada de Voluntad, se negaba a seguir a su padre a su lecho bajo las aguas. El rebelde resplandor huía del astro y trataba de anclarse en el horizonte que le viera nacer, Naciente. La luz, acorralada y negándose a morir, formaba una pequeña laguna resplandeciente al borde de esa zona del horizonte. La laguna que contemplaba apenas cubría unos pocos grados, mucho más pequeña que otras de las que había oído hablar, capaces de simular un amanecer. Pero aun así fluctuaba y resplandecía, peleando contra el ocaso y la oscuridad de la tormenta que se abalanzaba sobre ella. Hacía todo lo posible por no morir, por no acabar sucumbiendo a la negrura final.

–¿Tú también te has fijado, Gus? Hermosa –Marco apoyó una de sus enormes y rechonchas manos sobre mi hombro derecho–. Pequeña pero hermosa Laguna Dorada. Siempre se ha dicho que verlas es un símbolo de buen agüero. Espero que nos proteja.

Sin saber qué replicar, me limité a asentir en silencio. ¿Cómo decirle que no creía en semejantes cuentos de viejas? Si debía hacer caso a esas estupideces mi padre no debería haber muerto: el astillero en el que trabajaba estaba todo él decorado de símbolos de protección, los mismos que se esperaba protegieran a las naves allí construidas.

–Lo vamos a necesitar.

Aquellas palabras me tomaron por sorpresa: ni siquiera Marco estaba seguro de la protección de su Laguna Dorada.

El espejismo duró poco: la imparable tormenta acabó por barrerlo y para cuando el extremo inferior del globo del sol lamía las aguas ya nada quedaba, la rebelión sólo era un recuerdo. El contacto del sol con el mar conjuró el cotidiano pero no por ello menos mágico instante del ocaso: una explosión de luces verdes, esmeraldas y lapislázuli eclipsó la tormenta, sumergiendo a la Orgullo y al cazador. La fantasmal claridad desapareció con la misma celeridad con la que llegó. Así nos vimos sumergidos en una más intensa negrura. El sol lanzaba puñaladas agonizantes y derrotadas mientras su disco se sumergía poco a poco en el horizonte. Había llegado el momento de la sangre, los últimos instantes del día en los que el sol moribundo se desgarraba las venas para derramar sus últimas energías. El astro trataba de resistirse al beso del agua contrarrestando su frío contacto con chorros de rojizo resplandor. Por supuesto, como cada atardecer, la sangre del sol se diluía parte en las aguas, parte en la atmósfera.

Bajo esa iluminación moribunda el cazador seguía avanzando. A medida que recortaba distancia su silueta se volvía más y más amenazadora: en la enorme extensión de su paño se mezclaban los tonos bermellón sucio con los negros abisales, su botalón un amenazador y esquelético dedo que nos apuntaba acusador. No parecía haber ningún mascarón sobre su roda, pero tampoco lo necesitaban para sembrar el pánico.

La lluvia arreciaba: el calabobos se había tornado aguacero, pero el viejo parecía no enterarse de ello. Seguía todavía apoyado en la borda central, cerca del palo mayor. Con el miralejos alzado no perdía de vista el buque. Pese a todo el trapo al viento nuestra situación no mejoraba. De seguir por esos derroteros me temía que en poco tiempo el capitán pediría que mis chicos y yo entráramos en acción. Pero ya lo había hablado con él: ambos éramos conscientes de que mis chicos no se encontraban en la suficiente buena forma como para pedirles esfuerzos excesivos. Tensar demasiado la cuerda podría acabar rompiéndola. Los mascarones podían luchar cuerpo a cuerpo contra veinte, contra cien hombres en caso de necesidad. No tenía la menor duda de que, incluso en su estado, en el cuerpo a cuerpo no tenían rival. Pero sólo podían colaborar a evitar el abordaje de esa manera… aunque temía que el capitán les tuviera preparada otra tarea.

–¡Más velocidad! –bramó el viejo de repente. Alcé la mirada: con todo el paño estaba desplegado ¿qué más se podía hacer? El viento rielaba con fiereza en los sobrejuanetes, hinchando el trapo cual odres a punto de reventar. ¿Cómo pretendían el capitán que ganáramos más velocidad? Temí que se dirigiera a mí, que forzara la situación recurriendo a mis chicos. Pero la orden iba dirigida a alguien concreto: Abdarmar, el nostramo, parecía preparado para recibirla. El huraño contramaestre se asomó a la boca de la escotilla central y gritó una orden que no llegué a oír. Como respuesta a ello escuché un nuevo chapoteo a babor: volvíamos a arrojar cargamento. El capitán parecía haberme leído la mente, reconociendo el riesgo de usar los mascarones en aquellas circunstancias. Al chapoteo le siguió, luego otro, y otro. Y ahora no se trataba de una simple maniobra de distracción: estábamos arrojando por la borda el cargamento a la desesperada. O la carga o nosotros.

Juan F. Valdivia

Foto Juan F. Valdivia Me considero un lector casi compulsivo de terror y ciencia ficción (de fantasía menos, pero que mucho menos). Sin embargo a la hora de escribir tiendo más a la fantasía con toques oscuros, siempre lejos de pastiches tolkienianos. Quizá se deba a que ese terreno ambiguo me permite redactar textos con mayor comodidad y libertad.

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Aven

Historiador y Aventurero de día, Mago y Guerrero de noche siempre me ha gustado combinar la afilada hoja de mi espada con una bola de fuego o una tormenta de rayos.
Son... argumentos contundentes.

  Un comentario en “Fuerza de Mascarón: ¡Larguen velas!”

  1. Hola.

    Soy Juan F. Valdivia, autor de lo que acabas de leer. Desde aquí te invito a comentar lo que te ha parecido el capítulo. De igual manera te puedes pasar por mi web y leer más textos míos en http://juanfvaldivia.wordpress.com/textos-publicados/ Todos los comentarios serán bien recibidos.

    Un saludo,

    Juan.

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