Ene 312014
 
 31 Enero, 2014  Publicado por a las 11:11  Añadir comentarios

Capítulo 1, Fuerza de mascarón: Antes de la Tormenta

Los sueños cumplidos no muestran piedad. Más aun cuando gran parte de tu vida, si no toda, te ha dirigido hacia ellos. Ya tengan forma de obsesión como de simple devoción, conseguirlos puede suponer que obtengas un premio o que pagues un precio.
Al fin y al cabo de uno a otro sólo varía una letra.

***

Con la espalda apoyada en la borda, allí donde el bauprés se enraíza en la proa, me dedicaba a mirar ocioso el cielo vespertino de inicios de verano. A popa nos seguía una cada vez más densa masa de nubes, llenando todo el horizonte del que proveníamos. Los tres mástiles apenas vestían medio trapo, lo cual me brindaba una nada despreciable panorámica. No había actividad alguna en las vergas, limitándose la presencia humana en la arboladura a la distante figura del vigía en la torreta del palo mayor. Se notaba que ya no estábamos cerca de la costa de Cargamarga: un par de zarcajos revoloteaban en torno a los mástiles buscando unos despojos que todos a bordo sabíamos que no iban a encontrar. Demostraban su frustración con graznidos cada vez más espaciados. Sin la menor duda para cuando la tormenta nos cazara ya habrían desistido, dirigiendo su vuelo hacia la costa.

Bricbarca, navegando ceñida al viento
La cubierta apenas estaba concurrida: el viento propicio, junto a la corriente en la que el capitán nos había introducido, había reducido a mínimos el por lo general habitual trajín que la animaba. Cerca del bauprés, ante el trinquete, un puñado de hombres tan ociosos como yo jugaban a los dados. El suave chasquido de los cubitos de hueso recibía como réplica maldiciones y vítores de los jugadores. Un grupo algo más numeroso de marineros (no superaba la docena) se afanaba con cepillos y rasquetas en arrancar el salitre de las maderas de la cubierta; otro pelotón les seguía los pasos puliendo y fregando aquellas zonas recién desbastadas. El contenido de los cubos, negro de salitre a incrustaciones, volaba por la borda a sotavento arrancando remolinos de actividad bajo la superficie. En la base del palo mayor, en el espacio libre entre éste y la lumbrera de la bodega central, un puñado de hombres zurcía pañoles y reparaba sogas y cabos de diverso grosor. Aderezaban su labor contando chismes de puerto así como alardeando de peleas, borracheras y amoríos. El buen ambiente se palpaba, estimulado por lo benigno del clima de la travesía. Al fondo, en la toldilla del alcázar de popa, el contramaestre supervisaba la gobernanza; desde mi puesto no lo podía ver con claridad pero estaba casi seguro de que Maxendri, el timonel, se aferraba a la doble rueda de cabillas como si se tratara de su amante, con un grueso cabo atado de los radios a la base del eje para mantener el rumbo.
Como digo, en la nave reinaba un sosiego poco habitual. Aunque si hay algo seguro en la navegación eso es que este tipo de momentos no pueden durar mucho. Por eso mismo cuando aparecen se disfrutan al máximo. Yo no era menos y, dado que tanto el capitán como el contramaestre no me habían encomendado tarea alguna, me había dedicado a contemplar la serene belleza que me rodeaba.
Había celebrado mi entrada en la edad adulta escasos meses atrás. Sí, a todos los efectos ya se me consideraba un hombre, pero todavía disfrutaba con el infantil juego de imaginar figuras en las nubes. Quizá se debiera a que todavía me costaba asimilar que ya formaba parte, incluidos derechos y deberes, de la sociedad. Me habían licenciado y ungido, y partí del templo portando en mi zurrón la carta con mi primer destino, pero todavía seguía notando dentro de mí el juguetón demonio de la infancia. Su constante y pícaro parloteo me tentaba a observar las nubes, retorciendo las masas oscuras y deformes. Bajo su influjo éstas se asemejaban a un rebaño de ovejas gordas y lanudas, aun por esquilar. Así, las ovejas del cielo avanzaban hacia poniente arrastrando reticentes sus mullidas masas de algodón. El frente nuboso que provenía naciente empezaba a oscurecer en el horizonte, avisando de la posible presencia de una tormenta. Pero lo importante era que, ovejas o mugrientos demonios del cielo, nos brindaba un viento propicio que hinchaba con fuerza las velas de nuestra nave. Si seguía soplando con esa intensidad puede que la travesía se acortara incluso en una jornada, con el correspondiente beneficio tanto para el almirantazgo como para todos nosotros.
De repente una voz que parecía proceder de las mismas alturas que yo observaba me arrancó de mis ensoñaciones:
–¡Vela a la vista! ¡A estribor!
El infeccioso grito del vigía contagió de actividad la nave. En un visto y no visto los dados acabaron en el bolsillo de su dueño mientras los jugadores se levantaban y corrían hacia la borda intentando descubrir en el punto concreto que señalaba el vigía. Casi lo mismo sucedió con los que se habían dedicado a adecentar la cubierta: sin dejar del todo sus tareas se iban acercando a la borda de estribor, ya para arrojar el agua sucia como para pulir esa zona. A pie del mayor las labores de zurcido se detuvieron; un puñado de hombres cargó a hombros los paños y los cabos con presteza y habilidad, mientras otros recogían los útiles de zurcido. Todos preguntaban qué pasaba.
La calma había acabado.

Juan F. Valdivia

Foto Juan F. Valdivia Autor de Fuerza de mascarón, un relato corto de fantasía. Lector compulsivo y amante de la escritura poco más desvela sobre su propia persona.

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Aven

Historiador y Aventurero de día, Mago y Guerrero de noche siempre me ha gustado combinar la afilada hoja de mi espada con una bola de fuego o una tormenta de rayos.
Son... argumentos contundentes.

  Un comentario en “Fuerza de mascarón: Antes de la Tormenta”

  1. Hola.

    Soy Juan F. Valdivia, autor de lo que acabas de leer. Desde aquí te invito a comentar lo que te ha parecido el capítulo. De igual manera te puedes pasar por mi web y leer más textos míos en http://juanfvaldivia.wordpress.com/textos-publicados/ Todos los comentarios serán bien recibidos.

    Un saludo,

    Juan.

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