Abr 042014
 
 4 Abril, 2014  Publicado por a las 11:11  Añadir comentarios

Capítulo 9, Fuerza de mascarón:Recuerdos de tiempos olvidados

–Esto sucedió hace mucho, mucho tiempo –prosiguió padre colocando su mano sobre mi hombro–. Por aquel entonces la mayor parte de las costas estaban habitadas por tribus pescadoras. Como se sabían débiles ante cualquier amenaza se habían unido en una liga llamada Nación Ribereña de Ashraman. Esa nación se dedicaba más que nada a la pesca de subsistencia, tal y como hacemos todavía en Larsoña. Alternaban la pesca con un reducido comercio de los excedentes de las conservas y salazones que elaboraban. Para la pesca debían disponer de botes y barcos apenas distintos de los nuestros; los que dedicaran al comercio debían ser sólo un poco más grandes.

»La historia cuenta que vivían en una modesta prosperidad, contentos en su humilde situación. Aunque no podían negar lo precario de su situación. Dos realidades les acosaban: por un lado un mar traicionero y mortal de extrañas aguas, capaces de disolver las maderas más duras en cuestión de días y la carne humana en hora; por otro una tierra llana y desolada por la influencia del mar, que la volvía árida.

Padre se giró y contempló los secarrales que rodeaban Larsoña. Yo sabía que nunca se había intentado plantar nada en ellos a excepción de un puñado de variedades de cactus, de los cuales se extraía su sabia dulce y sus frutos carnosos y almibarados. Nada más.

–Ni el mar ni la tierra han cambiado. La única diferencia está en nuestras naves, quwe ahora resisten mejor la caricia del agua gracias a que están moldeadas en los astilleros consagrados a Thxotugá y ungidas por los sacerdotes del Mar.

»Pero en aquel tiempo esas bendiciones no existían, viéndose obligados a invertir gran parte de sus beneficios en adquirir maderas de la suficiente dureza. En definitiva, para sobrevivir dependían del mismo mar que maldecía sus tierras y amenazaba de muerte a sus gentes.

Habíamos llegado a la raíz del espigón. Las olas rompían a nuestros pies, a algo más de tres brazas. Las rocas de nuestra costa tenían fama de resultar en extremo resistentes a la acción caustica de las aguas. Pero el paso del tiempo y la incansable acción del mar vencían a la roca más sólida, incluso las ungidas con aceite de Thxotugá. De ello daban muestra las redondeadas moles del rompeolas: soportaban con languidez los embates, mostrando aristas desgastadas y a veces incluso agrietadas.

Una bandada de zarcajos peleaba cosa de media milla mar adentro. Emitían chasquidos de ira con tal fuerza que ni el bramido de las olas los aplacaba del todo. Algo se disputaban entre las garras, quizás un agonizante sarmónido que acabara de desovar. La temporada todavía no había llegado pero siempre había alguno que se adelantaba. En otra ocasión me hubiera detenido a tratar de distinguir qué pasaba, pero mi padre seguía hablando.

–La leyenda dice que un día, sin saber bien de dónde, llegó a un pueblo llamado Ashara un grupo de artistas. Como juglares itinerantes viajaban a bordo de una vieja gabarra recorriendo la costa de pueblo en pueblo. Cuando desembarcaron nadie sabía que entre ellos había un anómalo grupo de cuatro vol–señores renegados.

Entonces padre hizo una parada en su narración y me miró con fijeza:

–Ashara. Gussy, tú no sabes dónde está Ashara. Y seguro que el nombre ni te suena, ¿verdad?

–No, padre. Jamás lo he oído. Suena parecido a Ashrae, la capital, pero no igual.

–Y sin embargo Ashara y Ashrae son la misma ciudad. Cuando esta historia ocurrió, si de verdad ocurrió, Ashara no debía de diferenciarse mucho de nuestra Larsoña, una pequeña y sencilla villa pesquera.

–Pero Ashrae es la capital. Y es muy grande. O al menos eso dice todo el mundo.

–Sí, hijo. Ashrae es enorme. Pero esta historia pasó hace tanto tiempo que no queda en la capital nada de entonces.

»Supongo que ya te lo habrán enseñado en Historia: la Nación Ribereña de Ashraman estaba gobernada por un senado itinerante. El poder y sus representantes cambiaban cada diez años, viajando de manera rotativa entre todas las aldeas que formaban la nación. Cuando los juglares llegaron a Ashara ésta llevaba un par de años ostentando la capitalidad. Y aun con se honor Ashara apenas se diferenciaba del resto de pueblos, una diminuta aldea costera.

»Salvando los escasos tráficos que traían vituallas y unos pocos buhoneros, a Ashara arribaban pocas gentes dignas de mención. Por ello la compañía de titiriteros se volvió en el centro de toda atención esos días. Cuando los habitantes de Ashara se enteraron que entre los visitantes había varios imbuidos del don de la Voluntad la noticia se propagó como la pólvora: el uso de la Voluntad, no estaba nada difundido en Ashraman ni en sus territorios vecinos. Se sabía que podía obrar milagros y horrores, pero jamás lo habían presenciado en persona.

Padre miró por un momento al horizonte. Una masa de nubes se aproximaba por Siniestra prometiendo una noche agitada. Los zarcajos habían volado lejos, dejándonos solos ante la furia de las olas que cada vez golpeaban con más fuerza el espigón.

–Los juglares hechiceros mostraron sus habilidades en la corte itinerante de Ashara durante un par de días. Obraban maravillas sorprendentes, prodigios que la gente sencilla de la corte, no acostumbrada a la Voluntad, sólo podía describir como antinaturales. El último día, como clímax a su representación, anunciaron que precederían a animar una figura cualquiera, una escogida por un lugareño. La historia dice que el honor de escoger qué estatua animarían se lo concedieron al sumo maestre de la Ashraman, máxima cabeza del gobierno.

»–Elije una estatuas de entre las que adornaban el pabellón, milord.

»Como gobierno itinerante, en Ashraman no existía un palacio ni edificio similar. Al contrario, los gobernantes y su escasa corte vivían alojados en robustas tiendas que se erigían lo más cerca posible a la plaza mayor, en la que se plantaba el pabellón de gobierno. Desde esa gran tienda dirigía la nación e impartía justicia el senado, un organismo formado por el sumo maestre y una cohorte de ancianos. Los miembros del jurado se sentaban en un semicírculo de escaños en el centro de la carpa. Rodeándolos, formando un segundo semicírculo envolvente, había un grupo de estatuas. Todas representaban a seres anfibios, figuras antropomorfas de pieles escamosas, ojos enormes y extremidades de aspecto palmeado. Algunas carecían incluso de piernas, sustituidas por retorcidas colas de pez. Una de las estatuas llamaba la atención con respecto a las demás. Estaba situada justo en el centro del arco semicircular, como si todas las demás la custodiaran. Destacaba a primera vista por su tamaño, el doble de alta que las demás. Tallada en mármol verde recorrido por finas vetas de blanco que parecían nervaduras, la figura representaba una especie de titán, todo músculo bajo su piel escamada. Tenía piernas de pies palmeados y una robusta cola cuyo extremo lanceolado se elevaba con ligereza por encima de la cintura. Su rostro, a diferencia del resto de estatuas dotado de rasgos casi humanos, poseía unos ojos de mirada intensa, incluso sensible.

»El sumo maestre señaló esa estatua y dijo:

»–El Padre Tritón, fundador de Ashraman: a ese escojo.

»–Muy bien –respondieron los vol–señores–. Pero tal y como está situado no podemos hacer nada, milord. Necesitamos espacio para el ritual. ¿Habría algún problema en moverlo hasta el centro de la sala?

»El sumo maestre dirigió a sus compañeros un gesto contrariado. Le costaba disimular el malestar que le provocaba la idea de mover al dios, obligarle a abandonar su sitio de honor en la sala. Pero los ancianos aceptaron de manera unánime: ardían en deseos de ver el truco. A un gesto del maestre un grupo de cortesanos corrieron a colocar la estatua allí donde los artistas pedían.

»El vol–señor que había hablado se volvió hacia el maestre pidiendo su aprobación, ante lo cual el anciano agachó la cabeza: podían empezar. Los cuatro vol–señores rodearon la estatua. Extendieron las manos hacia como si quisieran abrazarla pero sin atreverse a tocarla. Tras un instante en el que los cuatro quedaron petrificados, mientras manos de los cuatro parecían estirarse buscando con avidez la estatua, el ritual dio inicio. Los dedos empezaron a ensortijarse, las manos subiendo y bajando realizando gestos crípticos. De improviso algo bailaba en el aire, algo insustancial que a la vez era juegos malabares y diminutos fuegos de artificio. De sus manos surgían llamas que oscilaban entre el azul y el verde. El aire sobre sus cabezas parecía condensarse y de sus pelos erizados saltaban de vez en cuando cegadores chispazos blancos. Los espectadores contemplaban todo ello temerosos de que el pabellón se prendiera.

»Pero los vol–señores tenían todo controlado. Saltaban y se retorcían, danzando en círculo en torno a la estatua y agitando sus brazos y piernas en posturas dignas de contorsionistas. A medida que el ritual proseguía el aire que envolvía a los hechiceros parecía ganar textura, como si se volviera más denso. Los celebrantes dejaban estelas sólidas a su paso, siluetas de sombras que surgían de sus cuerpos. Las formas brumosas seguían a los vol–señores pero no imitaban del todo sus gestos, como si se trataran de ayudantes fantasmales dotados de voluntad propia. El velo de sombras que rodeaba la estatua se intensificó hasta convertirse en un telón oscuro salpicado de fugaces resplandores. Ocultos tras él se suponía que los vols seguían bailando. A ojos del sumo maestre y los miembros del senado, gente de mar, parecía que una galerna compacta se había formado dentro del pabellón. Hasta entonces había reinado un silencio expectante, ansioso. Pero el mutismo que dominaba a los espectadores lo contrarrestaban los cada vez más sonoros estallidos de los truenos. Los destellos se sucedían cada vez menos espaciados, hasta que lo hicieron de manera tan continua que todo el pabellón estuvo inmerso en una luz cegadora y pulsante. Un bramido, similar al del mar embravecido, aplastó los gritos de sorpresa y miedo de los asistentes. Sólo la confianza en el sumo maestre, que permanecía pálido pero firme contemplando el espectáculo, impedía que la gente huyera del pabellón.

»De improviso, cuando el retumbar de los truenos resultaba insoportable, todo cesó. La niebla negra se disipó en un abrir y cerrar de ojos, revelando a los cuatro vol–señores de pie ante el sumo maestre, mirándole con tranquilidad. Apenas se notaba en ellos el menor esfuerzo, quizá sólo sus respiraciones un poco agitadas. Los cuatro sonreían mientras señalaban la estatua. La estatua del Gran Padre Tritón seguía tal cual la habían dejado, mirando con cariño al frente. Los ojos del maestre bailaban de la figura a los brujos, de estos a la estatua y de nuevo hasta los vol–señores. Estos se limitaron a sonreír. Durante unos latidos que se hicieron eternos nada sucedió. Un murmullo de desaprobación empezó a recorrer las filas de los presentes. Pero los magos seguían sonriendo con tranquilidad.

»El maestre iba a denunciar el engaño cuando en el pabellón se escuchó un leve crujido. Decenas de ojos se volvieron hacia la estatua. Dios empezaba a temblar, como si un pequeño terremoto atacara al mármol. El sonido de la vibración se propagó por la sala, cada vez más intenso. Todos observaban la efigie, que emitía chasquidos similares a los que produce un material duro y resistente sometido a torsión extrema. El éxtasis se apoderó de la sala cuando, ante los ojos desorbitados de todos, se abrió una grieta en la base de la estatua: el pie derecho se separó del pedestal y tanteó buscando el suelo.

»Los cuatro brujos se apartaron, relegándose a una posición secundaria.

»Nadie daba crédito a lo que veía. La estatua liberó su otro pie y descendió del pedestal. Pisaba con inseguridad, como un bebé, dejando tras de sí esquirlas de mármol. Daba la impresión de que se estaba liberando de una vieja y molesta cáscara de roca. Con un andar torpe y dubitativo recorrió los pasos que le separaban del sumo maestre. El anciano permanecía paralizado, incrédulo ante lo que veía, a partes iguales aterrado y maravillado. El resto de miembros del senado tenía su atención dividida entre la reacción de su señor y los movimientos de la imposible criatura. Un buen número de ellos habían dado un paso atrás, algunos incluso se habían vuelto hacia la salida dispuestos a ganar la calle en estampida ante el menor atisbo de peligro. Pero no lo harían, al menos no mientras el sumo maestre siguiera firme ante la creación de los vol–señores. El anciano no retrocedió, ni siquiera cuando la estatua animada quedó al alcance de su mano. El Padre Tritón se presentaba ante él orgulloso, recordando los tiempos de leyenda en los que emergió del mar para dar origen a su pueblo.

»Las dudas empezaban a acosar al anciano: ¿estaba ante un artífico, un truco fruto de la magia de los vol–señores, o quizá ante un auténtico milagro? ¿Tenía delante una simple pieza de mármol, animada por artes oscuras y malignas pero al fin y al cabo piedra, o quizá se había producido el prometido regreso de Los Padres, tal y como decía la leyenda, dispuestos a llevar a Ashraman en una edad de oro? Por un instante le tentó la idea de inclinarse ante la imagen, temeroso de que de verdad estuviera frente a los señores y que éstos se ofendieran por su actitud. Pero, justo cuando el maestre empezaba a recogerse la holgada túnica púrpura que vestía dispuesto a arrodillarse, la estatua se adelantó y realizó una torpe y rígida reverencia. Su movimiento carecía de armonía, muy lejos de la fluidez primordial que por fuerza debían poseer Los Padres. El milagro no había sucedido: los dioses no habían regresado, reduciéndose todo a una estatua animada por la magia de la Voluntad.

»El sumo maestre sonrió. Su gestos arrancó un suspiro de alivio entre los presentes, que arrancaron a aplaudir con fuerza. Los miembros del senado y el resto de los espectadores pugnaban por poder acercándose a la estatua para acariciarla; unos pocos saludaban con reverencias a los vol–señores, interesados por cómo se había producido el milagro.

»Así llegó, más o menos, a estas tierras el arte de animar figuras, Gussy.

Padre y yo nos habíamos sentado en un desgastado peñasco del espolón. El suave tacto de su superficie me decía que llevaba allí ya mucho tiempo: la intemperie, junto a las salpicaduras abrasivas del agua, habían desgastado sus bordes y agrietado su cuerpo. Antes de que la mole de roca cediera y se desgajara en pedazos, perdiendo toda utilidad como barrera, la habían sacado de primera línea para depositarla allí arriba. Su puesto lo habría sustituido otra roca extraída de la cantera, más resistente. Los canteros en la costa de Ashrae siempre tienen tarea, aunque ésta se reduzca a reparar sillares descompuestos por el mar.

–Si un día vas a la capital –me dijo padre acariciando una arista perdida del bloque– podrás ver esa estatua presidiendo el Templo Mayor de Thxotugá. Los sacerdotes la guardan como reliquia.

–Pero ¿qué tiene todo esto que ver con los mascarones, padre?

Juan F. Valdivia

Foto Juan F. Valdivia Me considero un lector casi compulsivo de terror y ciencia ficción (de fantasía menos, pero que mucho menos). Sin embargo a la hora de escribir tiendo más a la fantasía con toques oscuros, siempre lejos de pastiches tolkienianos. Quizá se deba a que ese terreno ambiguo me permite redactar textos con mayor comodidad y libertad.

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Aven

Historiador y Aventurero de día, Mago y Guerrero de noche siempre me ha gustado combinar la afilada hoja de mi espada con una bola de fuego o una tormenta de rayos.
Son... argumentos contundentes.

  Un comentario en “Fuerza de mascarón: Recuerdos de tiempos olvidados (II)”

  1. Hola.

    Soy Juan F. Valdivia, autor de lo que acabas de leer. Desde aquí te invito a comentar lo que te ha parecido el capítulo. De igual manera te puedes pasar por mi web y leer más textos míos en http://juanfvaldivia.wordpress.com/textos-publicados/ Todos los comentarios serán bien recibidos.

    Un saludo,

    Juan.

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