Ago 082014
 
 8 Agosto, 2014  Publicado por a las 11:11  Añadir comentarios

Capítulo 17 Fuerza de Mascarón: Un combate no imaginado

Un intenso pinchazo me indicó que mis chicos me requerían. Debía devolver mi atención a los mascarones mientras media tripulación se jugaba la vida por mantener su seguridad.

¿Cuánta sangre se vertería esa noche por ellos? ¿Y por mí? ¿Debía trabajar ajeno a cuanto ocurría a mi espalda? No me lo podía permitir: se estaba jugando demasiado como para permanecer aislado. ¿Qué podía hacer? La respuesta llegó de inmediato al divisar la mole de Marco entre los marineros que aguardaban junto a la borda de babor de popa. Él tenía a Jinx, su mascota. Yo podría convocar la mía, etérea, efímera e inestable, pero muy útil en estas circunstancias. No practicaba este arte desde mi primer año en la escuela del templo: se trataba de un ritual básico en lo que se refiere a Animación, que se aprende casi nada más llegar. Retorcí unos pocos hilos de Voluntad y los enlacé a mis oídos y mis ojos. Luego los anudé de una manera concreta creando una pequeña, e invisible pare el profano, esfera de aire. Un pequeño rezo y ya lo tenía: el fisgón perfecto. Él me permitiría saber todo cuando ocurría tras de mí sin tener que volverme ni desatender a mis chicos. Musitando una última oración de vínculo lo liberé, dejándole flotar junto al mascarón escolta de popa.

Relatos de Fantasía - Batalla naval

La lucha proseguía. Garras, ganchos y horror contra armas, utensilios y pundonor. Los hombres gritaban de rabia cuando sus armas no acertaban en su enemigo, o de dolor cuando éste si lo hacía sobre ellos. La bestia desagarraba ropa, hendía carne, vertía sangre. Pero pese a todo no lograba cruzar la barrera de hombres. Mientras los dragoneros descargaban sin pausa sobre la bestia, llevándose gran parte de su atención, el grupo de LoMing se había convertido en un infranqueable obstáculo. La bestia intentaba quebrar el muro de hombres, buscando al mascarón, pero estos respondían con una fiereza y destreza que a uno le hacía sentirse orgulloso. Desde la bodega el contramaestre les había hecho llegar varias tapas de toneles. Con ellas como escudos fortalecían el muro resistiendo los embates de la criatura. Las cabillas habían resultado de utilidad casi nula, salvo como distracción, y esgrimir los cuchillos de faena suponía exponerse demasiado. Los ganchos de estiva sí habían mostrado cubierta eficacia: con varios de ellos sobre una sola pata se la podía retener; entonces entraban en acción las hachas de abordaje, buscando las articulaciones. El método, aunque eficaz, resultaba lento y peligroso para los hombres. Esa debilidad no pasó por alto para la bestia, que actuó en consciencia: intentaba contener a los dragoneros mientras hostigaba con más y más de sus patas a los de LoMing.

Entre tanto el tercer grupo, el constituido por marineros ágiles y veloces, proyectaba sus pértigas aquí y allá tratando de entorpecer en la medida de lo que posible los movimientos de las patas. Pese a ello la bestia seguía lanzando sus grafios contra los dos frentes. Las planchas de madera de los improvisados escudos resistían mal que mejor los embates. Las astillas saltaban por los aires y no tardó mucho en quebrarse el primero de ellos.

Un par de dragoneros se desplazaron hacia el grupo de LoMing con intención de reforzarlo con sus sables. La medida resultó fatal: contra todo pronóstico la criatura recrudeció su ataque contra los dragoneros restantes, que se vieron sobrepasados por una inesperada lluvia de garfios y hojas. Durante unos instantes parecieron resistir el asalto, pero enseguida se vieron rebosados. Uno tras otro cayeron heridos o arrastrados hacia el centro de la criatura, donde ésta les despedazó sin la menor piedad. El ulular de su canción, que no había callado en ningún momento, subió de tono. Parecía que esa recompensa de carne y sangre la satisfacía. Quizá le gustara el sabor de la carne y la sangre humana, deseando más, porque entonó su cántico con más fuerza. La voz, dulce, sobrepasaba el sonido del viento, de mar y las olas.

–Ustedes, la cuadrilla de popa: dejen las pértigas y recojan esos sables. ¡Cubran los puestos de los caídos!

La voz de Larsenbar tronaba desde la toldilla desafiando el cántico de la bestia. Los marineros aludidos soltaron las pértigas y corrieron a la zona junto al alcázar donde aun resistían tres dragoneros.

–Los de proa –gritó haciendo bocina con sus manos–, dispónganse a organizar un nuevo grupo. Pasen a popa a través de la segunda cubierta y únanse a LoMing.

Cerca de la raíz del bauprés se amontonaba casi la mitad de la tripulación. Hasta ese momento se había mantenido en una expectante calma pero ahora, a la voz del viejo, corrían a obedecer. Vi al musculoso Pet agarrar una gavilla y, junto a otros más, perderse por la boca de la bodega de proa.

Mientras tanto el grupo de las pértigas intentaba hacerse con los sables de los caídos. Las armas descansaban sobre la cubierta, pero recogerlas resultaba tarea poco menos que imposible: la bestia parecía comprender el sentido de la maniobra y lanzaba estocadas a cada marinero que intentaba hacerse con una de las espadas. La situación en esa parte de la pelea parecía hallarse en tablas, no atreviéndose los hombres a adentrarse en el mar de miembros, cuando de improviso un nuevo actor entró en escena: saltándose las órdenes del capitán, el enorme Marco emergió y agarró una de las pértigas. Usándola a modo de pica embistió con fiereza una y otra vez contra el núcleo semilíquido de la criatura. Montada sobre su hombro Jinx, la rata mascota, enseñaba los dientes y siseaba sin aparente miedo. El engendro, acosado de esa manera tan imprevista, respondió dedicando al enorme anciano un grupo de patas. Las pinzas buscaban a apresar la pértiga, pero el viejo se movía como un diablo, yendo adelante y atrás, a babor y estribor, siempre esquivando, siempre lanzando la pica contra el corazón líquido. Aquello sirvió de perfecta distracción dando a sus compañeros una oportunidad para recoger los sables.

Un combate muy diferente se estaba produciendo bajo la verga de mesana. Allí el muro de LoMing se debatía contra el asalto continuo y pertinaz de la bestia. Los hombres empezaban a chapotear en su propia sangre, apenas diluida en la del engendro. El número de bajas en nuestro bando aumentaba: al puñado de muertos entre los dragoneros se habían unido otros tantos miembros del muro. Los más afortunados habían tenido un final digno: sus cuerpos yacían en el suelo, heridos o mutilados por los garfios y las hojas, pero todavía mantenían su aspecto humano; otros habían acabado de manera inhumana, arrastrados al corazón del engendro y allí desmembrados, desangrados y medio devorados. Sus restos irreconocibles alfombraban las tablas bajo el núcleo de la bestia. A las bajas causadas por los muertos se debía añadir la de los heridos, que buscaban refugio y recuperar fuerzas tras la fila. Los hombres miraban de hito en hito a sus compañeros buscando en ellos un apoyo y una energía que poco a poco flaqueaba.

Larsenbar, que de nuevo tenía junto a él a Abdarmar, intentaba coordinar el suministro de refuerzos al muro de escudos. Pero el grupo de LoMing seguía cediendo terreno a la criatura: ésta avanzaba con lentitud pero de manera firme hacia su objetivo. La raíz del palo de mesana quedaba cada vez más cerca y tras ella el trono de mi chico. La estatua, ignorante de la batalla que por él se dirimía, seguía bogando bajo mi impulso.

Un par de cabezas asomaron por el portón de la bodega de popa. Los marineros de proa solicitados por el viejo hacían acto de presencia. Acudían cargados con las pocas armas que quedaban en el armero (apenas una decena de espadas y puñales de faena), así como varios trinchantes y cuchillos de la cocina. También llevaba más tapas de barril y otras maderas a modo de escudos y rodelas. Sin mediar palabra se unieron al grupo de LoMing, reforzándolo más con presencia de ánimo que con armas. Entre ellos se encontraba Pet, que se ofreció a formar parte de la vanguardia. Sobre su cabeza, empuñado con su diestra, hacía oscilar un enorme cuchillo de desollar; en su mano izquierda esgrimía un trinchador con el que detener los golpes y facilitar el camino al cuchillo. Los recién llegados repartieron los escudos entre los hombres de la primera línea: estaban resultando de mayor utilidad que las armas. Con ellos el muro parecía resistir con tolerable eficacia los ataques de la criatura.

Tras distribuir el material varios hombres se apresuraron a retirar a los heridos a la seguridad de la segunda cubierta. Entre gemidos y llantos los llevaron al sollado, donde ya debía estar organizada una improvisada enfermería. En ella el cocinero, un escuálido cascarrabias con muy limitados conocimientos curativos, estaría haciendo todo lo que estuviera en su mano. Poco o nada.

El combate seguía con el engendro acosando con renovadas fuerzas el grupo del carpintero. Éste, cubierto por sus ayudantes, propinaba certeros tajados a las patas de la bestia. Demostró poseer especial habilidad para acertar a la primera en las articulaciones. A sus pies, en un charco de sangre blanca, se amontonaban las falanges cercenadas. LoMing golpeaba y un miembro quedaba decapitado. La bestia lo retiraba para reintegrarlo en su masa central, donde parecían fundirse con la masa protoplásmica. Al cabo de un tiempo volvían a surgir, nuevos y enteros, cerrando un círculo que empezaba a desesperar a la tripulación. Pero había que verle su lado positivo: mientras la criatura estuviera ocupada regenerando nuevas patas se vería limitada tanto en ataque como en defensa. Y apenas avanzaría. LoMing hacía todo lo posible por cercenar pinzas y patas con rapidez, mientras sus hombres formaban un muro de hachas y espadas en torno a él.

Los recién llegados estaban envalentonados. Contemplando la manera de trabajar del carpintero se lanzaron a imitarle: parecían convencidos de su éxito. Pero la bestia respondió al asalto con una explosión de astas punzantes. Decenas de varas terminadas en afiladas puntas emergieron de su centro con tal rapidez que cogió a muchos por sorpresa. Siete hombres se descubrieron ensartados en esas lanzas, sus pechos, brazos y piernas ensartados. La sangre oscura y rojiza fluía contrastando sobre el material marfileño, ríos que descendieron por las astas hasta el cuerpo de la criatura. Una de esas lanzas había atravesado a LoMing a la altura de la garganta. El asta emergía rojiza justo bajo su nuca. El hombre soltó su hacha y empezó a pugnar desesperado por sacarse la hoja. Sus piernas apenas tenían fuerzas para sostenerle, manteniéndose de pie sólo gracias a la lanza.

Con la misma rapidez con la que habían surgido las lanzas se reintegraron en el cuerpo de la bestia, dejando a su rastro siete cuerpos tendidos sobre cubierta. LoMing y otros dos hombres convulsionaban agonizantes en medio de charcos de sangre. El resto no daban señales de vida. En apenas un parpadeo el espejismo de ventaja se había desvanecido para convertirse en una pesadilla. La melodía de la criatura se llenó de trinos y arpegios que resplandecían de obscena alegría.

Juan F. Valdivia

Foto Juan F. Valdivia Me considero un lector casi compulsivo de terror y ciencia ficción (de fantasía menos, pero que mucho menos). Sin embargo a la hora de escribir tiendo más a la fantasía con toques oscuros, siempre lejos de pastiches tolkienianos. Quizá se deba a que ese terreno ambiguo me permite redactar textos con mayor comodidad y libertad.

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Aven

Historiador y Aventurero de día, Mago y Guerrero de noche siempre me ha gustado combinar la afilada hoja de mi espada con una bola de fuego o una tormenta de rayos.
Son... argumentos contundentes.

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