Jul 112014
 
 11 Julio, 2014  Publicado por a las 11:11  Añadir comentarios

Atrás había quedado la noche del lobo, y más aún el día de las almas errantes.
Erland sabía que debían de estar atravesando a esas alturas los valles verdes de Brócia, y no ese extraño bosque de olmos; todo ramas retorcidas, musgo y liquen colgando por doquier como si de enormes telarañas de color verde se trataran.
Sus hombres cansados y hambrientos no proferían queja alguna, aunque en sus caras curtidas se podía ver atisbos de cansancio y desgana.
Erland no podía culparles, pues él mismo comenzaba a creer que nunca abandonarían aquel bosque desconocido y sin cartografiar. Náufragos en un mar de ramas, musgo e insectos.
Decidieron acampar en un pequeño claro. En el centro mismo se erigía un peñasco terminado en punta, repleto de petroglifos de simbología totalmente desconocida para Erland; pero cuando el estomago está vacío, poco importan las cuestiones por lo demás triviales a ojos mortales.
Relatos de Fantasía - La Ciudad del perpetuo tormento
No hubo gallo o sol que los despertara de su sueño; un sueño que por otra parte no dio sosiego o descanso a ninguna de las almas piadosas allí convidadas.
Retomaron la fatigosa marcha a lo desconocido, sin rumbo fijo, atravesando un follaje antinaturalmente espeso.

Todos se congelaron, se empaparon en un pringoso sudor frío, sus bocas se secaron y más de uno manchó las prendas interiores, cuando vieron que el bosque terminaba abruptamente, como si lo hubieran sesgado de manera que formara una clara y perfecta línea recta que se perdía en el horizonte. Pero lo que les hizo enmudecer no fue algo tan banal como las extrañas fronteras de aquel país arbóreo, si no que ante ellos se extendía hasta donde alcanzaba la vista, un inmenso cenagal del que manaban vapores venenosos y nauseabundos.
Unos estrechos senderos flanqueados por peñascos acabados en punta idénticos al encontrado en el claro donde pasaran la noche, serpenteaban hasta llegar a una entrada de proporciones ciclópeas. La construcción a la que se accedía a través de dicha puerta era de una altura tal, que las nubes del extraño cielo gris y los vapores que ascendían desde el cieno, confluían en sus almenas formando un extraño contraste entre vapor y piedra.

Los hombres de Erland lo observaron expectantes, esperando algún tipo de orden, pues era tal su hambre y cansancio, que incluso el solo acto de pensar lógicamente les resultaba harto complicado.
Erland no era en absoluto supersticioso, aunque también es cierto que en más de una ocasión se le pasó por la cabeza alguna de las historias escuchadas en su infancia sobre las ciudades muertas de las esferas inferiores. Intentó ahuyentar el desánimo. Hinchó el pecho. Sujetó su lanza. Afianzó su escudo a la espalda. Se recordó así mismo quien era y de donde venían; ordenó el avance, resuelto a parlamentar con el señor de aquél enclave.

Según avanzaban por el apestoso sendero, mejor distinguían las formas de la titánica construcción. No tenía nada de original salvo su colosal tamaño. Un simple cuadrado con cuatro vetustas torres de mampostería rojiza protegiendo las esquinas.

Comenzaron a llegarles sonidos humanos, la mayoría lamentos y gritos; otros sonidos no se asemejaban en nada a los que pudieran proferir ninguna garganta humana. A esta cacofonía estridente la acompañaba un olor que fue cambiando al de un aroma dulzón de carne quemada. La inconfundible atmósfera de una carnicería de cualquier ciudad humana, pero elevada a un nivel equiparable al de la construcción que tenían delante.

Vieron para su espanto que de las innumerables ventanas de la ciudadela, se precipitaban al vacío incontables figuras humanas desnudas, de piel apergaminada pegada a los huesos. De ventanas más amplias colgaban numerosas jaulas erizadas de pinchos oxidados. Todas ellas repletas de humanos y muy diversas razas de las que Erland ni había oído hablar.
Las puertas chirriaron, produciendo un sonido que bien podría ser el de cinco gigantes de las montañas golpeando un yunque con todas sus fuerzas.
De su interior llegó un calor y aroma inaguantable. Un aire fétido e insalubre que hizo que todos cayeran al suelo instantáneamente vomitando, aunque sin expulsar nada de sus acartonados estómagos.
Relatos de Fantasía - La ciudad del tormento perpetuo
Erland fue el primero en alzarse apoyado en su lanza de fresno, y su corazón si es que en algún momento latió desde que entraran en aquella tierra, se detuvo, pues ante él, en perfecto orden, se alineaban sus hombres y él mismo a la cabeza, empalados desnudos y desnutridos. De sus abdómenes abiertos, las vísceras colgaban, mientras multitudes putrefactas de miembros entumecidos y cuencas vacías, roían los restos que al cieno caían.

Erland cayó al suelo llorando y rezando. ¿Como había podido llevarlos a la perdición de una de las innumerables ciudades muertas de las esferas inferiores?. Pero ya no era un mero espectador, su alma se había reencontrado con su forma carnal. Sus ojos solo podían observar como los carroñeros de la muerte se afanaban en arrancar la mejor y más jugosa parte de su cuerpo.

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La ciudad del tormento perpetuo, por Ignacio López
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Ignacio López

Ignacio dibuja y escribe desde que tiene uso de razón, centrándose en el campo de la fantasía, la historia, los mitos y leyendas.
Ha colaborado y publicado en diversas revistas, ilustrando y escribiendo. Revistas tales como Ser Pagano, Almiar, Avalon , Tiempo Cero o la Estel (Sociedad Tolkien Española).

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