Mar 132015
 
 13 Marzo, 2015  Publicado por a las 11:11  Añadir comentarios

Sintió la mirada azul y gélida de Aricia puesta en ella.

Sabías que este momento llegaría. Lo sabemos desde que abrimos los ojos a este mundo. Por eso es que los nuestros jamás se mezclan con humanos. -Acompañaba su ir y venir en torno a ella con pequeñas pausas que aprovechaba para taladrarla con furibunda insistencia-. Realmente eres estúpida si creías que esa criatura rompería la regla.

-Solo era una cría cuando la encontré… -Intentó justificarse, pero no pudo sostener por mucho tiempo la intensidad de los ojos llameantes de su interlocutora.

-¡Precisamente por eso la encontraste! Ninguno de esos seres hubiera hallado este lugar de no ser atraído por ellos y sabes muy bien lo que significa eso: que había sido cuidadosamente elegida.

-Era inocente…

-¡Todos lo son! Pero es un equilibrio que no debe romperse. Ellos eligen sus ofrendas y las traen hasta aquí. Te has pasado doce años protegiéndola de las Sombras, pensando que cuando ella renunciara a su inocencia no olvidaría lo que hiciste, pero ya has visto que no es así y el tiempo ha expirado. Es el final… y ya conoces lo que te corresponde a continuación. -Dio por zanjada la conversación, agitó las alas que brillaron levemente con la luz mortecina procedente del exterior y dejó que el silencio la envolviera.

El peso de la oscuridad y la opresión del recinto cerrado cayeron sobre su pecho como una pesada losa que amenazaba con asfixiarla. Con pasos cortos y lentos se encaminó hacia la salida, aún desbordada por un sinfín de sensaciones que desconocía hasta entonces.
Relatos de Fantasía - Hadas
La suave brisa le acaració el rostro, tomó impulso y dejó que una corriente la arrastrase casi sin esfuerzo. Detuvo el vuelo cuando distinguió la silueta, recortada por la luz del incipiente atardecer, de su refugio. Las ramas del sauce acariciaban con languidez el agua cristalina y chispeante del arroyo que bañaba su centenario tronco. Cuando percibió la madera antigua bajo sus pies una falsa y efímera sensación de seguridad calentó su alma y su cuerpo. Solo había vuelto para despedirse. Contempló el reflejo distorsionado que le devolvía el espejo acuoso y sorprendida alzó una mano hasta la mejilla donde se encontró con la cálida humedad de una lágrima. Aturdida se llevó ante los ojos la gotita vibrante que sostenía entre los dedos y la admiró, casi con devoción.

-Las hadas no lloran. -¿Por qué habrían de hacerlo? Eran libres, vivían plenamente en consonancia con la naturaleza, en paz…

El torrente salado, que ya se habían liberado en un alarde de sentimientos y angustias largamente encadenadas, empapaba su cuello y se precipitaba desde su pecho hasta fundirse con el caudal que discurría a sus pies, sirvió de puente en su memoria y recordó con nitidez el día en que Dana se cruzó en su pacífica y monótonamente grata existencia.

La claridad plateada de la luna llena engalanaba el bosque con joyas de plata y diamantes y ella se regocijaba dejando que el viento marcase su ruta de vuelo. Aspiraba los aromas y se deleitaba con la melodía nocturna de vida sosegada y de calma aparente, cuando un crujido y un grito estruendoso y agudo quebraron la mágica quietud. Un llanto angustioso llegó con nitidez hasta ella y no pudo evitar seguir el rastro de los sonidos, hasta hallar entre las ramas de un arbusto un bulto pálido que se afanaba en frotarse la contusión que debía haber provocado el tropiezo con el matorral.

Contempló con asombro, oculta por la bruma, a la frágil y temblorosa criatura que tenía ante ella. Nunca había contemplado una tan de cerca. El color de la piel, el cabello dorado que destellaba a la luz de la luna, los rasgos tan familiares y parecidos, aunque tan distintos… No podía ser de otra manera, se trataba de una cría de humano. Pequeña y asustada.

Aprendió desde siempre que no debía acercarse y menos interaccionar con ellos, pero era mayor la curiosidad que parecía empujarla a aproximarse y rozar esa piel suave… De pronto, todo sonido a su alrededor cesó, nubes que no habían anunciado su llegada ocultaron la luna y la oscuridad más profunda e insondable de la que jamás fuera testigo, la rodeó.

La criatura comenzó a gritar agónicamente y ella, paralizada, contempló cómo lo que antes solo eran sombras proyectadas por las ramas de los árboles se habían tornado en criaturas angulosas y deformes provistas de garras amenazantes que se deslizaban por la alfombra de hierba que tapizaba el lugar. Comprendió en seguida de qué se trataba: las “ Sombras”, los espíritus oscuros se estaban cobrando un sacrificio. Ya en su más tierna y remota juventud había sido instruida en la necesidad de un equilibrio de fuerzas, una situación de compensación entre todos lo que conforman el universo y que bajo ningún concepto podía romperse sin pagar un alto precio. Había sido testigo de primera de la crueldad de la naturaleza y su sentido del deber la imperaba a mantenerse al margen, por desagradable que fuera aquello. Sin embargo, la mirada castaña y suplicante de la indefensa criatura se había fijado en ella y extendía su pequeña extremidad en un gesto de ruego. ¿Cómo era que podía verla? Por primera vez algo que no supo interpretar atenazó su ser desde dentro y cuando las mezquinas criaturas iban a apoderarse de la pequeña, sin ser prácticamente consciente de ello, su cuerpo irradió una potente luminosidad dorada que las obligó a retroceder hacia el velo bruno, donde la casi inexistente claridad no alcanzaba, e internarse en sus abismos de nuevo.

Se aproximó y abrazó a esa cría débil y frágil que en el mismo instante en que sintió el contacto con el cuerpo ajeno, se aferró a ella con desesperación. Era consciente de que había cometido un error, el de mayor gravedad en que los suyos podían incurrir: darse a conocer a las criaturas más traicioneras que existían, los humanos.

Doce años habían transcurrido e invariablemente continuó protegiendo a aquella niña de los que, luna llena tras luna llena, trataban de cobrarse su presa fallida. Pero Dana había ido creciendo y su inocencia perdiéndose. Cada vez se negaba a sí misma con más fuerza que un ser de luz, que protegía su sueño en la noche, pudiera existir y a ella le resultaba más y más complicado introducirse en su realidad onírica para guardarla.

Albergaba con celo la esperanza de que un día comprendiera, se rindiera a la evidencia de su existencia y dejara de luchar por olvidarla, por negar su verdad. Y entonces, toda su capacidad y su poder mágicos volverían y podrían mantener esa curiosa y extraña relación que se limitaba a unos encuentros que las dos ansiaban y buscaban mientras la niña dormía.

Cuando Dana cruzaba la puerta de los sueños, ella la esperaba en la entrada de un mundo lleno de luz, de color, de una afectuosidad brillante y protectora que ambas disfrutaban con la ingenuidad y la inocencia que solo puede atesorar alguien que no ha conocido el dolor ni el mal. Sin embargo, esa misma mañana comprendió que aquello ya no sucedería cuando contempló la traslucidez de sus manos. Estaba disolviéndose. Había revelado su existencia y al ser negada, estaba muriendo.

Tomando de nuevo conciencia de su situación contempló con tristeza los últimos rayos de sol que pugnaban por no desaparecer tras el horizonte y supo con certeza que serían los últimos que sus ojos verían. Se rodeó con los brazos y se encogió sostenida a unos centímetros del suelo con las ultimas fuerzas de su ser, mientras la noche se cernía sobre el bosque y sus últimos vestigios de vida se extinguían.

*****

Dana se despidió de su madre con un beso en la mejilla y se retiró a descansar. Había sido un día agotador y se sentía realmente cansada, a pesar de ello y sin saber muy bien por qué, había retrasado el momento de acostarse tanto como le había sido posible, pero el cansancio de la mujer era tan evidente que la culpabilidad la obligó a dejarla marchar a descansar. Cuando cerró la puerta de su cuarto contempló con desagrado que la escasa luz procedente de la mesita junto a la cama, apenas iluminaba una habitación que se le antojaba desconocida y demasiado amplia. Aún tiritando, después de desnudarse se arrebujó entre las sábanas heladas y sin atreverse a dejar que la oscuridad se adueñara por completo de su espacio, cerró los ojos y supo que esa noche y ninguna más de las que vinieran, volvería a sentirse segura al rendirse al sueño.

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Olvido por María Martínez Ovejero
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María Martínez Ovejero

Nació en 1987 en Talavera de la Reina. Cursó estudios de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad amplía su formación con estudios en Criminología en la UDIMA. En enero de 2014 publicó Recuérdame, su primera novela. Tierras de luz, Tierras de sombra supone su incursión en el mundo de la fantasía, sin abandonar la literatura de corte juvenil.

  6 comentarios en “Olvido por María Martínez Ovejero”

  1. Me ha gustado, me parece una excelente historia, muy bien narrada y con un ambiente especialmente interesante…

    • ¡Muchísimas gracias José Francisco! Por leerlo y por comentar. Me alegra mucho que te haya gustado, de verdad. Un saludo.

  2. Te felicito. Te sorprenderá descubrir con cada convocatoria que los retos que proponen son recibidos con muchas ganas y que cada tema despierta en todos grandes historias

  3. Al principio me sentí algo confuso, pero tardé poco en entender de qué se trataba, y me ha gustado.

    Enhorabuena; buen relato de entrada en el Proyecto Golem. Espero ver más 😉

    • ¡Muchas gracias, Jorge!
      Me alegra mucho que te haya gustado, no estaba muy segura de poder ceñirme a un tema y en versión breve. Ha sido una experiencia muy agradable. 😀

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