Oct 302015
 
 30 octubre, 2015  Publicado por a las 11:11  Añadir comentarios

En una ciudad costera de la península de Iberia hacia finales del siglo XI.

El frío aire de la noche le golpeó el rostro hinchado al abandonar la taberna. Achicó los ojos hasta reducirlos a meras rendijas y oteó la calle en busca de la mujer. La vio justo doblando una esquina al abandonar la calle principal.

Conocía perfectamente aquellas callejuelas estrechas y mal iluminadas. Parecía que le iba a simplificar el trabajo. Sin demorarse más, se encaminó hacia la calleja subiéndose los calzones de sarga con la mano izquierda mientras con la derecha se apoyaba en el muro de adobe para no perder el equilibrio.
Dobló el recodo con un forzado giro. A lo lejos, entre la penumbra, vio la capa oscura que se alejaba. La noche estaba despejada y las lunas alumbraban lo suficiente entre los aleros de los tejados para mitigar las sombras en aquella vía carente de braseros. A paso ligero la cogería pronto, sin necesidad de correr. No quería espantarla.

El gélido ambiente invernal le estaba despejando rápidamente de los efectos del aguardiente, y sus botas roídas avanzaban cada vez con más firmeza y velocidad. Cada zancada que daba le acercaba un poco más a ella. Pero la condenada, aunque no miraba hacia atrás, parecía querer escaparse en cada esquina.
Era una mujer demasiado enjuta para su gusto. No tenía curvas; ni buenos pechos ni culo abultado se adivinaban bajos sus ropajes. Su rostro tampoco le había parecido muy agraciado, pero sus ojos… Su mirada sí había cautivado su atención. Después de la camarera gorda como una vaca de la semana pasada seguro que la cosa solo podía mejorar. Sentía cómo se iba excitando solo de imaginarse la situación.

Relatos de Fantasía - Ajetreo Puerto

Nadie decente caminaba ya por los aledaños del puerto. Una señorita sola, aventurada a esas horas por la ciudad, debía saber que estaba expuesta a grandes peligros. Tanteó el cuchillo que escondía debajo del blusón. No parecía que tuviese que utilizarlo, pero tampoco tenía reparos en ello.
El agua sucia que corría por el embarrado suelo de la calleja se había congelado y le hizo dar un traspié. A punto estuvo de caer torpemente contra la pared. Cuando devolvió la mirada al frente había perdido a su objetivo. Aceleró el paso nervioso hasta el primer recodo y volvió a ver la capa parda alejándose, lenta, pero constante. La impaciencia se apoderó de él y comenzó a acelerar el paso decidido a dar caza a la mujer, que seguía internándose en la telaraña de callejuelas de los almacenes del muelle. Debía hacerlo lo antes posible o llegaría al puerto y ya no tendría oportunidad.

«Seguro que es una furcia. Va bien dada la muy puta si piensa cobrarme por sus servicios. No voy a pagar ni una moneda de cobre. Que no me hubiese mirado así en la taberna. Si por lo menos fuese más atractiva, lo consideraría… ¡Que se dé por pagada si no la destripo!»

Dio los últimos trancos casi corriendo para cogerla del hombro.
─Ven aquí amorcito. Vas a saber lo que es un hombre de verdad ─le dijo en un grosero susurro mientras la empujaba con brusquedad contra la pared.

La mujer quedó con la espalda sobre el muro de madera, aprisionada por el orondo cuerpo del hombre. Una de sus manos le sujetaba por la muñeca y la otra le tapaba la boca.
─Vamos a hacer esto sencillo y rápido, y podrás irte a tu casa antes de que amanezca. Si es que tienes casa. Si te resistes, te dolerá. Si te portas bien, tal vez te deje vivir…

La mujer se quedó inmóvil mirándole a los ojos, sin forcejear demasiado, y sin gritar cuando retiró la mano de su cara para bajarse los calzones y desgarrarle la falda.
─Ya decía yo que eras una ramera. Me gusta más cuando os resistís un poco y chilláis asustadas ─le dijo antes de lamerle la mejilla.

No había terminado el grosero trayecto de su lengua cuando sintió un fuerte dolor en la entrepierna. La mujer le propinó un rodillazo al confiado agresor y le empujó sobre unas cajas apiladas tras él. El hombre se recompuso irguiéndose sorprendido y cabreado.
─¡Te avisé que podía ser por las buenas! ─amenazó blandiendo su cuchillo─. Para lo que te quiero me sirves tanto viva como muerta.

Se abalanzó sobre la mujer con el puñal en alto para ponérselo sobre el cuello y forzarla a obedecer. Lo que recibió a cambio fue otra patada en el estómago que volvió a derribarlo al suelo. Se levantó furioso y dolorido, cambió la empuñadura y se abalanzó sobre ella dispuesto a apuñalarla.
Escuchó a la mujer murmurar en lo que le parecía un idioma extranjero justo cuando estaba armando la hoja. Una luz blanca surgió súbitamente de las manos de la mujer. Sintió como le quemaba el cuerpo y un tremendo impacto que le lanzó sobre el barro calle arriba.
Quedó tumbado sobre la espalda, aturdido, le dolía el pecho con cada acelerada respiración. Levantó la cabeza para ver cómo la mujer se acercaba con pasos muy lentos, hablando para sí cosas ininteligibles. Intentó retroceder sobre sus codos como una sabandija, pero apenas pudo hacer el gesto de intentarlo ante el dolor que le inundaba el cuerpo con cada movimiento. El miedo comenzó a crecer rápidamente en su interior al sentirse inmóvil e indefenso. No tenía ni idea de a dónde había ido a parar su arma.

─¡Dé jame! solo quería divertirme un poco, como todos. No hablaba en serio.
La mujer se acercó sin responderle y plantó sus pies a ambos lados de su cuerpo tendido.
Le agarró del vestido con la intención de derribarla pero apenas pudo cerrar la mano en torno a la tela. De las delgadas manos de ella manaba un fulgor violeta mientras seguía murmurando en tono bajo.
─¡Déjame, por favor! ─imploró como un chiquillo presa del pánico. La situación ya escapaba de su raciocinio pero presentaba malos augurios─. Llévate mi dinero si quieres.
─No es tu dinero lo que deseo ─respondió ella mientras flexionaba las rodillas hasta agacharse lo suficiente para apoyar sus manos incandescentes sobre el pecho del hombre.
Las manos se iluminaron con mayor intensidad. El fulgor violeta se expandió sobre el orondo tronco como si fuese agua. No pudo moverse, no pudo gritar, mientras sus ojos desorbitados estaban atrapados por aquella mirada que le había tentado en la taberna. Sintió su cuerpo temblar mientras se vaciaba, antes de quedar flácido, como un fardo de carne sobre el barro. Sus ojos estaban abiertos desmesuradamente dirigidos a las estrellas del firmamento que se recortaban en las negras siluetas de los aleros de los tejados.

La mujer se puso en pie y estiró sus brazos en dirección a las brillantes lunas. Sentía como la energía recorría su cuerpo. Disfrutó del momento unos instantes, se ajustó la capucha y se arremolinó en la capa antes de desandar los pasos que la habían llevado hasta allí, sin mirar atrás si quiera. Un alma más para acrecentar su poder y un indeseable menos del que preocuparse la ciudad.
Cuando le encontrase al alba un estibador madrugador, llamaría a la guardia que sentenciaría que era otro pobre diablo al que la borrachera bajo la helada le había resultado mortal.
Caminaba con paso tranquilo de vuelta a casa. Había resultado sumamente sencillo esta vez. Provocarle para que la siguiera había sido un juego de niños. Conseguir que no perdiera su rastro por los callejones, ya había sido más complicado; incluso se había tenido que parar en una ocasión para que no girase por la esquina equivocada. Una mirada era suficiente para tentar a un hombre, hacerle perder la cabeza, y hasta su alma.

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Jorge Diez Miguélez

Un apasionado de todo lo que huela a medieval y enamorado de los dragones. Un caballero feudal del siglo XXI, de los de la virtud y el honor, que sólo existieron en los libros. Con 17 años decidió escribir su propia historia y 18 años después vio la luz Anheron, la saga en la que está inmerso y que se lleva la mayor parte de las neuronas que dejan vivas su trabajo como docente y su hijo.

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