Sonia Centeno

Sonia es una persona vital, alegre, con muchas ganas de hacer cosas nuevas y de aprovechar cada minuto de su vida. Y con muchas ganas también de contar historias. La fantasía le permite crear todo de la nada, mundos, objetos, personajes. En ella todo es posible.

Nov 112015
 
 11 noviembre, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: ,  Sin comentarios »

Mi sueño siempre fue la inmortalidad, aunque desconocía que iría unida a la maldad.

Los corazones pueden soportar mucho amor y aún más dolor, pero nunca por un tiempo indeterminado, jamás por algo que dure eternamente. Observé oculta bajo la capa a todos los que pasaban frente a mí, hombres ancianos, campesinos, comerciantes, mujeres y niños, rameras y monjas, ladrones…En aquella plaza, bajo los soportales empedrados que les protegían de la insistente lluvia, caminaban con aparente rumbo desordenado diferentes almas en direcciones diversas.

Todos tenían sus motivos para vivir, conocían de sobra el hambre y el miedo, habían saboreado la dureza de la guerra y descubierto su propia forma de salir a flote. Y en cierto modo todos ellos eran iguales. Se respiraba en el aire el dolor, incluso en las risas de los niños que corrían mirando atrás esperando recibir la orden de refugiarse en sus casas, y en la mirada de las rameras que oteaban la plaza en busca de clientes al tiempo que se contorneaban con sus escasas ropas bajo la mirada de censura de las hermanas, pendientes en todo momento de aquella voz de alarma que las haría salir huyendo.
Relatos de Fantasía - La muerte
Y ésas, con sus oscuras túnicas, libres supuestamente de pecado, mirando a veces al cielo jurándose que Aquél era justo y las penurias solo una prueba de nuestro amor por Él. Repartiendo mantas y agua cuando la guerra asolaba las ciudades y las familias se escondían bajo las paredes de piedra sagrada, cuando el murmullo de las oraciones agotaba hasta el aire que allí se respiraba.

Aquellos comerciantes que no eran muy distintos a los ladrones, y a cambio de unas monedas entregaban sus mercancías mientras negaban un trozo de pan mohoso al muerto de hambre que no las tenía. Se movían de un lado a otro en un día cotidiano, ni más afortunado ni más desdichado que cualquier otro, agradecidos simplemente de poder seguir con vida. Parecían buenas gentes, todos tenían un motivo por el que sobrevivir, pero se hubieran matado los unos a los otros si realmente su supervivencia dependiera de ello.

Hipócritas, cínicos y mentirosos. Hombres y mujeres de existencia pequeña, de vidas cortas que les hacían volverse grandes egoístas. No les importaba lo que fuera del mundo si ellos ya no estaban, solo tener el estómago lleno y el cuerpo caliente. Qué sería del mundo, qué sería de todos ellos si sus vidas fueran eternas… Mas ese privilegio y al mismo tiempo esa condena, solo podía concedérsele a unos pocos.

Y yo estaba entre ellos.

En realidad todo ocurrió por error, y nunca debería haber estado allí ni debería haber visto cuanto vi. No solo los calabozos o las cuevas son oscuras, también las almas pueden volverse de tal modo. Aprendí que un hombre nunca es totalmente bueno ni completamente malo, y que incluso viviendo las mismas cosas, dos seres distintos podrían terminar convirtiéndote en almas opuestas. Yo elegí el mal para sobrevivir. La noche que sucedió no había luna, ni viento, ni sonido alguno. No había nada. Debí sentir miedo al acercarme al claro del bosque, oscuro, solitario, un lugar al que nadie tenía permiso para acudir, un sitio que permanecía en sí mismo al acecho, expectante, como si pudiera saltar sobre ti en cualquier momento una horrible criatura legendaria, arrancarte los miembros y comerse tu corazón ante tus propios ojos, asegurándose de sonreírte para que vieras cuánto disfrutaba. Las leyendas horribles que contaban eran suficientes para alejar a todo ser humano de aquellas tierras, pero yo ya no tenía nada que perder salvo mi vida. Y ya no la quería.

Historias de muertos, de lobos sangrientos, de brujas asesinas de niños, no consiguieron alejarme, como el llanto de un bebé ya no lograba conmoverme ni por un instante. Aquel niño de manos pequeñas y piel rosada se haría hombre y mataría a todo el que se interpusiera en su camino. Daba igual que yo acabase con su vida antes o después; para mí no era diferente. Injusto tal vez ante semejante ser indefenso, pero más fácil al fin y al cabo. Y aquella noche yo no tenía ya lágrimas que tragar, los latidos de mi corazón ya no eran nunca más rápidos ni sentía compasión del viejo ni del enfermo. Quizás por eso ocurrió. Tal vez aquella luz extraña que cayó en el claro buscaba un alma muerta que penetrar, un cuerpo portador de la nada que poseer, un espíritu helado sin hogar ni destino que pudiera hacer de su morada. Fue la última vez que sentí dolor, un inmenso desgarro que pareció romper todas las venas de mi cuerpo y congelar la sangre que llevaba dentro. Sangre negra para el alma sombría que yo tenía.

En el centro de mi cuerpo sentí abrirse un agujero oscuro que vació todo lo humano que quedaba dentro, convirtiendo mi piel y mis huesos en el soporte de un ser justo y malvado, una portadora de la justicia insensible, una conductora de almas. Ni al cielo ni al infierno. Al terminar el resplandor, al desaparecer el dolor, no volví a escuchar mis latidos ni a ver a las personas con mis ojos humanos. Nunca sentí por ellos lo que sintieron por mí, ni los amé ni los odié y ellos simplemente me tuvieron miedo. Cuando me acercaba, podía oler el pánico de sus cuerpos mientras el tiempo se detenía exactamente igual que en el claro del bosque aquella noche, ver sus rostros suplicando unos minutos más de vida, aunque fuera rodeados de pobreza y miseria. Parecía que el aire llevaba olor a mí, y sentía que ellos detectaban mi presencia mientras nuestros tiempos en aquel instante se congelaban. Podía leer sus recuerdos, pasando por sus mentes fugazmente mientras se aferraban torpemente a ellos, sus anhelos, aquellas cosas que nunca tendrían, los sueños que no pudieron cumplirse y sus desesperanzas, el pensamiento de los seres que amaban y llorarían su ausencia. Pero yo no podía perdonarles la vida. Como aquella anciana, postrada en su camastro en la choza que olía a orín y a rata, que posó sus ojos en su viejo marido, tembloroso, huesudo y sin fuerzas, conocedor de que él sería el siguiente.

” En la salud y en la enfermedad ” -se habían jurado. “Hasta que la muerte nos separe” Y yo, la muerte, al fin había llegado. Y de repente parecía muy tarde y a la vez muy pronto. Ochenta años trabajando los campos de sol a sol, temiendo por la próxima cosecha, huyendo del hambre y del frío, dejándose la vida minuto a minuto, eran demasiados. Pero hoy era el día en que todo terminaba, en el que los ojos se cerrarían para siempre y recibirían mi consuelo con su eterno descanso. Y no sentían que fuese justo. Nunca es justo tener que morir. No lo fue para mis padres, no lo fue para mis hijos que perecieron abrasados en su propia casa mientras los valientes soldados, defensores de reyes, conquistadores de tierras yermas, arrancaban las vidas de aquellos desconocidos que nada les importaban. Les mataron otros hombres semejantes a ellos, hombres que también fueron bebés arrullados con ternura por sus madres, instruidos como caballeros valientes, amados con pasión por sus mujeres. Y algunos llegaron a ancianos. Paridos y criados por féminas lozanas y sonrientes que les amaban, y que no sospechaban que algún día ellos matarían.

Aún sabiéndolo, les querrían de igual forma como madres que eran, aunque ellos le robarían lo más valioso a otros semejantes sin pensar en las lágrimas que brotarían, sin detenerse a recordar quiénes por sus actos morirían en vida. Soy la muerte, buena para nadie y mala para todos ellos. Existo porque así debe ser, porque todo tiene un comienzo y un final en este ciclo perfecto que es la vida, y porque algo o alguien debe decidir poner fin a aquéllos que, si tuvieran el don de la eternidad, arrasarían justa o injustamente con todo lo que compone la vida.

Solo yo soy eterna e inmortal y nadie puede escapar de mí.

May 202015
 
 20 mayo, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , , , , , ,  4 comentarios »

La primera gota de luz que cayó poderosa sobre la Tierra, sirvió para curar toda la oscuridad en la que se encontraba inmersa. Aún tardó mucho tiempo en calentarla lo suficiente como para poder despertar así la vida que había congelada en ella. Todo era agua y tierra, y en el lugar donde cayó la primera gota, nació entonces el fuego.

Muy lentamente fueron creciendo los árboles bajo las nubes y a sus pies la hierba cubrió el suelo.

-Despierta- dijo la primera voz.

Y tuvo que repetirlo varias veces.
Relatos de Fantasía - Sleipnir
Entonces, la figura que yacía enterrada entre los musgos, aparentó moverse. El cuerpo desnudo, que no parecía de carne, se fue incorporando despacio hasta ponerse finalmente de pie, y el cabello largo dejó caer las hojas que lo habían ocultado, permitiendo ver unos suaves brazos, manos y pies.

Miró a su alrededor y vio más seres que parecían proceder de las cortezas de los árboles, de los musgos del suelo y de las hojas de las ramas que la rodeaban. Incluso algunos se fundían con el agua. Lo primero que hizo inconscientemente fue oír una voz en su cabeza y preguntarse qué estaba pasando, qué era ella y qué era lo que había a su alrededor.

Escuchó lo que decidió llamar silencio, y justo después sonidos extraños del bosque que llevaron a su cabeza nuevas preguntas.

Caminó entre aquellos seres como ella que se mostraban dormidos mientras aguantaba la respiración.

-Ven- escuchó.

Sintió entonces algo extraño en el pecho, unos leves golpes que se aceleraban, algo que la hizo detenerse y preguntarse si debía continuar avanzando.

-No tengas miedo.

Miedo. No sabía lo que era eso. En realidad no sabía lo que era nada, y sin embargo decidió seguir caminando.

-Aquí, un poco más adelante- dijo de nuevo la voz.

Tocó los árboles que dejaba atrás a su paso apoyándose levemente en ellos y la espesa corteza húmeda le agradó, al igual que el olor a tierra mojada. El suelo se convirtió con lentitud en hojas secas a medida que avanzaba, y se fueron quebrando con pequeños chasquidos bajo sus pies hasta llegar finalmente al centro del bosque, donde no había tierra abajo ni cielo arriba. El lugar de donde provenía esa voz.

-Al fin has despertado.

Miró a un lado y a otro y notó que aquellos golpes en el pecho iban cada vez más despacio. Se preguntó por qué.

-Puedes hablarme. Mueve tus labios para que los pensamientos que llegan a tu cabeza puedan salir. Pero cuidado, no digas todo lo que piensas. Con el tiempo sabrás que es mejor no

hacerlo.

-¿Qué soy?- fueron las primeras palabras que surgieron de su boca.

-Eres el principio. Una mujer. El primer nacimiento.

-¿Qué eres tú?

-Lo sabrás cuando hayamos terminado. Tu nombre será Embla.

-¿Qué es un nombre?

Se escuchó una suave risa lejana.

-Todas las cosas que te rodean tendrán un nombre, incluida tú misma.

Embla miró arriba y abajo. No debía decir todo lo que pensaba, pero no sabía por qué.

-¿Para qué lo necesitan?

-Para cobrar sentido. Si las cosas no tienen nombre no tienen sentido- sentenció la voz.

Sin embargo, ¿cómo decidir qué preguntar primero?

-¿Le pondrás nombre tú a todas las cosas?

-No. Tú tendrás que ayudarme- respondió la voz-. Lo primero que harás será encontrar a Ask. Es igual que tú, pero él es un hombre. Ambos provenís de los árboles y juntos seréis los

progenitores de la humanidad.

-¿Cómo voy a ayudarte?

Eres un ser humano. Te haces preguntas, deseas buscar las respuestas. Los pensamientos llegan a tu cabeza, eres capaz de interpretarlos, de inventar, de sentir. Puedes aprender y transmitir lo aprendido, incluso sobre cosas que no puedes ver ni tocar.

-¿Igual que no te puedo ver a ti?- giró de nuevo la cabeza tratando de encontrar a quien hablaba.

-Eres un ser humano- repitió-. No necesitas ver para creer. Te dejarás llevar por tus pensamientos y sentimientos para lo bueno y lo malo. Tú y los que serán como tú.

-¿Tú tienes un nombre?

-Lo tuve, sí. Ahora solo debes escuchar mi voz, ésa que a lo largo de los siglos se oirá en otras bocas transmitiendo las mismas palabras. Palabras de hombres que hablarán de profecías y conocerán por inspiración divina las cosas distantes o futuras. Pero también habrá otros que predecirán hechos futuros bien por casualidad o bien utilizando sus dones para deducir lo que es lógico. Cada uno de ellos tendrá un nombre. Algunos se harán llamar profetas, otros videntes o chamanes, y un sinfín de denominaciones que los humanos irán creando.

-¿Por qué lo harán?

-Muy pocos estarán inspirados por los Dioses. Ellos les designarán como sus mensajeros para llevar la palabra a los hombres. Otros lo harán utilizando sus conocimientos para que los que sienten miedo busquen su consuelo, algunos incluso para utilizar a las masas ignorantes a su antojo.

Y tanto unos como otros como el resto de los mortales, dudarán en algún momento, se harán preguntas, sentirán miedo.

-¿Por qué sabes todo eso?

-Porque todo destino está escrito. Tarde o temprano, lo que tenga que ser, será. No habrá un solo hombre capaz de luchar contra lo que los Dioses han designado para ellos. Aún así lo

intentarán. ¿Ves eso de ahí? La mujer miró a su alrededor.

-Es Yggdrasil, el árbol del poder, de la vida. Hay nueve mundos sostenidos cada uno de ellos por una de sus nueve raíces. Él sujeta tanto a los mundos exteriores como a los que existen bajo la tierra. Uno de ellos es de fuego y otro de oscuridad y niebla. Entre esos dos reinos hay un gran caldero de agua burbujeante llamado Hvergelmir, que alimenta las aguas de los doce grandes ríos que flotan sobre el gran abismo vacío. Estás ante el nacimiento de un nuevo mundo después de que el otro haya sido destruido.

-¿Quién lo ha destruido y por qué lo ha hecho?

-Fue la batalla entre los Dioses y los gigantes. El porqué de la destrucción es algo complejo.

Todo hombre, gigante o dios tiene sentimientos. Amor, odio, deseo de poder o de venganza, y toda una espiral que lleva perpetuamente al mundo a destruirse una y otra vez, al ser humano a destruirse una y otra vez. De ahí que las profecías sean constantemente las mismas pero dichas a través de otras voces.

-¿Por qué sabes tantas cosas?

Solo hay que observar la vida de un único hombre y descubrirás que todas las vidas son iguales. Todo es un ciclo perfecto. El hombre nace, crece, ama, siente el dolor, se hace preguntas, busca respuestas, se defiende de quien le daña, lucha para conseguir satisfacer sus deseos, sueños y necesidades…pero por más que luche, ame y odie, al final muere. Puedo predecir cada vida de cada hombre que habrá sobre la Tierra.

-¿A dónde irá cuando muera? ¿Yo moriré también?

-Tu morirás, pero tu nombre nunca lo hará. Será recordado por los siglos de los siglos pasando de boca en boca a través de la palabra de todos aquellos que dictan las profecías y también de los que las creen. Por eso necesitas uno, Embla.

-Entonces, ¿no vas a decirme quién eres?

Mi nombre fue y es Odín, y me aparezco ante ti tras la batalla del destino de los Dioses, la mayor de las profecías, el Ragnarok. Tanto gigantes como hombres y Dioses lucharon en la batalla final, incluso los espíritus de los muertos en la batalla se unieron y terminaron con el mundo entero. Hoy nace de nuevo. Yo os di a ambos el hálito vital, la vida física y el alma; Vili os dio el ingenio y las emociones y Ve los sentidos y el habla.

Ahora un nuevo ciclo comienza, como decían las profecías. Algunos Dioses sobrevivieron y otros resurgirán del mundo de los muertos para sentarse en el que fue mi trono en el Valhalla de los cielos. Existirán moradas que contendrán el alma de los muertos, habrá un nuevo cielo y las almas de buena y virtuosa voluntad vivirán en los mejores lugares. Habrá sitios horribles en el inframundo, donde jamás llegará la luz del sol. Y los hombres y los Dioses crearemos un lugar donde vivir en paz y armonía.

-¿Entonces el mundo no volverá a destruirse?

-Lo hará una y otra vez, y lo profetizarán una y otra vez, tantas veces como hombres nazcan, sientan, razonen y mueran. Ahora ve en busca de Ask, lo encontrarás al final del bosque, donde comienza el mar extenso, flotando sobre las aguas.

Embla continuó caminando hasta que el suelo bajo sus pies se volvió polvo fino de arena y allí, como Odín había predicho, encontró el cuerpo desnudo del hombre. Entonces no vino a su

cabeza pregunta alguna, pero en el pecho aquellos rápidos y leves golpes comenzaron a notarse de nuevo.

 
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Feb 232015
 
 23 febrero, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , ,  6 comentarios »

En Anglamrran, el “Lago de Basura”, a tan solo unas decenas de kilómetros de los templos de Heralpa, las personas vivían las consecuencias de la extrema pobreza. Alejado de
las ciudades más prósperas y de las cortes donde los caballeros agasajaban a las damas y lucían lustrosas armaduras junto a su Rey, aquel lugar era un desierto de miseria y muerte.

Chesa y Santal corrían descalzos sobre millones de toneladas de basura. El aire era maloliente y decían que ponía enfermos a los que lo respiraban, pero a ellos ya no les olía mal tras pasarse la vida entre aquellas montañas de residuos. Podían encontrarse muchas cosas interesantes ocultas entre ellas, pequeños tesoros que les sumían en una constante búsqueda que ocupaba todos sus días desde la salida hasta la puesta de sol.

-¡Corre, ya es la hora!- exclamó Chesa tirando de la mano del niño. No eran hermanos, pero se comportaban como si lo fuesen. Los dos volaron para no llegar los últimos y la joven trató de hacerse un hueco para así poder ver mejor.

Varios carros con los mejores restos de la ciudad llegaron esa mañana y todos esperaron a que tirasen la montaña de residuos para escarbar y levantar la basura en busca de cosas que pudieran vender o llevarse a la boca. Entonces un hombre con un sombrero de cuero raído, el jefe del lugar, que portaba en su cintura una espada que jamás habría podido pagarse, se encaramó a la cima y de pie sobre ella empezó a hablarles indicándoles las normas. Pero la joven Chesa no podía oírle y solo quería empezar a buscar. Si encontraba madera o metal podría venderlo a algún caminante o mercader, aunque tendría suerte si conseguía unas pocas monedas al día, y parte de ellas serían entregadas al jefe de la charca.

Cuando el jefe terminó de hablar, la joven y Santal dieron un paso adelante dispuestos a empezar a buscar, pero uno de los hombres que vigilaba el montón de basura los detuvo mientras decía que no con la cabeza. Chesa apretó la mandíbula llena de rabia y cogió la mano del pequeño. Sabía que no servía de nada intentarlo porque solo conseguiría llevarse una paliza. Esta vez no habían sido elegidos.

Se dio la vuelta para marcharse mientras pensaba rabiosa en todas las cosas buenas que iban a perderse y entonces vio los ojos negros del niño llenos de lágrimas. Cuánta falta le habría hecho tener una madre a su lado que lo protegiera y qué impotente se sentía ella a veces por no poder sacarlo de allí.

La ira volvió a crecer una vez más mientras lo llevaba de vuelta a casa. Santal solo tenía cinco años y ninguno de los dos tenía padres. El niño no recordaba a los suyos y ella prefería olvidarles, borrando aquellos pensamientos cada vez que aparecían, tratando de alejar los sueños de calor de un hogar o de un abrazo que pocas veces había recibido. Vivían bajo una lona improvisada que les protegía de la lluvia y que estaba colocada muy cerca de la de Leata, una mujer vieja que siempre había sido vieja. Es lo que decía Santal como si la conociera desde hacía mil años, y después salía corriendo a jugar con los trozos de arcos rotos que encontraban y alguna empuñadura de una espada destrozada. No tenían ni idea de para qué podían servirle aquellas cosas a la gente que vivía fuera de la charca, pero parecía que ya no las querían y por eso acababan allí. Sin embargo, cuando ellos las encontraban, podían venderlas a otros y así aprovechaban los objetos que nadie quería.

Llevaban despiertos desde la una de la madrugada buscando entre la basura alumbrados solo por la luz de la luna, pero confiaban en poder encontrar algo en el nuevo envío de aquel día. Sin embargo, una vez más no habían sido elegidos y probablemente nunca lo serían, porque Chesa se había negado a cumplir las órdenes de aquel hombre. Desde entonces, él la miraba con odio y no dejaba que se acercase a los nuevos montones de basura. Ella estaba a punto de someterse a él para poder alimentar a Santal, incluso una noche salió en su busca, pero Leata la detuvo.

-Serás pobre igualmente. No lo hagas- murmuró-. No quedará nada de ti si te sometes a los que tienen el poder.

Eso detuvo a la joven. Si algo le quedaba era su dignidad y encontraría el modo de salir de allí como fuera sin servir como esclava de algún noble codicioso. Cuando lo lograse, se llevaría al niño y a Leata de allí para darles la vida digna que merecían.

-¿Otra vez?- dijo la mujer al verla pasar enfurecida.

Asintió con la cabeza sin decir palabra y siguió caminando tras el niño hacia la zona norte del vertedero. Sobre las seis de la tarde el último carro se marchó, y en él, rebuscando a escondidas
tratando de no ser descubiertos por el jefe ni sus hombres, encontraron algo de arroz, unas verduras y unos zapatos rotos. Cuando se los regalaron a la vieja Leata, a ésta se le llenaron los ojos de lágrimas y los abrazó. Los niños no tenían nada, igual que ella, y sin embargo lo poco que encontraban, en lugar de venderlo, se lo regalaban.

La mujer se los colocó sin poder quitarse la sonrisa de la boca y compartió su cena con ellos. Imaginó a los ricos que habían despreciado aquellos granos de arroz, conocedora de cómo eran sus casas y sus lechos calientes, sus ropas perfumadas y sus cocinas llenas de fantásticos olores. Hacía años que no pisaba una casa de la ciudad, casi desde la juventud, cuando aún sus manos podían lavar las ropas blancas con el resto de los orines que utilizaban para blanquearlas, cuando aún podía amasar pan y hornear pasteles, y cuando aún le quedaban años de vida útiles para regalárselos a sus señores. No necesitaba mucho para transportarse de nuevo a aquellos lugares del pasado. Bastaba un olor, el sabor de un mísero grano de arroz o la visión de unos zapatos que un día calzaron los pies de un noble cuando eran nuevos. Esos zapatos y ella habían acabado en el mismo lugar, allí donde nadie buscaba a nadie, allí donde se tiraban las cosas que ya no servían. Y también las personas que ya no servían.
Cuando el pequeño se durmió, se acercó lentamente a la muchacha.

-Hay una forma de salir de aquí- le dijo-. Se dice que mañana recogerán muchachos jóvenes para llevarlos como soldados. Con la paga de medio año podrás volver y sacar a
Santal de aquí.
-Pero soy una mujer, no me cogerán como soldado-protestó ella.
-Eso podemos arreglarlo- dijo la anciana. Y al momento empezó a cortarle mechones de cabello hasta que pareció un muchacho.
-Listo. Nadie se dará cuenta.
-Pero, si me voy, ¿quién cuidará de Santal?- preguntó con voz dudosa. La vieja Leata sonrió de forma tranquilizadora.
-Yo lo haré. No temas, estarás de vuelta antes de lo que piensas.

Chesa se acostó aquella noche llena de esperanzas y sueños. Y, ¿qué eran los sueños si jamás podías atreverte a cumplirlos? Al día siguiente empezaría una nueva vida y en pocos meses se llevaría también a su familia. Por la mañana y como cada día, repitieron la misma operación. Esperaron a que el jefe diera sus órdenes y una vez más fueron rechazados. Mientras se alejaban cabizbajos y sin que Santal lograra entender por qué nunca tenían suerte, el jefe se les acercó.
Relatos de Fantasía - Esclavos y traidores
-Veo que de nuevo te marchas, muchacha. Ella le mantuvo la mirada con orgullo, tanteando sus intenciones ocultas.
-Sí.
-Si quisieras podría ayudarte- propuso el hombre iniciando una sonrisa. Miró a Chesa de arriba a abajo, sonrió y a ella le pareció repugnante.
-Vete a casa, Santal- dijo empujando suavemente al pequeño.
El niño frunció el ceño pero obedeció, empezando a caminar despacio.
-¿Cómo podría ayudarme?
El hombre dio un paso hacia ella.
-La vieja Leata habrá hablado contigo. Si te reúnes con el resto de muchachos podrás salir de aquí.
Le miró desconfiada. No había motivo alguno para que aquel odioso hombre quisiera ayudarla, pero la mención del nombre de Leata le hizo bajar la guardia. Era lo más parecido a una madre que tenía y sabía que la anciana deseaba sacarles de allí.
-Ven conmigo- le dijo.
Mientras el hombre caminaba en dirección opuesta a Santal, la joven dudó si debía seguirle o no. Miró atrás una vez más y vio al niño quedarse quieto entre la basura al tiempo que ella suspiraba deseando estar haciendo lo correcto. Tal vez pudiese traerle comida a él y a Leata, tal vez pudiera realmente sacarlos de allí. Le hizo un gesto con la mano desde la distancia para que se fuera y se dio la vuelta para seguir al hombre. Éste caminaba sin mirar atrás, como si le diera igual que ella le siguiera o no, o como si estuviera seguro de que la joven iba a aceptar su propuesta. El jefe había visto durante toda su vida las condiciones en las que vivían en la charca y sabía que todos harían lo que fuera para salir de ella. La llevó lejos, a los límites del vertedero donde ella apenas se acercaba, y entre montones de basura se paró delante de la chica.
-Ahí es- señaló el hombre.
Varios muchachos jóvenes se apresuraban a subir a los carros. Le extrañó que llevasen barrotes y también que algunos estuviesen llorando. Se sentó junto al que parecía ser más joven y le susurró que se tranquilizara. Debía estar feliz porque al fin podían escapar de la charca.
-Creí que cualquier muchacho querría llegar a ser soldado- murmuró.
-¿Soldado?- preguntó otro con ironía-. Somos esclavos, nos han vendido como tales y seremos enviados a las minas o a cualquier sitio aún peor. Envejeceremos y moriremos en la oscuridad sin que nadie sienta nuestra ausencia. ¿Entiendes ahora por qué llora?

Chesa se puso en pie de inmediato y empezó a gritar mientras golpeaba los barrotes, pero muy pronto recibió un golpe que la hizo caer al suelo. Y desde allí vio la silueta del jefe que le entregaba a la vieja Leata una bolsa seguramente con monedas.

Traidora, la había vendido y seguramente haría lo mismo con el pequeño Santal. Mientras el carro se alejaba y el nudo en la garganta no le permitía siquiera gritar, el
amargo sabor de la traición fue casi desapareciendo mientras en sus venas, en su piel y en todos los rincones de su cuerpo, nacía un enorme deseo de venganza.

Volvería, estaba segura de ello, y sacaría al niño de allí. Algún día, quizás algún día.

 
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Oct 132014
 
 13 octubre, 2014  Publicado por a las 11:11 Tagged with:  6 comentarios »

¿Qué se le dice a alguien que sabes que va a morir? ¿Con qué valor cruzas el umbral de la puerta y qué palabras secretas llevas sin quererlo escritas en tu mirada?

Sabía que mi hermano vería en mí la verdad, aquélla que, antes incluso de que nuestros ojos se cruzaran, él ya conocía. Y esperaba ver miedo en él, pánico, terror. Sin embargo hallé solo admiración y orgullo.

Había combatido en la batalla de los cinco reinos, la que traería libertad y prosperidad a todo pueblo y ser sobre la faz de la tierra.

Lloré y recé desde el día en que supe que había sido llamado a la lucha, y maldije cada segundo a mi rey y al resto de reyes, incapaz de encontrarle sentido a todo aquello. Fue entonces cuando Belenos, mi hermano pequeño, apuntó que una mujer no podría entenderlo jamás.

Ahora se moría ante mis ojos y la angustia se fundía con mi enfado mientras él agonizaba entre mis brazos.

Y entonces habló.

Siempre creí que el campo de batalla sería un lugar desgarrador, lleno de sonidos y sangre, de alaridos que preceden a la muerte, de choques de espadas y ruidos guturales. De bramidos de hombres que dejaban atrás a sus familias y sus tierras para morir por su honor y por su rey.

Levantó la mano ante mi gesto de silenciarlo. Quería contármelo antes de dejar el mundo de los vivos.

-También creí que moriría de los primeros, que jamás sobreviviría a tal acontecimiento. Pero por increíble que parezca, en aquel terreno empinado solo había silencio, como si fuera el preludio de algo muy secreto que iba a ocurrir aquella mañana. Cuando el sol despuntó atreviéndose a acariciar las regias copas de los árboles que rodeaban aquel valle inclinado, los escudos y las armaduras de los soldados comenzaron a brillar mientras permanecían quietos, petrificados, a la espera de una orden que les hiciese avanzar. Una mezcla de miedo, de valor y furia contenida pululaba por sus mentes con toda seguridad. Los de las primeras filas portaban los estandartes de sus reinos con un orgullo difícil de contar. Al norte los del Pueblo de la Luz, con sus cabellos de oro y bronce y ojos de nácar, tan pacíficos en su tierra y tan devastadores en la nuestra; al sur nosotros, la raza aria de los Keltoi, conocidos por nuestra caballerosidad y orgullo en la lucha y aliados con el ejército del este, los Ojáncanos, sanguinarios y de aspecto aterrador, crueles, capaces de matar a uno de sus miembros más ancianos abriéndole el vientre para repartirse lo que llevase dentro antes de enterrarle. No podía entender la extraña alianza que habíamos forjado con aquellos, que más bien deberían estar en el lado del mal.

Relatos de fantasía - La batalla de los cinco ejércitos
Después al oeste los Caballos del Diablo, que según contaban aparecían volando entre llamas, humo y emanaciones de azufre, rompiendo el silencio de la noche y esperando inmóviles junto a los desconfiados Nuberos, aquellos que controlan el tiempo a su voluntad provocando tormentas y tempestades, defendiéndose con rayos o granizo. Ambos aún sin desvelar si estaban con los del Norte o con el Quinto ejército, a los que no alcancé a ver hasta que los del Pueblo de la Luz comenzaron su avance descendiendo por la pendiente como bestias enfurecidas que hacían temblar el suelo.

Entonces aparecieron, la luz del sol iluminó con timidez su formación que era como una especie de caparazón de escudos en círculo. Los primeros se agachaban para aguantar el embate de los enemigos y los de la segunda fila cubrían con los suyos las caras de los compañeros. En el interior de su coraza supuse que habría muchos más hombres.

Los que avanzaban desde el norte confiaban al parecer en su superioridad numérica, pero ésta se tambaleó al ver a aquel ejército inmóvil e impasible. Impulsados por la inclinación del terreno se lanzaron sobre la extraña barrera circular de escudos rodeada de un intenso silencio, y entonces fueron frenados por la fuerza de aquel caparazón de madera y carne. Nada más tomar contacto con los del quinto ejército, los Ascomanni, Hombres del Fresno, desplegaron los escudos y de entre ellos salieron brazos y manos que masacraron a todo el que se acercaba. Pronto sus cuerpos estuvieron llenos de sangre enemiga que salpicaba sus caras y caía brazos abajo.

Los otros ejércitos no aprovecharon para atacar, preferían estudiar a sus enemigos e intervenir sería como ir a socorrerles. Pero cuando cayó el primer grupo, los Caballos del Diablo y los Nuberos que habían forjado su propia alianza, corrieron en masa hacia el centro del valle perdidos entre nubes de humo y ráfagas de viento. Los primeros, unas libélulas gigantes de inmensas alas, formaban grupos de siete con uno de ellos adelantado, el rojo, el percherón, de quien se decía que era montado por el mismísimo diablo. Dejaban huellas en la tierra como si de cascos y pezuñas se tratase, y su resoplido era tan fuerte y frío que no quedaba hoja alguna en los árboles del oeste. Los segundos, criaturas obesas de tamaño pequeño y aspecto malicioso, formaron sobre sí una enorme nube tormentosa que salpicaba rayos sobre la tierra. Juntos trataron de romper aquella extraña defensa, pero los Ascomanni aguantaban todos sus ataques.

En ocasiones el caparazón se abría y uno o dos hombres saltaban sobre las espaldas de sus compañeros y se mezclaban con el enemigo. Abatían a unos cuantos de forma salvaje y volvían a la protección de su círculo. Así pude ver que luchaban casi desnudos y también que algunos eran mujeres- no había miedo en los ojos de mi hermano ni en sus palabras, a pesar de que ambos éramos conscientes de que apenas quedaba sangre en las venas de su cuerpo.

-Llegó el mediodía y nosotros los del sur junto a nuestros extraños aliados aún no habíamos intervenido. Les suponíamos cansados, llevaban horas luchando, creíamos que no tardarían en caer bajo nuestras espadas. Pero aquellos hombres del quinto reino venían de tierras frías y duras donde morían de hambre y veían morir también a sus familias. No luchaban solo por un rey ni por conquistar los cinco reinos, sino por sus propias vidas, y aquella fuerza era muy superior a la que nos movía al resto.

Nuestro ejército solo tenía que subir la pendiente y sabíamos de sobra cuál sería su respuesta. Además ellos no conocían nuestra forma de luchar y se habían expuesto demasiado. Nuestros caballeros no podían lanzarse sobre ellos cuesta arriba, pues no tenía sentido aquel ataque, así que los rodearon y galoparon hacia abajo para desarmar su formación. Entonces, cuando nuestros hombres no podían parar sus monturas, los Ascomanni tiraron de unas cuerdas que permanecían enterradas y cientos de estacas se levantaron para terminar clavadas en los pechos de los caballos. Cayeron nuestros caballeros al suelo y apenas pudieron defenderse por el peso de la armadura. Los masacraron.

-¿Ganaron?- le interrumpí viendo que se asfixiaba quedándose sin tiempo.

Mi hermano sonrió. Sentí ganas de llorar al saber que ésa sería la última sonrisa suya que vería.

-¿Sabes por qué una mujer no puede comprender la guerra?

Negué con la cabeza.

-Porque es absurda, porque preferiríais arreglar con palabras algo que no tiene solución, algo que debe arreglarse con sangre y honor. A pesar de eso, de vuestros miedos nace vuestra fuerza y al pensar en el dolor de vuestras familias algo se revuelve dentro de vosotras, capaz de arrasar con el mayor de los ejércitos. Porque os negaríais a enviar a vuestros hombres a una muerte segura a luchar por territorios o dominios de un rey al que consideráis muy por debajo de un dios, aunque ellos se vean a sí mismos a la altura. Porque en definitiva la guerra os parece ridícula en comparación con vuestra lucha diaria para conseguir que los vuestros no se mueran de hambre. Pero ésta era la guerra de los cinco reinos. Merecía la pena morir por ella.

-¿Acaso es menos absurda que las otras?- le pregunté llorando.

-No sé contestarte a eso- su mano me acarició un instante y me pidió perdón en silencio por dejarme sola-. Solo sé que vi en aquellos hombres lo mismo que veo en tus ojos, que no entendían el sentido de aquella batalla, que huían del hambre y del frío, que nada podían perder salvo sus vidas y las de los suyos. Y su desesperación fue muy superior a cualquier instrucción militar de cualquier hombre o criatura.

-Así que no entendemos la guerra pero…

-De vuestro sufrimiento sacaron la fuerza para librar tan suicida batalla. Aquellos hombres no veneraban a su rey sino a sus pueblos. Cada golpe que asestaban, cada hombre que abatían, era un pequeño paso hacia su libertad. Y ni nuestros caballeros con sus armaduras de placas ni los arqueros o los Nuberos, ni la crueldad de los Ojáncanos fueron capaces de eliminar a aquellos que tanto se habían expuesto quedándose en el centro del campo de batalla, dejando claro que su intención de ganar la guerra de los cinco reinos era la de subsistir, empleando la inteligencia que da el hambre y el dolor tras la pérdida de los suyos para trazar su estrategia.

-¿Por qué crees que se quedaron entre los cuatro ejércitos?- solo quería seguir oyendo su voz y pensé que tenía derecho a elegir de qué hablar en los últimos instantes.

-Porque desde el centro se ve todo mejor. Mientras por culpa de la pendiente los del norte no nos veían a nosotros ni al contrario, los Ascomanni divisaban el comportamiento de los otros cuatro. Estudiaban a sus enemigos y buscaban sus puntos débiles, como una mujer observa al hijo que enferma mientras éste le roba su sueño o suplica en silencio que haya pan y algo de carne para el día siguiente. No ganaron, no. Los Keltoi acabamos con sus vidas, dejamos que todos lucharan y se agotara el tiempo. Permitimos que casi se mataran entre los cuatro reinos. Pero fueron ellos quienes derrotaron al resto dándonos un gran ejemplo vital. No es la tierra lo que debemos ansiar poseer sino la vida que podemos regalar a los demás. Porque una guerra es en realidad el mayor acto de amor hacia los tuyos, hacia el afán de protegerlos, de proveerlos de un mundo mejor.

Entonces comprendí la ausencia de miedo. Se iba para siempre, su rostro palidecía mientras la sangre escapaba por sus heridas, pero había sido parte de la batalla de los cinco ejércitos, la más importante de todas. Aquélla que nos había enseñado la verdadera naturaleza del hombre, el origen de su fuerza y el motivo de su desesperación. Entendí su orgullo, el gran regalo que nos hacía aunque el precio fuera su vida.
Nada era eterno. La paz duraría el tiempo necesario hasta que otros repitieran los mismos actos, y terminasen en cualquier lugar del mundo debatiendo quién debía ser el dueño de éste. Pero el verdadero tesoro, nuestra vida y supervivencia, sería la guerra que lucharíamos siempre, cada día al salir el sol. Y los Keltoi habían conseguido la victoria asegurando así que nuestra raza vería una vez más el mañana.

 
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Jul 142014
 

-¡Talto! ¡No vayas muy lejos!- la voz de su madre se escuchó lejana a medida que avanzaba hacia la puerta exterior de la ciudad.
Con un gesto de su mano intentó tranquilizarla, pero si hubiese conocido sus intenciones no le habría permitido irse.
En sus quince años de vida solo había conocido Tábaca, una de las tres ciudades que existían en el mundo, la menos importante y la más poblada. Talto sentía en ocasiones que era como un enorme recipiente en el que habían encerrado a la humanidad a fin de tenerla controlada. ¿Qué demonios había tras sus muros?

En los suburbios, los muchachos adultos le habían contado que no quedaba nada del mundo del pasado. Los hombres habían terminado con todo y el aire fétido e irrespirable inundaba el exterior de Tábaca. Allí no había nada que temer porque no existía vida alguna al otro lado del muro.

Talto caminó entre las calles metálicas donde el humo era denso y pesado, con olor a hierro humedecido, y desde donde se alzaban los impresionantes edificios que alojaban a miles de personas. Allí había nacido y, como él, todos los que quedaban vivos. No existía prueba alguna de lo que había sido el mundo en el pasado, solo lo que generación tras generación se había transmitido con la palabra.

Su pelo era de un azul índigo y lo llevaba muy rapado a los lados de la cabeza. Una línea del mismo color se dibujaba en su cara para distinguir a los nacidos en su distrito.
Pérula era del distrito naranja. Ella era la que había pensado que sería interesante salir afuera, y Talto simplemente se había dejado llevar. Aquella chica parecía demasiado libre para vivir en Tábaca y en el futuro podría tener verdaderos problemas.

Relatos de Fantasía - Leocas por Sonia Centeno

Léocas por Sonia Centeno


-¡Ey!- ella le saludó desde una esquina y se acercó dando pequeños saltos como si fuese el día más feliz de su vida.
Vestía ropas oscuras como habían acordado y cubrieron sus llamativas cabezas con sendas capuchas negras.
-¿Podremos salir?- preguntó el joven algo preocupado.
Pérula le guiñó un ojo y su sonrisa mostró unos dientes blancos.
-Solo si no quieres volver a entrar-le dijo.

Le entraron dudas. Allí estaba su madre, aunque tenía otros cuatro hijos que no le dejaban tiempo para nada. Pero quizás no le echarían de menos.
Se enfundó la capucha y siguió los pasos de Pérula hacia “el abismo”, como se conocía al último muro de Tábaca. No le preguntó cómo había hecho que los guardias desaparecieran, ni cómo había conseguido las claves para abrir la puerta. Al cruzar, simplemente se quedó sin palabras.

Era cierto que no había nada. Solo un suelo yermo y desierto con la tierra quebrada que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, bajo un cielo gris constante y silencioso. Entre las grietas del suelo aparecían restos de árboles muertos de color plomizo y apagado, y el silencio envolvía todo aquel entorno lleno de vacío.
-¿De veras no podremos volver?- preguntó con la voz temblorosa mientras contemplaba la espalda de la joven que echaba a andar sin ninguna duda.
-Si lloras durante un rato tal vez te abran la puerta- replicó desde lejos en tono burlón.
Talto resopló, frunció los labios y miró por última vez “el abismo” para después correr tras ella. El ruido de sus pisadas volvieron una y otra vez sobre él, como si sus propios pasos lo persiguieran.

-No sé por qué demonios te hago caso…
La risa de Pérula se escuchó como un eco en el vacío, mientras caminaba con seguridad en medio de la nada. El muchacho estaba ofuscado, enfurecido consigo mismo, sintiéndose mal por no haber pensado antes en las consecuencias.

Tábaca era un ciudad inmensa, oscura y ruidosa, pero el único hogar que conocía. En ella siempre era de noche, y miles de luces artificiales iluminaban las calles y los edificios emulando lo que alguna vez había sido el día real. Solo una vez al mes, el cielo cambiaba de color para mostrar el brillo resplandeciente de lo poco que quedaba del antiguo sol, lejano y marchito, insuficiente para bañar de calor y de vida la tierra.

-¡Maldita sea! ¿Por qué no hay nada?- bramó, deteniéndose.
Su voz volvió en forma de eco, como si rebotase contra algún lugar inexistente y le devolviese sus propias palabras haciendo que éstas sonasen aún más fuerte.
Ella se volvió, le miró de arriba abajo, y tras fruncir la nariz un segundo volvió a sonreír.
-Porque no dejaron nada…-murmuró- con vida.
-Entonces, ¿qué es lo que buscas aquí?-sus palabras sonaron a miedo, como si la hiciera responsable de sus propias decisiones.
Ella se acercó a Talto, quedándose muy cerca de su cara. Le llegó su olor tan distinto y se vio reflejado en unos ojos vivos y tenaces.
-Nunca te pedí que vinieras.

Era cierto. El muchacho había sentido el impulso de ir con ella, de no dejarla sola, pero jamás había sido invitado. No podía culparla de las consecuencias.
-Está bien- respondió en voz baja, asumiendo su responsabilidad.
Siguieron caminando mientras Talto pensaba que la nada no tenía sonidos ni olores. En Tábaca había de todo aquello en exceso, pero allí fuera solo tenía la misma sensación que cuando sumergía la cabeza bajo el agua de olor metálico y los oídos recibían ruidos amortiguados. Solo que allí, en la nada, no los había. Era como un lugar en el que el tiempo se hubiera detenido, un sitio absurdo que nadie visitaba porque no tenía sentido hacerlo, porque no llevaba a ninguna parte. Pero existían otras dos capitales, algún camino llevaría a ellas.
-¿Quieres llegar a las otras ciudades?
-¿Crees que llegarías andando a ellas?- preguntó burlona-. Talto, eres un necio si piensas algo así.
Suspiró, empezaba a estar cansado.
-Bien, no me pediste que viniera, pero estoy aquí. Podrías contarme a dónde vas…
-Podría- respondió Pérula indiferente-. Pero quiero que lo veas por ti mismo.
-No sé que diablos voy a ver en la nada- protestó él.
Entre pensamientos y dudas, no se había dado cuenta de que habían llegado al final de la tierra escarpada. Y entonces sí que vio algo.

El suelo quebrado se terminaba, y había una intensa bruma que parecía querer cubrir lo que no debía ser mostrado a los ojos humanos.
-¡¿Qué diablos…?! ¡¿Un lago aquí en medio?! ¡¿Un valle?!
Pérula se echó a reír al verle tan impresionado y Talto descubrió por qué había decidido seguirla. No habría podido no hacerlo.
-¿Cómo sabes lo que es un valle?
-Los muchachos me contaron….
-Ven, bajemos- le interrumpió ella justo antes de salir corriendo para perderse entre las hojas y plantas enormes que cubrían lo que parecía ser el valle en aquel lugar nocturno.

Mientras la seguía, su corazón latía por primera vez tan fuerte que la emoción le hacía olvidar Tábaca y todo lo que había en ella. El color de la piel de Pérula parecía cambiar en aquel lugar, su cabello no era tan anaranjado y no parecía tan angustiada como cuando estaba en cautividad. Entonces recordó que Pérula nunca había parecido angustiada.
-¡Espera!- le gritó.
Ella se volvió, despojándose por completo de su capucha y de sus ropas oscuras, mostrando un cuerpo lleno de símbolos tatuados que ocultaban su desnudez.Talto la imitó.
-Aquí no las necesitas. Eres libre.
-¿Lo soy? ¿Por qué nadie me ha hablado de este lugar?
-No pueden hacerlo. No lo conocen. Solo tú lo conoces- dijo ella como siempre sonriendo-. Ven, dame tu mano.
Talto obedeció y se dejó guiar por ella hacia el agua que atravesaba la explanada. En el pasado habían existido ríos, lagos y el mar, o eso decían. Pero nunca imaginó lo que sentiría al verlos de verdad. Y cuando experimentó por primera vez la presencia de aquella gran cantidad de agua, las palabras no pudieron acudir a su boca porque su cuerpo estaba lleno de sensaciones. Las rocas resbaladizas que había en el borde, las ondas que acariciaban su piel de forma aleatoria, los pies tocando el fondo mullido y aterciopelado… No le importaba a dónde iba Pérula, sino sentir aquel lugar. Ella le esperó sentada en el borde, con las rodillas cruzadas y los brazos sobre ellas. Mientras le observaba disfrutar, no sonreía. Su mirada era oscura, y quizás era la primera vez que no se mostraba feliz.

En cambio parecía pertenecer a aquel lugar silencioso y húmedo mucho más que a Tábaca.
-¿Estás bien?- preguntó saliendo del agua.
Creyó ver un destello húmedo en sus ojos, pero desapareció antes de que hubiese podido asegurarlo.
-Ven- susurró tomándole otra vez la mano.
-¿Dónde estamos?- preguntó Talto mirando a su alrededor las plantas, el agua y todo aquel entorno maravilloso- ¿Por qué no vive la gente aquí?
-Si te lo digo, el sueño terminará.
-¿Qué sueño? ¿Qué estás diciendo?
-Digamos que estás en el lugar de donde yo vengo- añadió ella.
La miró con detenimiento. Compartía con los de su distrito el color anaranjado de su pelo que llevaba recogido en nudos a ambos lados de la cabeza y después suelto, pero en sus ojos había algo retador y desafiante. Era muy distinta a las otras mujeres sometidas y doblegadas de la ciudad. Incluso su propia madre era como ellas.
-Sabía que no podías ser de Tábaca. ¿De cuál de las otras dos ciudades eres?
Pérula se sentó sobre una roca y cruzó de nuevo las piernas. Otra vez sus ojos se volvieron sombríos.
-De ninguna.
Talto se sobresaltó. Aquello no podía ser verdad.
-No te creo.
-Soy una Léoca- susurró ella tras un irritante silencio.

El muchacho sintió un extraño ardor en el pecho, entre miedo y rabia. Había oído cosas…muchas veces.
-Pensaba que era todo mentira… Creía que erais una leyenda…
-Como las criaturas arbóreas, los seres espirituales o los elementales del aire…-murmuró Pérula-. No, nosotras existimos de verdad.
-No es eso lo que dicen…- protestó Talto.
-Y, ¿quién lo dice?- se interesó ella-. ¿Sabes lo que ocurre cuando tu Léoca te visita?
-Sí, lo sé. Que te mueres.
-Entonces, ¿quién lo dice?
Invenciones, eso era lo que él había escuchado. Pero al parecer era verdad.
-¿No sois mágicas, poderosas y todo eso que cuentan?
Pérula frunció de nuevo la nariz, pero no volvió a reír.
Le hizo caminar al otro lado de las plantas y allí le mostró a otras mujeres como ella. Solo que ninguna se parecía a las demás.
-Somos la evolución, la mezcla de las mejores y peores cosas del ser humano. Nuestro aspecto es distinto en función de lo que se haya desarrollado más. No volamos, ni hacemos magia, ni tenemos una fuerza excepcional.
Algunas llevaban el cuerpo tatuado y el cabello enmarañado cayendo por la espalda; otras lucían las sienes rapadas y esperaban al borde del agua con los ojos cerrados mientras la brisa, venida de alguna parte, agitaba sus ropas. Una de ellas, la única que los miraba, llevaba en la cabeza una extraña corona negra que cubría desde su garganta hasta la cabeza, terminando en formas puntiagudas al igual que unas insólitas alas que portaba a la espalda.
-¿Qué es lo que sois?
-Somos la mente. No tenemos más poder que lo que somos- siguió diciendo-. El hombre del pasado creía en sus Dioses, acudía a ellos cuando tenía miedo o le embargaba la desesperanza. Pero ellos nunca respondían. El tiempo se fue gastando, los siglos avanzaron, y el hombre, con su vida limitada y condenado a extinguirse, tuvo que ser encerrado en Tábaca, Esprondia y Akusa. Los supervivientes fuisteis confinados en las ciudades. Fue la única forma de controlaros.
-¿A nosotros? Creí que habían sido nuestros antepasados quienes hicieron tanto daño.
-Tú eres como ellos. Ahora no lo ves, te crees inofensivo. Pero crecerás y alimentarás tu odio o tu codicia y serás peligroso. El hombre vive un ciclo perfecto y constante, aunque se cree diferente es exactamente igual que los demás. Las Léocas solo visitamos a quien algún día podría lastimarnos.

Talto trataba de comprender. Había sentido miedo al principio, pero junto a Pérula siempre había sido feliz. Su presencia le calmaba. ¿Por qué le estaba haciendo aquello?
-¿Crees que yo podría hacerte daño?
Ella bajó la cabeza y al segundo volvió a clavar sus ojos en Talto.
-Créeme. Sé que lo harías.
-Y por eso que crees que sabes o sabéis, ¿encerráis a toda una raza y elimináis a quien os da miedo?
-¿No hicisteis vosotros lo mismo?- respondió ella llena de ira, haciéndole sentir de nuevo miedo-. ¿No habéis matado a quien podía dañaros, encerrado a los hombres como animales y a los animales como hombres, no arrasasteis con todos los lugares y recursos de la tierra? ¿Por qué crees que sois mejores que nosotras?
Talto suspiró. Odiaba ver a Pérula herida.
-No es cierto. No lo creo. Solo me preguntaba si no había otra forma de hacer las cosas…-murmuró pensativo.
-Hace tiempo fuimos humanas. Fuimos como tú. Crecimos y amamos a los nuestros, los sostuvimos y protegimos. Evolucionamos con nuestros miedos, nuestros deseos, con nuestras mentes contradictorias. Con el bien y con el mal. Las Léocas somos el resultado de la única raza que tiene el poder de crear y de destruir: la vuestra. Pero aún hay algo más potente y peligroso: vuestro poder de autodestrucción. Por eso hoy estoy aquí. Debo protegerte de ti mismo.
Talto asintió resignado y se sentó junto a ella.
-Creí que pasaríamos juntos más tardes contemplando el sol en Tábaca…
-Y corriendo por los suburbios-recordó ella sonriendo de nuevo-. ¿Sabes lo que significa la aparición del sol?
Talto negó con la cabeza en silencio.
-Cada vez que sale, una de nosotras debe abandonar la ciudad. Y llevarse a uno de vosotros.
-Te echaré de menos, Pérula.
-¿Te despides? ¿No quieres saber por qué te elegí a ti?
-No, no quiero. Lo has hecho y así lo acepto. Cuando crucé “el abismo” supongo que escogí despedirme de mi familia y de mi mundo. Correcto o no, hice mi elección.
Pérula se puso en pie y le miró enfadada mientras dos lágrimas furiosas cayeron por su cara. Apretó los puños y gritó:
-¡Pues yo quiero decírtelo!
-No lo hagas…no lo estropees…- dijo Talto casi en tono suplicante.
Ya era bastante doloroso tener que aceptar que ella lo estuviese traicionando.
-Cuando evolucionamos, unas Léocas aumentaron su parte sombría, la que todos tenemos. Otras la bondad. Y aunque todas somos distintas, nuestra lucha es la misma. Luchamos contra la autodestrucción, poseemos cualidades humanas contra las que lidiamos una batalla constante, mantenemos un pulso entre lo que deseamos y lo que podemos desear. Yo quería ver más puestas de sol en Tábaca contigo…
-Pero las Léocas no pueden desear ver puestas de sol con nadie- sonrió Talto mostrando una extraña compasión hacia ella.
-Tú me odiarías, crecerías haciéndolo y te convertirías en un hombre adulto. Harías sufrir a otros.
-¿Es eso lo que hacen todos? ¿Por eso crees que yo lo haría?
-Ya no importa, Talto. Este lugar, lo que ves, solo existe en tu cabeza. Elegiste cruzar “el abismo” y moriste en aquel momento. Crees que esto está sucediendo, piensas que realmente estamos hablando, pero lo cierto es que tu cuerpo está tendido en medio de una sala y tu madre llora por ti. Este lugar es lo que has construido para aferrarte a la vida, y esa misma fortaleza que evita que mueras es la que te convierte en un ser peligroso. Por eso he venido a buscarte.
-Cuentan que la Léoca que contacta al humano muere con él…- añadió Talto mirándola a los ojos-. ¿También es mentira?
-Por eso te elegí a ti.
-Y sin embargo sigues aquí hablando…en lugar de desaparecer. Yo elegí cruzar. Ahora tú, ¿eliges dejarme morir?
Pérula se mantuvo en silencio. Las Léocas necesitaban a los humanos para existir. Sin su pulso del bien contra el mal incontrolable y voluble, también ellas se extinguirían.
-Dijiste que era un sueño desde el principio. Si elijo despertar, supongo que estaré muerto…¿Qué eliges tú?
Talto sonrió. Se alejaban las imágenes de Tábaca, las puestas de sol, los rumores sobre una raza insólita que había suplido a los dioses y visitado a cada humano antes de darle muerte. Se decía que eran la mezcla de los sentimientos del hombre, los que podían llevarle a los cielos o al inframundo. Contaban que entraban en las mentes y producían el caos, creando alucinaciones y sueños extraños. Y todo aquello que se contaba, existía porque alguien había podido despertar de su sueño.
Pérula no era de Tábaca, no era una humana. Era rebelde, fuerte e inquieta. Lo que bullía en su interior era mucho más peligroso que lo que había dentro del hombre. Y lo más importante, ella no quería llevarse a Talto.
-Tú no elegiste ser una Léoca, y yo no escogí ser un hombre. ¿Morimos hoy ambos por una soberbia y gloriosa ley? Puedo continuar mi sueño hasta llegar a Esprondia o Akusa. O volver a Tábaca. Tú eliges.
-¿Prometes que no serás como ellos?
-No puedo prometerlo. Aún así, tú decides si me dejas vivir.
Pérula meditó un instante, giró la cabeza a un lado y con el dedo señaló “el abismo”, que repentinamente estaba de nuevo a su lado.
-Cuando me veas por la mañana junto al muro, no me acompañes- respondió ella simplemente.
-¿Saldrás sola de igual forma?
-Me iré. Y tú me odiarás por haberlo hecho. Y yo tendré que volver para matarte. Pero dejaré que lo compruebes tú mismo. Ahora, abre los ojos.

-¡Talto! ¡No vayas muy lejos!- la voz de su madre se escuchaba lejana a medida que avanzaba hacia la puerta exterior de la ciudad.
Con un gesto de su mano intentó tranquilizarla, pero si hubiese conocido sus intenciones no le habría permitido ir afuera.

Pérula era del distrito naranja. Ella era la que había pensado que sería interesante salir afuera, y Talto simplemente se había dejado llevar. Aquella chica parecía demasiado libre para vivir en Tábaca y algún día tendría verdaderos problemas.
-¡Ey!- ella le saludó desde una esquina y se acercó dando pequeños saltos como si fuese el día más feliz de su vida.
Él la miró, primero sonriendo, hasta que su sonrisa se fue deshaciendo lentamente para recordar que ese día la vería por última vez. Porque si ella tenía que volver a buscarle sería que no se había equivocado.

-¿Vamos?- preguntó caminando hacia el muro.
La dejó avanzar unos pasos. El cabello anaranjado, su actitud indómita y enérgica, la fuerza de su presencia… Ella le conocía bien. Sabía de sobra que podría odiarla si se iba. No había nada tras los muros, pero tampoco lo había en Tábaca. Miró hacia atrás y se giró para volver a casa. Tras dar dos pasos volvió otra vez a caminar tras ella.
-Vamos, Pérula.

“El abismo” esperaba silencioso, siniestro, pero no podía ser cobarde y convertirse en un peligro para los demás. Odiaría, se sentiría encerrado y desearía ser diferente y hacer algo más. Y pondría en peligro a los muchachos de los suburbios, a sus hermanos y a su madre, envenenaría sus oídos con anhelos y deseos, con ansias de libertad.
Decían que las Léocas solo dejaban vivo al dócil, a quien podían controlar, al que permitía que la esencia humana siguiera viva para que ellas pudiesen dominar y evolucionar. Talto se preguntó por un instante si podría olvidarse de ella, si podría pensar que no había existido, si podría llevar una vida sumisa y normal.
Ellas eran el resultado de los sentimientos confusos del hombre, la evolución de las mentes en forma de mujer con sus oscuros deseos y miedos, con sus ansias y ambiciones. El hombre se autodestruiría algún día, y el sacrifico de unos pocos podía alargar sus vidas de forma temporal, pero Talto quería seguir viendo las puestas de sol de Tábaca. Con ella o sin ella.
-Te deseo suerte, Pérula. Que encuentres lo que buscas.
-¿No vienes?- por un instante ella pareció aliviada.
-En dos semanas saldrá el sol. Quiero volver a verlo.
Y le dio la espalda mientras caminaba de regreso a casa por las calles metálicas y ruidosas. El ser humano podía ser peligroso, pero Talto era además imprevisible.

 
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