Jul 172015
 
 17 julio, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , , ,  4 comentarios »

Se incorporó en la cama con el pulso martilleándola las sienes. ¡Otra vez ese maldito sueño! A decir verdad, no era un sueño al uso, ni siquiera estaba completamente dormida. Llegaba cuando se hacía patente esa sensación de abandono y lejanía, cuando estás a punto de dejarte llevar, pero aún eres plenamente consciente de todo, de tu cuerpo, tu respiración, lo que te rodea, incluso la sábana que tus manos rozan. Había ocurrido mientras demoraba el instante de levantarse, pero no tenía por qué ser así, las “visiones” podían asaltarle en cualquier momento: sentada en el sofá mirando la tele o esperando que llegara el metro en el andén.

Lo que realmente le inquietaba es que hacía más de dos años que no ocurría. Lo tenía controlado, o eso creía hasta hacía unos días…

Desde niña había aprendido a vivir con ellas porque su abuela tenía el “don” y se encargó muy mucho de explicarle, desde antes de que pudiera comprender, y no es que fuera alguien torpe ni mucho menos, pero primero de hablar ya tenía claro que había cosas que no podía hacer. Después, cuando fue creciendo las “visiones” eran el menor de los problemas, había otras variedades del “don” que podían resultar mucho más peligrosas. De manera, que condenada a la soledad y a no relacionarse con otros de su edad, había crecido confinada en una vieja casa perdida en el monte, alejada de sus padres y hermanos, y bajo la tutela de su abuela.

Doria era una mujer recia y estricta, incluso distante, pero a ella eso no le importaba, hacía tiempo que había comprendido que lo mejor que podía hacer era mantenerse lejos de los afectos humanos, porque la cercanía derivaba en una serie de imágenes que se sucedían reiteradamente en su mente, y unos impulsos…¡más que impulsos, aquello eran órdenes de su mente, de su cuerpo… de toda ella! Hasta que aquel terrible momento había pasado y ella podía de nuevo escabullirse de sus múltiples escondites y continuar con su marcada doctrina de adiestramiento.

Alguna vez, trató de explicar que no eran exactamente como lo que su abuela experimentaba y pretendía hacerla entender, pero ante las respuestas obstinadas de esta, terminó por convencerse de que era mejor así: aprender sola a controlarlo.

Edificio en llamas - Relatos de Fantasía

La anciana falleció cuando ella contaba dieciséis años y hubo de regresar al hogar paterno, junto con dos hermanos que no conocía. ¡Oh dios! Aquello si fue realmente difícil. Controlar todo lo que sentía… Una explosión de secuencias futuras que se sucedían a cualquier hora y en cualquier lugar y que tenían como protagonista a alguien que la rodease y en ese momento constituyera una molestia para sus intereses. Aprender a dominar aquello, “no intervenir” como decía su abuela, había sido lo más difícil a lo que se había enfrentado. Pero consiguió hacerlo y con dieciocho años tomó la decisión de integrarse en la sociedad. Ya no podían retenerla y la herencia que su abuela le había dejado se hacía efectiva.

Madrid y la Universidad suponían un nuevo reto, pero se sentía segura de sí misma y sabía que manteniendo la distancia suficiente con quienes pululaban en torno a ella, todo iría bien. Y así había sido, hasta hacía poco más de seis meses.

Volvía de la compra y al pulsar el botón del ascensor una de las bolsas se había rajado, exponiendo por el suelo toda clase de productos. Maldijo una y otra vez su suerte cuando escuchó abrirse tras ella la puerta del portal y unos pasos que se aproximaban.

– Deja que te ayude – ella negó con la cabeza y se apresuró a meter todo lo que podía en la otra bolsa, pero el chico, porque la voz era de un chico, se había agachado junto a ella y le tendía un paquete de pan de molde. Por un momento alzó la vista y sus ojos se encontraron, tenía una mirada oscura, casi negra y un brillo divertido en las pupilas, sonreía. Se bloqueó, solo fueron unos segundos pero cuando sus manos se rozaron, se bloqueó. Ya no recordaba la última vez que había mantenido contacto físico con otro ser humano. Se retiró con brusquedad, entró en el ascensor dejando que la puerta cayera con un golpe estridente y pulsó con frenético apremio el botón del quinto piso.

Cuando se dejó caer en el sofá aún sentía la electricidad del otro en la punta de los dedos. Estaba confundida y asustada y para colmo las luces se encendían y apagaban como las de una discoteca. Respiró profundamente e intentó calmarse, volver a tener el control, como siempre. Lo estaba logrando cuando el timbre aceleró las pulsaciones en su pecho y la bombilla estalló en la lámpara sobre su cabeza.

Se resistía a abrir, pero por otra parte… ansiaba de nuevo sentir esa descarga, más fuerte que ninguna otra que la hubiera recorrido antes. Se paró delante del pomo y lo asió con fuerza, hasta que los nudillos palidecieron, inspiró hondo y lo hizo girar.

Allí, de pie frente a ella estaba el muchacho moreno sosteniendo delante de sus ojos el paquete de pan de molde.

-Te lo has dejado…- ella volvió a contemplarlo y decidió que no podía ser tan horrible si había conseguido “tenerlo oculto y en silencio” durante tanto tiempo. Sonrió y entornó su mirada felina. Él le devolvió la sonrisa y desde ese instante no habían dejado de verse ni un solo día.

¡Ella! La rara, la que siempre estaba sola, la que todos deseaban pero a la que ninguno osaba acercarse, se había enamorado y por primera vez en su vida, creía ser feliz y lo estaba haciendo bien, sin miedos, sin presiones… Hasta… Hasta hacía una semana. Gabriel le había presentado a una compañera de clase y al darle dos besos todo su cuerpo se tensó, como una advertencia de lo que vendría. Y así había sido, desde ese instante las malditas visiones se repetían una y otra vez, acechando en cualquier parte. Sin permitirle hacer nada con normalidad. No dormía, no comía, no salía… todo su ser se concentraba en “no intervenir”. Pero había llegado a su límite, no lo soportaba más. No podía vivir así y menos aún, podía perder lo que había conseguido con tanto esfuerzo, lo que ya tanto quería.

Se levantó de la cama resuelta, se duchó, se vistió y salió de casa. Anduvo un buen rato por las calles ya poco transitadas por la hora. Los comercios comenzaban a cerrar, pero su paso era firme, seguro, sabía justo donde tenía que dirigirse. En su cabeza sonaba una y otra vez el Adagio de Albinoni, su pieza preferida y que siempre conseguía calmarla.

Se detuvo frente a una zapatería con el cierre ya bajado y escuchó. Su fino oído le descubrió el ajetreo de una empleada que se afanaba en recoger con prisa para marcharse cuanto antes, aunque lo cierto es que no necesitaba imaginar nada, sabía perfectamente lo que ocurría dentro, lo había visto cientos de veces en la última semana.

Colocó con suavidad la mano sobre la pared junto al cierre y en su mente se dibujó a la perfección el cableado de todo el edificio. No tuvo que esforzarse demasiado para enviar una corriente desde sus dedos hasta una bombilla que se balanceaba con parsimoniosa indolencia sobre la joven, que en ese instante hacía malabarismos sobre una pequeña escalera e intentaba colocar en orden unas cajas, sin demasiado éxito. La explosión la sobresaltó e hizo que cayera hacia atrás golpeándose la cabeza con una de las baldas de hierro de las estanterías, perdiendo el conocimiento. A continuación unas muy intencionadas chispas cayeron sobre un montón de cartones que prendieron sin dificultad.

Fuera de la tienda solo ella se había “percatado” de lo ocurrido. No pudo evitar sonreír cuando el Adagio llegaba a su momento álgido y recordó las palabras de su abuela: “En otro tiempo nos hubieran quemado, por brujas”. Dejó que una leve carcajada escapara grácilmente de su boca mientras encendía un cigarrillo: “No era ella la que ardía ahora, sino la amiga de Gabriel”. Dio una profunda calada y dejó que el humo huyera de sus labios rojos y ascendiera, mientras ella se alejaba, uniéndose en una macabra danza con las incipientes bocanadas negras que se escapaban por debajo de la persiana de metal, fundiéndose a la altura de las azoteas, como dos amantes.

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Jul 102015
 
 10 julio, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , , , ,  2 comentarios »

«Estoy paseando. El suelo está cubierto por adoquines de cinco puntas. Me siento tan bien que sonrío sin motivo. Veo a una chica pidiendo en una esquina. Está muy sucia. Llora. Me acerco y le dejo una moneda en la mano. Qué ojos tan azules. Me recuerdan a los míos.

»Siento que me arden las entrañas y se me va la sonrisa. Algo me muerde el estómago, retorciéndose en mi interior como una anguila. La luz de una estrella me ciega, por lo que no puedo ver qué está ocurriendo. Repica una campana. Me llevo las manos a la barriga y encuentro un asidero al que agarrarme justo cuando las piernas van a dejar de sostenerme.

»Un cristal tintinea, claro su sonido entre la algarabía de voces que preña el aire.

»De repente se aclara mi visión y puedo verme las manos. Las tengo rojas, empapadas, agarradas con desesperación a unas muñecas gruesas y fuertes. Un cálido manantial se derrama sobre el empedrado gris, encharcándolo lentamente.

»Ahora lo entiendo: me estoy muriendo. Es un puñal lo que tengo dentro.

»Sigo con la vista el contorno de los brazos de varón que están sujetos a mis entrañas y, cuando pienso que voy a ver la cara de mi asesino, me desplomo.

»Hay una polvera rota justo delante de mis ojos y, en uno de los fragmentos que quedan del espejo, me veo la cara. Mi propia cara, rodeada de pies que caminan en todas direcciones. El corazón me da un vuelco al ver que no tengo ojos. En su lugar tengo dos conchas de nácar cuyo interior refulge con remolinos de colores.

»Es increíble. Llevo un vestido azul muy bonito. Es increíble que esté limpio. Es increíble…»

Relatos de Fantasía - Puerto en llamas

Anadí emergió bruscamente de la pesadilla y se llevó una mano al corazón, respirando agitadamente, cubierta por un sudor frío como siempre que tenía uno de aquellos sueños en los que siempre moría. Eran tan reales, tan vívidos, que no parecían sueños, pero este había sido todavía más terrorífico porque se había visto la cara y era su propia cara. Las pocas veces que se había visto a sí misma en una de aquellas pesadillas había visto el rostro de otra persona, no el suyo propio, como si estuviera dentro de otro cuerpo.

Sabía lo que aquello significaba: iba a morir en los próximos días. Estaba tan aterrorizada que no osaba ni moverse. Así ocurría cuando soñaba con la muerte de alguien. Nada podía cambiarlo.

Anadí sufría esa maldición desde niña. Por su culpa moría la gente que estaba a su alrededor. Si ella soñaba, alguien moría. Como le dijo su madre cuando la echó de casa, tenía al demonio dentro, estaba maldita. Por eso no se merecía nada mejor que vivir en aquel callejón sucio y apestoso, sola, rodeada de desperdicios de pescado. Así esperaba no hacer daño a nadie.

Como cada día, se puso en pie y caminó hasta la esquina de la Décima Avenida. Allí se sentó y extendió la mano para pedir limosna a los transeúntes, que se apartaban de ella como si tuviera la lepra hasta que se fijaban en su cara. Como cada día, lloró quieta y en silencio, sincera y profundamente. Ella, que era sucia e indigna, sabía que no se lo merecía, pero todo aquel que la miraba se acercaba para dejarle una moneda en el regazo por alguna razón. De todas formas, muy pronto tendría lo que se merecía: una muerte horrible. Al menos iría ataviada con un vestido limpio y bonito por una vez en su corta vida.

* * *

Delfina, nerviosa, abandonó el mercado con el cesto a rebosar de pescado y verduras. A pesar de ser menuda caminaba más deprisa que el resto de la gente, volando sobre los adoquines con forma de estrella. Esta noche volvería a ver a su hijo predilecto. Al fin. Para celebrar su graduación pensaba prepararle un festín con sus platos favoritos. Cayó en la cuenta de que se había olvidado la albahaca y se dio la vuelta.

Entonces un soplo de viento le trajo una pestilencia tan horrible que hasta perdió el equilibrio. Al principio miró con asco a la chiquilla harapienta de la que procedía, pero después, al ver sus ojos, tan limpios, tan claros, se olvidó del olor y rebuscó una moneda en su delantal.

―Ay, mi niña, pero ¿se puede saber por qué lloras así con tanta pena? ―le preguntó al echarle el dinero, tapándose boca y nariz con el delantal.

La chiquilla no se movió. Siguió con la mano abierta, mirando al infinito. Las lágrimas abrían sendos surcos en la densa mugre que le cubría el rostro.

―¿Y no será, golondrina de mar, que tienes un hambre desa mala, de la que duele? ¡Mírate, pero si estás toa canijita! ―añadió Delfina, dejándole con cuidado una zanahoria en la mano.

―Ziempre eztá azí ―dijo un hombre ancho que pasaba por allí―. Nunca habla ni mira a nadie. A vecez vienen unos gamberroz que le roban el dinero y ni ze mueve.

―¡Por las olas de los mares! ¡Oi, oi, oi, qué malajes! ―exclamó Delfina mientras hacía que no con la cabeza―. Por larpargata de Marea, ¿y se puede saber qués lo que la pasa? Es sólo una niñita.

―Nadie lo zabe. ¿No vez que no habla? Apareció y ahí eztá.

―¡Ay, pero qué desgraciaíta! Me mata a mí de pena. Mírala ahí, toda llenita de roña ella hasta las cejas. ¿Pues sabes qués lo que voy hacer? ―Confirmó su decisión con la cabeza, gesto que acentuó su papada―. A lo peor marrepiento, pero me la llevo a la casa, ar menos una noche. Si no la roña es que me se la come enterita. Pero qué lástima. A mí es que me rompe er arma esta niña, es que no lo puedo soportar. ¡Si no me la llevo, como si lo viera, hoy no duermo!

―De la mar el mero, de la tierra el cordero ―agregó el hombre encogiéndose de hombros.

* * *

Barvío entró en casa y dejó caer al suelo el petate. Las viejas tablas crujieron en señal de protesta. El olor a comida le hizo la boca agua.

―¡Yastoy en casa! ―gritó alegremente con el pecho henchido de orgullo.

Después de un año, volvía a casa graduado como soldado de las Gaviotas Argénteas y esperaba un recibimiento por todo lo alto. Por delante le esperaba un futuro glorioso, y a su familia también. Sin embargo, al ver que nadie aparecía, su boca se torció en una mueca de indignación.

―¡Que yastoy en casa digo, mujeres! ―gritó de nuevo, malhumorado.

―¡Ay, diosa mía, que yastá aquí mi niño querío! ―chilló una voz impregnada de emoción.

Al punto apareció corriendo una mujer rechoncha con lágrimas en los ojos que se lanzó sobre el joven para cubrirlo de besos mientras lo manoseaba sin tregua. Él sonrió, satisfecho.

―¡Ay, mi niño preferío! ¡Ay, ay, ay! ¡Yastá aquí er hombre de mi casa! ¡Yastá aquí la sal de mi corasón! ¡Alina, sar ara mismo a recibir a tu hermano mayor! ―gritó alzando la cabeza hacia atrás, con una acritud que restalló como un látigo en contraste con el amoroso tono que prodigaba a su hijo―. ¡Pero mira, mira, oi, oi, qué gallardo! ―Le pasó la mano por la pechera del uniforme―. ¡Un sordao en la familia! ¿No es er hombre que querría toa mujer casadera? ―preguntó dándose la vuelta.

Barvío vio, plantada en la entrada de una de las habitaciones, a la joven a quien iba dirigida la pregunta. Se quedó sin habla. Era más hermosa que una espada y tenía los ojos más azules que la mar. Su vestido verde le marcaba los incipientes senos de forma tan sugerente que Barvío se quedó obnubilado.

―¿Quién es? ―preguntó apartando a un lado a su madre para acercarse a la muchacha.

―Ay, hijo mío, no sé cómo se llama, lancontré cerca del mercao. Yo la llamo mi Golondrina de Mar. ¡Alina, ¿no te dicho que sargas duna vé?! Es que no habla, está mudita o argo la pobre.

―Es… mu guapa.

―Ara sí, pero tenías caberla visto antes… ¡Sa quedao er agua der barrí más negra quel jopo un burro! ¡No sabes lo que tenío que restregarla con sar pa quitarle er olor a pescao! Ara se la ve ques una mujercita casadera.

―¿De dónda salío? ―continuó indagando Barvío mientras daba una vuelta alrededor de la muchacha, olisqueándole el pelo. Ella, con la mirada perdida, no parecía darse cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor.

―Estaba en la calle, pidiendo, y tanta pena me dio que me la traje a la casa. Mañana la llevo ar templete, a ver si la mare Estela puede ocuparse della. ¡Pero vamos! ¡Tós a la mesa que la comía está lista! ¡Alina, ¿vienes ya o voy a tener que ir y traerte de los pelos?!

* * *

Alina, que temía con ansiedad este día desde hacía tiempo, se armó de paciencia y salió de la habitación, resignada a tener que aguantar la retahíla de su madre. Se pasaría días halagando a Barvío y echando pestes de ella. Suspiró, metió en un bolsillo el mazo de cartas del tarot con el que se ganaba la vida, se puso las pulseras de conchas y fue al comedor.

No esperaba encontrarse invitados.

―¿Quién es? ―señaló anonadada. Luego saludó sin mucho ánimo―: Ah, hola Barvío.

Su hermano, mientras se metía en la boca un enorme pedazo de pan, emitió un gruñido como respuesta.

―¿Es ques esa manera de saludar a tu hermano después dun año sin verle? ¡Ara es un sordao! ―restalló su madre.

―No, Derfina ―contestó Alina mecánicamente.

―¡Ay, esta niña me mata a disgustos! ¡Tu hermano sa graduao en las Gaviotas! ¡Le debes un respeto, niña!

―Perdón, hermano mayor. ―Alina se puso en pie e hizo un torpe simulacro de reverencia, haciendo que las conchas que adornaban su pañuelo tintinearan al chocar entre sí. Su hermano daba cuenta de la comida a manos llenas sin quitarle ojo a la misteriosa invitada―. Es tó un acontecimiento tenerte en casa otra vé.

―¡Y no me llames Derfina que soy tu mare! ¡Te lo tengo dicho!

―Sí, madre.

Alina estaba hipnotizada por aquella muchacha. Había algo muy raro en ella, a parte del hecho evidente de que estaba quieta como una estatua; ni sus ojos se movían. No, era otra cosa. Alina, con los años, había aprendido a fiarse de su viva intuición. Se daba cuenta de cosas de las que nadie más se daba cuenta, y estaba segura de que esa muchacha tenía algo.

―Ay, pero cómeme un poquito, anda, mi Golondrina de Mar ―susurró Delfina acariciando el pelo de la muchacha―. ¿No tienes gusa? No puede sé, si estás sequita perdía.

La joven continuó estática pero, cuando Delfina le abrió la boca y le metió un pedazo de pescado con los dedos, masticó.

―¿Por qué llora? ¿No le gusta el pescao? ―preguntó Alina.

―¿Pero qué dices, hija? ―Delfina siguió la mirada de su hija y dio un respingo al ver las lágrimas de la muchacha. Rápidamente se las secó con el dorso de la mano―. Ay, no, no llores. ¿Qué le pasa a mi Golondrinita? Seguro que sa emocionao de lo buena questá la comía de la Derfina, ¿a que sí? Es ca saber cuánto hace que no come en condiciones la pobre.

―A lo mejor llora de no parpadear ―sugirió Barvío, quien por primera vez tenía la boca vacía desde que se había sentado a la mesa―. Es raro: no parpadea nunca.

―Voy a echarle las cartas ―sentenció Alina haciendo sitio.

―¿Ara? ―Delfina se inclinó hacia delante para mirar con interés cómo su hija barajaba. Alina se dio cuenta, con regocijo, de que su madre se había mordido la lengua para no soltarle un rapapolvo. Su madre sabía que tenía un don para leer las cartas y era evidente que, como ella, tenía ganas de saber algo más de la joven.

―Tiene que tocarlas ―afirmó, acercando la baraja a la muchacha y mirando a su madre, que se sentaba entre ambas. Meció la cabeza para apartarse el cabello de la cara y las conchas repicaron. Delfina cogió la mano inerte y la colocó encima del mazo.

Al hacerlo, sus manos se rozaron.

Las cartas cayeron sobre la mesa en tropel, cubriéndola con sinuosos dibujos de bestias extrañas y criaturas marinas. Una carta que tenía dibujada una golondrina de mar cayó de pie en la boca del pescado más grande que había en la fuente.

Se había quedado ensartada en uno de sus dientes.

* * *

«Adoquines de cinco puntas. El sol, tibio y perfumado de albahaca, me acaricia la piel. Es una sensación maravillosa. Me doy la vuelta, riendo, llena de felicidad. Me miro en el espejo y la luz que desprenden mis ojos de nácar me ciega. De pronto un abrazo inesperado que tintinea. No entiendo por qué arden mis entrañas y me quedo paralizada.

»Tañe una campana. Gente brillante camina alrededor. No tengo fuerza en los dedos. Les quiero hablar, pero la voz se me quiebra como cristal. El abrazo es demasiado fuerte.

»Ahora lo entiendo: estoy bailando. Hay una música, no sé por qué no la había escuchado antes. Conchas. Me recuerda a la mar. Me recuerda a la playa de las conchas. Danzo sin tocar el suelo, hasta el infinito, hasta la muerte. Conforme danzo y danzo, el remolino de agua en que se ha convertido mi vestido azul se extiende, inundándolo todo de fuego líquido.

»Es increíble. Jamás un hombre me había sacado a bailar. Es increíble que sea tan dulce. Es increíble…»

Anadí se cayó de la silla y emergió bruscamente de la pesadilla. Jamás había tenido una estando despierta. ¿Dónde estaba? Vio que, sentados alrededor de una mesa y con cara de espanto, había una mujer regordeta, un hombre corpulento y una muchacha. Las conchas que adornaban los brazos de la muchacha tintinearon cuando se puso de pie. Entonces, al escuchar ese sonido, recordó.

―Las visto ―sentenció Anadí, mirándola―. ¡Tú también estabas allí!

―Debes impedirlo a toa costa ―sentenció la chica de las conchas.

―¡Nadie puede cambiarlo! ―gritó Anadí entre lágrimas.

―Tú puedes. No hay duda.

―¡Estoy mardita! ―chilló al borde del colapso.

―¿Mardita? A ti ta elegío la diosa del mar. Los ojos de nácar son su señal, ¿es que no lo ves? Tienes quimpedirlo o argo malo nos pasará a tós.

―Ay, Marea, apiádate de nosotros, tus pobres fieles, y líbranos de las corrientes tenebrosas y los malos oleajes ―rezó la mujer rechoncha. Aterrada, besó la caracola que llevaba colgada al cuello.

―¡¿Qué?! ¡Tú no lontiendes, lo que veo no se puede cambiar! ―repitió.

―Sí se puede. Si no lo haces, estamos tós condenaos. Eso, por mi mare aquí presente, te lo prometo y te lo puedo yo asegurar.

Anadí se llevó las manos a la cara y lloró a lágrima viva, muerta de miedo.

* * *

Delfina se movió otra vez, rezando en silencio. Llevaba un buen rato dando vueltas en el jergón y no había manera de dormirse. Una sensación de terror se le había pegado a la piel como los tentáculos de un pulpo y no era capaz de desprenderse de ella desde que su hija le había contado lo sucedido. ¡Una profeta! ¡En su humilde casa! ¡La niña que había recogido de la calle era una profeta!

Delfina adoraba a la diosa del mar, pero estaba aterrada hasta el tuétano. Al alba pensaba a llevar a la muchacha a la iglesia del mar. Allí sabrían qué hacer.

Volvió a besar la caracola y salió de la cama. Iba a salir de la habitación cuando vio, a través de la puerta entreabierta, cómo su hijo cruzaba el pasillo en la oscuridad con una palmatoria en la mano.

* * *

Barvío, titubeando, dio un paso adelante y después se dio la vuelta. Se debatía entre su cabeza y su corazón. La primera le decía que volviera a su cuarto y el segundo que siguiera avanzando en la oscuridad. El cosquilleo que sentía más abajo de la cintura acabó por inclinar la balanza y llegó hasta la puerta. La abrió en silencio y se quedó paralizado ante la belleza de la muchacha. Le pareció que dormida era incluso más guapa que despierta. Una pátina, brillante a la luz de la vela, le cubría la piel.

Barvío se acercó al jergón, se arrodilló y acercó una mano temblorosa.

Un fuego incontenible le abrasó por dentro.

* * *

Alina, en el cuartucho destartalado que era su habitación, tiró las cartas una última vez antes de acostarse y suspiró, llena de preocupación. El mismo resultado. Desde que había tocado a Anadí siempre salían las mismas cinco cartas en el mismo orden: la golondrina de mar, la gaviota de plata, los dioses gemelos del mar, el puñal del corsario y la ola gigante. Ella sabía que no auguraban nada bueno.

Tenía que convencer a la muchacha de que sólo ella podía cambiar el destino aciago que se les echaba encima.

Tenía que ayudarla como fuera.

* * *

«Salgo de casa y echo a andar por la avenida. Hace un día maravilloso.

»Me miro el vestido: azul, precioso. Estoy tan bonita con él que sonrío de felicidad. El aire huele a albahaca. Cojo la polvera para mirarme y, a través del pequeño óvalo en el que se reflejan mis ojos de nácar, veo a una chica que corre hacia mí, a mis espaldas.

»Tardo en darme cuenta de que soy yo misma. Parezco asustada.

»Es increíble, voy en camisón por la calle.

»Me doy la vuelta para comprobar con mis propios ojos que lo que veo en el espejo es real y, justo en ese momento, me arqueo hacia delante porque algo se me clava dentro. Algo húmedo y caliente que me desgarra como una sierra.

»Caigo de rodillas, sin fuerzas. Mi vestido se ondula, derramándose sobre el suelo a una velocidad espantosa. En un instante estoy bajo el agua, ahogándome bajo fuego líquido. No puedo respirar.

»Suena una campana. Me arde la piel. No puedo respirar.

»No puedo respirar.»

Anadí salió de su profundo trance plagado de horrores y un dolor punzante la atravesó desde el centro de su ser. Intentó dar una bocanada de aire pero no pudo. Se estaba asfixiando bajo una gigantesca presión pegajosa. Algo se movía encima y dentro de ella, en la oscuridad.

Un grito despedazó la quietud de la noche, rompiéndola en pequeños fragmentos. Era suyo. De repente la presión sobre su cuerpo desapareció y pudo respirar otra vez. Tras boquear dos veces, se tiró al suelo y gateó desesperada, buscando una salida.

El fresco aire de la noche, al entrar en contacto con el sudor que la cubría, la despejó. No sabía cómo había llegado a la calle. Confusa, descalza y en camisón, arrancó a correr y la oscuridad de los callejones de Circania se la tragó.

* * *

Delfina, que estaba sumida en un sueño ligero e intranquilo, despertó de golpe. Aterrorizada y con pulso tembloroso, encendió una vela y se asomó al comedor. La llama derramaba sombras por todas partes y ella, agarrada a la caracola que pendía de su cuello, veía espectros agazapados en cada una de ellas, dispuestos a arrancarle el alma.

―Por los santísimos gemelos del mar, ¿se puede saber ca sío eso? ―preguntó a sus hijos, que también habían salido de sus habitaciones―. Parecía el grito dun ahogao.

―¡Derfina, nostá! ―gritó Alina, nerviosa, tras mirar en la habitación donde dormía Anadí.

―¿La Golondrina?

―¡Sí!

―¡Santa mare de los mares! ―Delfina estaba pálida―. ¡Ha desaparecío en plena noche! ¡No era una profeta; era un fantasma!

* * *

Barvío, muy tranquilo, señaló la puerta abierta de la casa.

―Parece que sa ío.

Alina lo miró fijamente, los ojos convertidos en finas rendijas.

―¡Tú las hecho argo! ―sentenció abalanzándose sobre él.

―Pero qué dices, loca ―dijo con cara de desprecio. Con uno solo de sus fuertes brazos le bastó para protegerse de los golpes de su hermana y mantenerla a una distancia prudencial―. Si yostaba en la cama.

―¡Niña, ¿pero se puede saber qué haces?! ¡¿Es que quieres quemarnos vivos a tós?! ―Delfina apagó rápidamente la vela que ardía en el suelo de madera y, acercándose a su hija, la cogió por el brazo―. ¿Es cas perdío la cabeza?

―¡Ha sío él, Derfina! ¡Sé ca sío él! ―chilló Alina.

―¡Cállate ya, niña! ¡No diga eso! ¿No vé que la niña esa de la calle estaba loca? ―escupió―. ¡Cómo puedes pensar que tu hermano sería capaz dacerle argo! ¡Es tu hermano y es un sordao donor!

Alina se quedó paralizada y murmuró para sí misma:

―Un sordao de las Gaviotas Argénteas… La carta… ―Entonces lo entendió―: ¡La gaviota de plata! ¡Sestá cumpliendo ya! Primero la golondrina, luego la gaviota, y ara vienen los gemelos del mar… ¡Tengo quencontrarla!

Alina salió disparada hacia su cuarto.

Delfina miró a su hijo con las cejas alzadas y negó con la cabeza. Con cada zarandeo su papada se bamboleó.

―Ha perdío la cabesa ―dijo acariciándole la ancha mandíbula a Barvío. Luego lo cogió de la mano―. Ven, mi niño. Apuesto a que tanto tonto alboroto ta dao hambre, ¿a que sí?

Barvío sonrió y dijo que sí con la cabeza.

―Como decía mi mare, tu abuela, que la mar la tenga en su gloria: muerto el perro sacabó la rabia. ―Cogió un pescado asado y lo estampó contra el plato con rabia―. Ara que la loca esa sa marchao, vamos astar tranquilos otra vé. En buena hora se mocurrió traérmela a la casa.

Barvío se quedó mirando a la puerta abierta, pensando en el dicho que acababa de decir su madre.

* * *

Alina, tras vestirse apresuradamente, salió a la calle con un quinqué. ¿Dónde estaría Anadí? Recordó que su madre había mencionado que la había encontrado cerca del mercado, así que fue en esa dirección. Mientras corría, tiritando a causa de la brisa marina, se devanó los sesos pensando en las cartas.

Los gemelos del mar… ¿Qué podían significar?

Marea, la diosa del mar, femenina mujer de cintura para arriba y pez de cintura para abajo, con los pechos cubiertos por brillantes conchas de nácar, era la protectora más querida por los pescadores, que en todos sus barcos tenían un pequeño altar donde pedirle aguas tranquilas y próspera pesca. Rezándole siempre que podían, intentaban apaciguar sus repentinos ataques de ira, pues eran conscientes de que era mujer voluble y caprichosa. Cuando estaba contenta era dulce y amable, trayéndoles con sus corrientes abundantes peces y vientos favorables. Cuando estaba enfadada, rencorosa y seductora como era, podía ser mortalmente traicionera, ya fuera en forma de repentinas tormentas o de corrientes insalvables.

Su hermano gemelo, Piélagos, fornido hombre de cintura para arriba y pulpo de cintura para abajo, era dueño de la vastedad del océano y señor de los abismos marinos. Numerosas estatuas hacían honor a su majestuosidad por toda Circania. La mayoría no se acordaba de él habitualmente, pero era temido por su crueldad, capaz de crear furiosos oleajes y de arrasar la tierra con olas gigantes, o de enviar a enormes criaturas marinas capaces de hundir fácilmente incluso a los barcos más grandes.

A Alina no se le ocurrió cómo relacionar con su entorno a los dioses gemelos.

El puñal del corsario estaba claro que era el asesinato.

Y la ola gigante… La ola gigante era lo que le ponía los pelos de punta. Estaba segura de que significaba una catástrofe que azotaría Circania si no conseguía impedir la muerte de Anadí.

Mientras corría sin cesar pensando en todo esto, se percató de que estaba a punto de romper el alba.

* * *

«Digo adiós con la mano y bajo la escalinata blanca. No hay ni una nube en el cielo.

»Camino sobre adoquines con forma de estrella. Una muchacha me mira y le sonrío. Lleva un precioso pañuelo rojo lleno de conchas.

»Suspiro de puro placer cuando me envuelve un aroma de albahaca. Saco la polvera. Veo a la chica de las conchas que corre detrás de mí. Tiene una mano extendida. Dice algo.

»Voy a darme la vuelta cuando, de repente, salgo volando. Alguien grita mi nombre. Todo negro. Me duele la cabeza. Hay una chica en camisón que lucha con un hombre armada con un palo, lanzando una sucesión de golpes desesperados que no consiguen hacer blanco. No puedo ver la cara del hombre porque está de espaldas, pero algo brilla en su mano.

»Todo negro. Me duele la cabeza. No puedo levantarme. Tengo algo sobre mí. Es increíble: tengo encima a una chica que tiene mi propia cara. Sonríe.

»Algo me muerde en el cuello. Se me cierran los ojos mientras noto la humedad que me cubre rápidamente.

»Redobla una campana. Fuego líquido. Me arden los pulmones y se me abrasa la piel.»

Anadí se incorporó súbitamente. Se había quedado traspuesta. Estaba en un callejón en el que se debía haber parado a descansar la noche anterior. Le dolía la entrepierna y, al llevarse allí la mano, vio que la tenía manchada de sangre.

El alba rompía, iluminando los canales de Circania. Un navío surcaba el agua. Su espolón era una mujer con cuerpo de pez: la diosa del mar. Aspiró profundamente el salitre marino y se puso en pie, ignorando el dolor.

Pensó en Alina y buscó alrededor. Encontró un palo de escoba.

Ya no tenía miedo. Sabía lo que tenía que hacer.

* * *

Delfina se dispuso a salir a hacer unas compras. Fue al cuarto de su hijo para decirle que tenía el desayuno en la mesa y se extrañó al ver que no estaba ahí.

―Mi niño querío ―susurró llena de orgullo, llevándose una mano al pecho―, qué madrugador sa vuerto.

* * *

Barvío siguió a la muchacha entre la gente, desde una distancia prudencial. Le pareció que estaba guapísima con ese vestido azul. Había tardado mucho menos de lo que esperaba en dar con ella. Necesitaba contarle que no había querido hacerle daño, que sólo había ido a su habitación para mirarla un rato, pero que antes de darse cuenta de lo que hacía estaba dándole su amor.

Resuelto, aceleró el paso. ¿Y si le pedía que se casara con él?

Vio que la muchacha iba en dirección a un puesto de guardia. La frente se le perló de sudor.

Sabía que tenía que impedir que le contara a nadie lo sucedido. Sabía que lo que había hecho estaba mal, y que si llegaba a saberse lo arrestarían. Eso sería el final de la carrera de soldado que con tanto esfuerzo había iniciado. Y el final de su familia.

Apresuró aún más su caminar, se ajustó la capucha para taparse la cara y, lentamente, sacó un puñal.

* * *

Alina, situada bajo las ramas de dos grandes árboles, vio a la muchacha vestida de azul pasar frente a ella por la calle. Anonadada, estuvo a punto de abordarla, pero algo la detuvo en el último momento. Quizá fue su sonrisa. Al verla, la muchacha le había sonreído y había seguido su camino como si no la reconociera. Se parecía increíblemente a Anadí, pero estaba segura de que no era ella.

―Los dioses gemelos… ―murmuró.

Y, convencida, se puso a seguirla entre la gente.

* * *

Anadí, conocedora como nadie de los atajos más rápidos y solitarios que cruzaban la ciudad tras años viviendo en ellos, no tardó en llegar al sitio donde solía pedir. Sabía que el camisón manchado de sangre habría llamado demasiado la atención y que seguramente alguien la habría detenido con buenas intenciones, pero ella tenía una cita con el destino a la que no podía faltar, y sabía que esa cita era hoy.

Siguió con la vista los adoquines con forma de estrella y corrió hacia el mercado. Sólo se detuvo cuando la envolvió el aroma de albahaca de un puesto que había no muy lejos de allí.

Desde las sombras de su lóbrego y apestoso callejón escudriñó el gentío, ignorando los desperdicios de pescado que se le colaban entre los dedos de los pies.

Allí estaba.

La muchacha del vestido azul.

El corazón le dio un vuelco al ver que eran tan parecidas como dos gotas de agua. Por un momento pensó que estaba soñando, pero un recuerdo lejano se abrió paso en su mente. Una sensación familiar que la inundó por dentro. No sabía cómo era posible, pero sabía que la muchacha del vestido azul era su hermana.

Su hermana gemela.

Como surgido de la nada, se le ocurrió un nombre: Analó.

Y supo que ese nombre lo cambiaría todo.

* * *

Delfina, que entraba en el mercado para hacer su compra diaria, vio a su hijo entre el gentío. Iba tapado con una capucha, pero habría reconocido esos andares gallardos en cualquier parte del mundo.

―¡Hijo mío! ―gritó. Pero no pareció oírla porque no se detuvo, así que, tratando de colarse entre la gente, corrió para alcanzarlo.

* * *

Barvío pensó que, entre tanta gente, nadie se daría cuenta si apuñalaba furtivamente a la muchacha por la espalda.

A tan sólo unos pasos de distancia, apretó los dedos alrededor del puñal. Gracias a su instrucción como soldado sabía dónde lo tenía que clavar. Parecía tan fácil que le entraron unas ganas locas de reír.

La muchacha se dio la vuelta de repente y a Barvío se le paró el corazón al pensar que había visto el cuchillo. Sin embargo, la chica había sacado una polvera y estaba distraída abriéndola. Barvío suspiró aliviado al darse cuenta de que se había dado la vuelta para ponerse de espaldas al sol.

Decidió que lo mejor sería abrazarla al clavarle el puñal para que nadie viera lo que hacía y se dispuso a lanzar el golpe mortal en el mismo instante en que ella iba a mirarse en el espejo.

―¡Cuidado Analó! ―gritó una voz por encima del ruido ambiental.

La muchacha no llegó a mirarse en la polvera. En vez de eso, vio el puñal que tenía a un palmo de distancia y que iba directo a su estómago.

Barvío, al ver que la muchacha le miraba a los ojos, se paralizó un instante.

Un instante vital.

La polvera cayó al suelo.

* * *

Alina, que al ver al hombre del puñal corría en pos de la muchacha del vestido azul gritando para alertarla, vio que Anadí aparecía al lado de él, surgida como de la nada y armada con un largo palo. Asestando un furioso y rápido golpe en la muñeca del hombre, hizo que el puñal desviara su trayectoria lo suficiente como para que no llegara a hacer blanco en la muchacha vestida de azul.

Alina llegó hasta ella y la puso a sus espaldas, apartándola de la lucha que se libraba delante de ambas. Se quedó paralizada al ver la cara del hombre: era su hermano.

Alina no salía de su asombro al ver cómo luchaba Anadí. La frágil muchacha, convertida en una experta en combate cuerpo a cuerpo, preveía cada uno de los mortales golpes de Barvío y los detenía eficazmente con el improvisado bastón.

Acompañando su último golpe con un grito desesperado y furioso, Anadí tumbó a Barvío, que cayó al suelo, inerte. El palo se había quebrado al hacer blanco en su sien derecha.

* * *

Anadí, respirando agitadamente, se quedó quieta al ver caer al asesino. No se lo podía creer: por primera vez había cambiado el curso del destino. Gracias a sus sueños había podido prever todos y cada uno de los golpes y tumbar al corpulento hombre que la había forzado hacía unas horas. Alina tenía razón, sí que podía cambiar las cosas.

La gente se había apartado al ver la lucha, haciendo un cerco alrededor. Buscó los ojos de Alina y sonrió con expresión de incredulidad.

En el total silencio tañó la campana de la iglesia y un escalofrío la recorrió.

―¡Anadí! ¡Cuidado! ―gritó Alina.

Delfina estaba delante de ella armada con el puñal de su hijo.

―¡Mi niño! ¡Asesina! ―gritó la mujer fuera de sí. Se había colocado delante del cuerpo de Barvío, dispuesta a protegerlo.

Anadí arrojó al suelo el trozo de palo que le quedaba y se apartó de la mujer con las manos en alto, pero Delfina no parecía dispuesta a dejar las cosas así.

―¡Mardita loca! ¡Has matao a mi niño! ―chilló, y se lanzó hacia delante para darle una puñalada.

Pasado el momento de triunfo, Anadí volvía a sentirse la misma chica frágil y desamparada que vivía en los sucios callejones de los alrededores del mercado, incapaz de hacer nada por sí misma. Había logrado salvar a su hermana gemela, pero era incapaz de defenderse, así que apretó los ojos y esperó.

Sin embargo, la cuchillada no llegó.

Al mirar vio que alguien se había puesto delante de ella para protegerla, y que había recibido la puñalada en su lugar: Alina.

―No ―gimoteó.

Delfina, con los ojos muy abiertos, soltó el puñal y cayó llorando sobre su hija.

En ese momento llegó la guardia de la ciudad.

* * *

Analó miró a su hermana y sonrió. ¡No se podía creer que la hubiera encontrado! Robada cuando sólo era un bebé, hacía tantos años, nadie de la familia pensó jamás que volvería a verla. Y ahora estaba ahí, con ella. La cogió de la mano.

Su padre, el gobernador de Puertofino, el puerto más importante de toda Circania, estaba dando un discurso desde la tarima situada entre las marmóreas estatuas de los dioses gemelos. Una enorme cantidad de gente se agolpaba en los muelles, ansiosos por empezar la celebración. No cabía ni un alma. A la luz de la luna y de los pebeteros que ardían por doquier, el lugar resplandecía, imponente. Barcos de todo el reino habían venido a Circania a pasar la noche, y sus velámenes y banderas ondeaban al viento tras el gentío, anclados en el puerto, con sus cubiertas abarrotadas de marineros.

Analó se sintió extrañada cuando el tañido de la campana de la iglesia, que normalmente le encantaba, le puso los pelos de punta. Desde donde estaba, la estatua de Marea parecía mirarla con sus ojos de piedra directamente a ella.

Percibió un leve olor en el aire que provenía del canal a sus espaldas, casi imperceptible entre los fuertes olores que saturaban el ambiente. Se desasió de la mano de su hermana para mirar por la balaustrada. Algo la extrañó en el reflejo de la luna sobre el agua. Había algo que lo empañaba.

Impulsada por una corazonada, se subió a la balaustrada y siguió el curso del agua hasta el muelle, arreglándoselas para pasar a través de los niños y los pebeteros. Había tanta gente que no había otra forma de pasar. Allí vio claramente la pátina oleosa que cubría el agua y que parecía filtrarse, en grandes cantidades, entre los tablones de una enorme embarcación, a la altura donde debía estar la bodega.

Aceite. Una enorme cantidad de aceite espeso envolvía todos los barcos del puerto y se extendía por todos los canales que se adentraban en la ciudad. No estaba segura, pero algo le decía que era altamente inflamable.

Entonces lo vio: un niño que había en la balaustrada, a cierta distancia de ella, que estaba jugando con uno de los pebeteros ceremoniales y estaba a punto de hacerlo caer al canal. Si caía incendiaría el aceite, y con él arderían todos los barcos. El puerto entero se convertiría en un infierno en llamas. Cundiría el pánico y, con la cantidad de gente que había, a Analó, que era inteligente, no le costó mucho imaginar lo que sucedería después.

Como poseída por una fuerza inusitada y una destreza gatuna, corrió a grandes zancadas por la balaustrada, saltando sobre los niños que había sentados y rodeando, no sabía cómo, los pebeteros sin quemarse.

Justo cuando el pebetero que el niño había empujado caía al vacío, ella llegó hasta él. Lo detuvo con un sencillo movimiento de la mano y suspiró de alivio.

Percibió un repentino silencio. La gente, incluido su padre, que la había visto volar sobre la balaustrada como una loca, la miraba.

―¡Apagad todos los fuegos! ―ordenó Analó llena de seguridad―. ¡El agua del puerto está llena de aceite!

Anadí entendió en ese instante que, si Analó no hubiera estado allí esa noche, se habría producido una gran tragedia en Circania. Miró a la estatua de Marea y, por primera vez en muchos años, sonrió.

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Jul 032015
 

3557, Año Del Aurum Tenébres, segundo mes del verano

Aún en verano, la nieve no era rara en las heladas tierras de Ashar, en especial en las alturas donde se alzaba el castillo Czernegor. La enorme fortaleza había sido construida entre los despeñaderos que abundaban en la base del monte Dagaravko la cual, según contaban los eruditos y los exploradores, era la mayor cumbre en todo Ashar. Si bien las torres, muros y edificios que conformaban el castillo se erguían más alto que ninguna estructura que hubiese visto en su vida, Arjen concluyó que hacían muy poco para proteger a sus habitantes de las crueles heladas que bajaban desde la montaña.

–Supongo que a los vampiros no les da frío –pensaba el joven mientras posaba su mirada ámbar sobre las luces que se apreciaban colina abajo, apenas a poco más de una legua de distancia. Una repentina ráfaga sacudió su blanquecina cabellera, obligándole a entrecerrar un poco los ojos. Su mano izquierda repiqueteaba sobre el balcón, dejando escapar una metálica cacofonía, producto de la pieza de armadura que le cubría el brazo desde los dedos hasta el hombro. Aunque su tono era semejante al bronce, aquella coraza le ganó rápidamente el mote de Mano Roja entre los sharenos. Al parecer, vivir entre vampiros hacía que la gente asociara todo con el color rojo.
Desde que inició su viaje, Arjen escuchó que Ashar era una tierra gobernada por poderosas castas de vampiros; una nobleza antigua y orgullosa cuyos líderes podían mantenerse en el poder por varias centurias. El joven no podía sino preguntarse qué clase de gente soportaba un régimen donde sus gobernantes literalmente les bebían la sangre.
Pero ahora, de una forma u otra, gracias a las negociaciones de su señor, Arjen estaba también al servicio de aquella decadente nobleza. El joven se preguntaba qué planes tenían los sharenos para requerir un hombre como él. Hasta donde sabía, ésta era una de las pocas ocasiones en su historia en la que Ashar contaría con un alastor entre sus filas. Parecía ser que los rumores eran ciertos; la guerra estaba a la vuelta de la esquina.
El rechinido de la puerta sacó al joven de sus pensamientos y le hizo volver la mirada.

–Mi señor –dijo la voz del chico que ingresaba a la habitación–. Aquí traigo lo que me pidió.
Garret era uno de los sharenos le acompañó en el viaje desde que partieron de Brajatha. De figura delgada, cabello lacio y negro y grandes ojos verdes, el mozo daba la impresión haber visto apenas dieciséis, tal vez diecisiete inviernos, pero Arjen sabía que bien podía tener treinta, sesenta o hasta más de cien. De labios de su señor había escuchado que los nobles vampíricos eran capaces de pasar parte de su fuerza y su longevidad a sus más fieles súbditos al compartir con ellos su sangre. Sabía que algunos empleaban este método para mantener por décadas la belleza de alguna doncella, o como medio para garantizar la fidelidad de sus hombres de confianza. Aquel chico de figura delicada y facciones finas, fácilmente podía ser uno de esos “afortunados” que gozaban de una inmortalidad prestada.
Arjen se encaminó hacia la cama para echar una mirada a las prendas que Garret había conseguido. Aunque no eran tan ostentosas como los trajes que lucían los altos aristócratas, parecían de hechura fina y sobretodo, adecuadas para los fríos del norte.

–¿Esto es lo que usa la gente de estas tierras? –preguntó Arjen en un shareno fluido, con un acento neutro.
–Así es Sir –respondió el mozo–. Las ropas de cuero y pieles son lo mejor hay para mantenerse caliente. Aquí llegamos a ver nevadas aún en verano. Y el otoño ya no está lejos.
–Ya te he dicho que no me llames Sir–dijo Arjen sin retirar la vista de las ropas–. Sólo soy un soldado. No un caballero.
–Lo siento Si… señor –Garret bajó la mirada un momento pero tras un instante la devolvió al rostro del alastor–. Pero he escuchado a muchos hablar de usted. Todos en el castillo saben que no es un simple soldado. Dicen que el rey Jaegar lo armará como caballero en cualquier momento.
–Habladurías sin sentido –a Arjen no le agradaba estar en boca de nadie. Bastante tenía ya con estar con un ojo encima de él todo el tiempo.
“Un guerrero de su calibre debe tener un escudero digno” había dicho Arkell Ravarath, uno de los señores sharenos cuando puso a Garret a su servicio un par de días antes de arribar a tierra. Arjen sabía muy bien que era un intento apenas disfrazado para mantenerlo vigilado, pero de poco le valió su argumento de no ser un caballero. De cualquier forma no habría podido negarse. No si es que de verdad iba a obtener lo que quería de su alianza con los sharenos. Afortunadamente Garret hacía muy bien su trabajo. Había mantenido sus ropas limpias, su espada afilada e incluso le había ayudado a conocer los nombres de los señores que les acompañaron. El mozo era muy bueno con los títulos y los escudos de armas e incluso se había dado tiempo para enseñarle algunas de las costumbres de Ashar. Lord Arkell no había exagerado al llamarle “un escudero digno”.

–Parece que tiene suficiente espacio –Arjen examinaba la chaqueta que el mozo le había llevado. Estaba hecha de cuero negro y recubierta al interior por pieles de una tonalidad igual de oscura.
–Así es, Sir –el muchacho parecía orgulloso de haber hecho la elección adecuada–. Las mangas son algo anchas. Cubrirán su brazo con todo y esa pieza de armadura.
Aquello era muy útil. La ajustada coraza que estaba obligado a llevar en el brazo izquierdo era algo brillosa y su tonalidad bronceada destacaba mucho entre las oscuras prendas que vestían los sharenos. Si podía cubrirla por completo le sería más sencillo pasar desapercibido.
– Los vampiros parecen vestir más ligero –señaló el alastor al notar el grosor de las prendas.
–Saheles –corrigió el chico.
–¿Cómo?
–Aquí les llamamos saheles –Garret había tomado de nuevo ese tono extrañamente afable que surgía cuando trataba de enseñarle cosas–. La palabra “vampiro” no es bien recibida aquí Sir. Algunos señores se la llegan a tomar como un insulto.
–¿Un insulto eh? –bufó Arjen con un tono hosco–. Pues tendrán que aguantárselo. Dudo mucho que logre recordar cada palabra y cada regla de cortesía que tus señores necesitan para sentirse importantes.
La cortesía no es exclusiva de Ashar, Sir –aunque por lo general mostraba un comportamiento cordial, Garret empezaba a volverse atrevido, como si se sintiera cada vez en mayor confianza con el alastor.
–Harías bien en recordarlo tú mismo; con esta ya son dos veces que te ordeno que no me llames Sir –el tono de Arjen se hizo más frío y cortante. Sabía que Garret pretendía ayudarle y había algunas ventajas en tener un sirviente que atendiera tus necesidades, pero prefería mantener la distancia. Confiarse mucho del chico podía resultar peligroso… aunque por otro lado era un completo fastidio entrar a esos juegos de intrigas y secretos que tanto parecían disfrutar los altos señores de Ashar. En eso no eran muy diferentes de cualquier otro noble que hubiera conocido.
–Lo siento mucho… mi señor –el mozo bajó la mirada, luciendo algo apenado. Tal vez le llamaba Sir para sentir que servía a un auténtico caballero y no a un guerrero desconocido sin tierras ni gloria; o tal vez los rumores fueran ciertos y sabía de antemano que el rey Jaegar lo armaría como caballero. Pero sea como fuere, a Arjen no le gustaba ostentar títulos imaginarios ni pretender ser algo que no era.
–Tampoco soy un señor –añadió con un tono menos duro–. Ni siquiera tengo un nombre que me respalde. Mucho menos tierras. Si has de llamarme de una forma, Arjen será suficiente.
–No puedo faltarle al respeto de esa forma señor –el mozo podía ser a veces muy terco en sus modales y normas de etiqueta–. Es impropio de un escudero.
–Impropio… –Arjen se sacó la camisa para probarse la prenda de lana que el mozo le había llevado. Su torso era delgado y recio, con una musculatura firmemente marcada y algunas cicatrices que delataban viejas batallas–. Pareciera que no conoces a los caballeros tan bien como crees. La mayoría son mucho más que sólo impropios, y son pocos los que merecen tantas cortesías.
–Los conozco mejor de lo que cree, señor –Garret parecía intrigado por las cicatrices que marcaban la figura del hombre al que servía–. Ya he servido a otros caballeros. Créame cuando le digo que sé bien cuando alguien se merece mi respeto.
Arjen volvió su rostro hacia el muchacho al escuchar estas palabras. El chico tenía los ojos fijos en él, pero tras un instante desvió su mirada, aparentemente avergonzado.
–Necesitaré un corcel –ordenó Arjen mientras se probaba la negra camisa que el mozo le había llevado. Era cálida y un tanto ajustada. Al parecer el chico hizo los arreglos para que la manga izquierda fuera corta, y de esa forma evitar que le estorbara en la coraza de su brazo–. Busca algo simple. Con que resista las heladas y no se rompa una pata en los caminos me basta.
–Ni en los Imperios Gemelos ni en las tierras más allá de ellos hay corceles como los nuestros –declaró Garret con un cierto orgullo–. Le encontraré algo, señor.

* * * * *

Si bien no llegaba a abarcar ni siquiera un cuarto de la extensión de la gigantesca ciudad de Brajatha, la capital sharena de Drajakard le competía fuertemente en la majestuosidad de sus baluartes y la belleza de sus monumentos. La luz de cientos de antorchas sacudía las sombras de innumerables estatuas y gárgolas que adornaban los edificios, mientras que el fantasmal brillo de la luna hacía resplandecer los empedrados caminos de sus calles. Aunque el blanco astro se encontraba en su punto más alto, la ciudad estaba llena de vida. En todas partes donde hubiera una taberna se escuchaba el tumulto de tarros y algunos cánticos; los gritos de mercaderes de frutas, telas y vinos llenaban los callejones de la zona comercial; carruajes humildes y lujosos transitaban continuamente entre las calles, ya fuese transportando mercancías o personas. Al parecer los pobladores de la capital de Ashar estaban habituados a efectuar sus principales actividades durante la noche; probablemente para ajustarse a los horarios nocturnos de sus señores. Drajakard tenía un encanto único y había mucho en ella por descubrir, pero Arjen no tenía tiempo para eso. Había una sola persona que estaba interesado en encontrar.
Había escuchado a los sharenos hablar de ella desde la travesía en barco; Nilde, una auténtica oráculo de Zahal, uno de los tres dioses del destino a los que se les rendía culto en Ashar. Al parecer aquellos hombres no se decidían del todo sobre si la admiraban, o le temían, pero lo que era claro era que no dudaban de su poder. Algunos se mostraban abatidos por sus profecías, mientras que otros se veían muy envalentonados, decididos a encarar el destino con la confianza que les daba el conocerlo. Arjen no sabía si las supuestas visiones de aquella mujer eran reales o patrañas sin sentido, pero ciertamente las historias en torno a ella habían picado su interés.
Aunque prefería tratar sus asuntos en privado, el joven alastor se molestó poco por ocultarse. La ciudad era demasiado grande para explorarla por su cuenta así que tuvo que recurrir a Garret para que le indicara donde podía encontrar a la mujer. El muchacho parecía fiel y sincero, pero si estaba bajo órdenes de vigilarlo, bien podía indicar a la guardia del castillo donde encontrarle. No tenía caso tratar de perder a algún posible perseguidor si sabían de antemano su destino. Pero a pesar de todo, tras más de una hora de transitar por aquellas calles, parecía que nadie estaba tras su rastro. Al parecer el oscuro atuendo y su ordinaria apariencia le ayudaban. Su estatura promedio y complexión delgada eran relativamente comunes en estas tierras por lo cual se confundía fácilmente entre la población. La capucha cubría buena parte de su rostro y en especial su blanquecina cabellera, el rasgo que le podría delatar aún en una ciudad llena de pieles claras y cabelleras rubias.
Relatos de Fantasía - Santuario
El templo del destino se encontraba en las orillas de la ciudad, al otro lado del río Kajav. El sitio parecía muy antiguo y maltratado por el paso del tiempo. Las paredes lucían pinturas viejas y descoloridas, mancilladas por grandes grietas mientras que algunas esquinas habían sido invadidas por el moho y la maleza. A pesar de ello, el amplio número de velas que brillaban en el altar mayor indicaban que el culto aún tenía mucha fuerza en Drajakard. Arjen se detuvo un momento para mirar la enorme efigie. Las tres deidades del tiempo y el destino estaban representadas por tres encapuchados, carentes de rostro y envueltos en holgadas túnicas que cubrían todo su cuerpo. Ubicados espalda contra espalda, cada uno de ellos apuntaba al frente, señalando hacia tres grandes arcos en tres direcciones distintas. Las estatuas eran al menos dos veces más grandes que un hombre y parecían idénticas en todo sentido excepto por el material en el que habían sido talladas. Vezda el blanco, estaba hecho del más níveo mármol que Arjen hubiese visto; Argira el gris, parecía tallado en granito y Zahal el negro había sido esculpido en una brillante obsidiana, con finas motas blancas que le conferían una apariencia semejante al cielo nocturno. Ese último era el que de verdad importaba. Los soldados en el barco habían mencionado que el oráculo servía a ese dios, así que probablemente podría encontrarla si seguía por el portal que la estatua señalaba.

–Sólo seis–pensó el joven al ver el número de velas a los pies de Zahal. Los otros contaban con al menos veinte o treinta cada uno. Al parecer el dios negro del destino era temido aún en tierras donde los hombres pasaban la mayor parte de sus vidas en la oscuridad de la noche.
–Los dioses sean con usted, señor –dijo una voz a espaldas de Arjen.
El alastor se volvió para descubrir a un hombre de rostro arrugado y miembros nudosos. Se veía algo flacucho y correoso, con gruesas bolsas debajo de sus ojos. Aunque vestía sólo con una humilde toga, parecía pulcramente aseado y llevaba el cabello cortado casi al ras. Sus descalzos pies y ligero andar parecían ocultar el sonido de sus pasos.
–¿Sirves en este sitio? –inquirió Arjen mientras examinaba al viejo.
–Todos servimos de una forma u otra al destino –el acólito cerró los ojos y marcó con los dedos una extraña seña mientras decía estas palabras.
–Sí, definitivamente es uno de esos locos adoctrinados –pensó el alastor con desdén. Sin embargo era él quien había ido hasta allí, persiguiendo los rumores sobre las profecías de uno de esos a los que llamaba locos ¿Que decía eso de él?–. Escuché que hay una mujer aquí –prosiguió–. Una mujer que puede decirle a un hombre su destino.
–Está aquí para ver a Nilde –el acólito hablaba con un tono en extremo calmo, como si hubiese sabido todo el tiempo a lo que había venido–. Puede pasar, ella le espera. Pero los dioses exigirán un tributo por sus visiones.
–Toma –Arjen tomó un pequeño saco de entre las bolsas de su chaqueta y se lo arrojó casualmente al viejo–. Son cinco lunas de plata. Imagino que a tus dioses no les importará recibir su tributo en monedas.
–Adelante milord –el acólito hizo una leve reverencia con la cabeza.
Arjen siguió el camino señalado por la estatua del dios negro, avanzando por un amplio pasillo ornamentado con gruesas columnas y detallados relieves. Un aroma dulzón empezó a llenar el ambiente, mientras que el aire parecía hacerse ligeramente brumoso con cada paso que daba. La enorme sala dedicada a Zahal estaba cubierta casi por completo en tinieblas, con sólo una vela alumbrando desde la mano extendida de una segunda efigie del dios. Un par de incensarios ardían hacia ambos lados de la estatua, llenando la habitación con humo y una pesada fragancia a mirra. En el centro descansaba un altar lleno de relieves y ornamentos que, al igual que el mismo Zahal, había sido tallado en obsidiana. Los pasos de Arjen hicieron eco en la silente sala, deteniéndose sólo cuando descubrió a la jovencita que se encontraba arrodillada a los pies de la estatua.

–Parece que no soy el único que viene a buscar su destino –pensó Arjen mientras miraba a la chica. Parecía muy delgada y menuda y su castaña cabellera apenas alcanzaba a cubrirle las orejas. Sus descalzas plantas y la desgastada túnica que vestía delataban su humilde condición.

Lentos y pausados pasos, provenientes del pasillo por el que acababa de entrar, pusieron en alerta al joven alastor. Poco a poco, atravesando las penumbras y la delgada capa de humo que saturaba la habitación, una silueta fue emergiendo hacia la luz; una figura alargada y esbelta, aún más alta que Arjen y evidentemente de mayor edad. La mujer tenía un aspecto solemne y sobrio, mostrando las claras marcas del tiempo sobre su alargado rostro. Sus grandes ojos claros, nariz recta y los elevados pómulos le conferían una cierta belleza que más de cinco décadas no habían podido borrar. Su cabeza carecía por completo de cabello y sobre su frente lucía un pequeño óvalo negro, probablemente hecho también de obsidiana. Vestía con una sencilla toga de color negro, sandalias atadas hasta las rodillas, y llevaba al cuello un grueso collar en cuyo centro colgaba una esfera negra rodeada por diminutos rayos tallados en marfil; el sol negro, el símbolo de Zahal.

–Que los dioses sean contigo, viajero –aunque habló en un tono apacible, la gruesa voz de la mujer resonó en toda la cámara–. Soy Nilde, oráculo de Zahal ¿En qué puedo ayudarte?
–Uno de tus hombres dijo que me esperabas –Arjen la miraba con cierto escepticismo–. Pensaba que un oráculo sabría por qué vine.
–¿Y lo sabes tú? –la mujer se acercó al joven, dedicándole una enigmática mirada antes de seguir sus pasos hacia el altar.
–Dicen que puedes ver el futuro de los hombres –inquirió el alastor.
–La gente dice muchas cosas –respondió Nilde mientras le miraba desde el altar, con la gran estatua a sus espaldas. En medio de la oscuridad y el humo, parecía como si estuviese amparada y protegida por el mismo Zahal–. Son los dioses quienes nos muestran las verdades ocultas en las nieblas del tiempo. Yo sólo soy su emisario.
–¿Puedes también ver su pasado? –Arjen retiró su capucha y se acercó al altar, quedando frente a frente con el oráculo.
–Casi a diario vienen aquí hombres y mujeres esperando que adivine sus nombres, o los de sus padres, los de sus amantes, los de sus hijos –la mujer entrecerró sus grises ojos mientras sus labios formaban una suave sonrisa–; quieren que les diga su futuro, pero a la vez desconfían y tratan de ponerme a prueba, quieren que les diga cosas que sólo ellos podrían saber, y muchas veces resultan ser cosas que ni ellos mismos son capaces de recordar.

–A nadie le gusta ser estafado –la voz de Arjen era calma y firme.
–No, a nadie le gusta –acordó la mujer–. Pero las visiones que los dioses me otorgan no funcionan como la gente piensa. Puedo leer el destino que está escrito en tu sangre, ver destellos, algunas imágenes, algunos sonidos, tratar de interpretarlos, pero las visiones no dan nombres. No me revelarán la ubicación de reinos que jamás he visitado, ni me dejarán saber a qué gladiador hay que apostar. Pero puedo hacer lo que me pides – la expresión del oráculo cambió, volviéndose más sobria y determinada–. Si quieres una prueba, puedo leer en tu pasado y hablarte de él, pero deberás tener cuidado extraño. Aquellos que ponen a prueba a los dioses están jugando con el destino.
–No es una prueba –respondió–. Yo tengo mis razones. Si puedes hacerlo, hazlo. Es lo único por lo que estoy aquí.
–La mayoría de los que vienen a este templo tratan de discernir qué es lo que les depara el destino. Pero tú no eres como la mayoría de los hombres ¿no es así?
Arjen no dio respuesta alguna sólo se quedó allí, mirando a la mujer, preguntándose si no había perdido la razón al buscar respuestas en un sitio como ese.
–Muy bien –dijo el oráculo finalmente–. Si es lo que deseas, adelante. Pero te advierto, los dioses requerirán un tributo.
–Pensé que había pagado su tributo allá afuera –el alastor había visto antes la forma en cómo los hombres de fe perseguían el oro. En eso al parecer, todos los cultos eran iguales.
–Tu caridad será usada para atender las necesidades terrenales del templo –la mujer sacó una daga del interior de su túnica y la puso sobre el altar–. Pero el tributo a los dioses se paga en sangre.
–Una vez más la sangre –reflexionó el alastor. Parecía como si las castas de vampiros que gobernaban ese reino hubiesen heredado su obsesión con la sangre a todos los sharenos.
–Shiri –la voz de Nilde tomó un tono más autoritario. Al instante la jovencita que estaba arrodillada ante el altar se puso en pie y se encaminó hacia una de las paredes de la sala. Sus descalzas plantas resonaban al pisar las losas que cubrían el suelo. Parecía aún más joven de lo que Arjen había pensado. Probablemente ni siquiera había visto aún su treceavo invierno. Tras unos instantes volvió con la mujer, llevando consigo una botella y algunos utensilios. Cuando depositó un diminuto brasero sobre el altar, Arjen notó que llevaba las manos y las muñecas cubiertas con vendajes.
–Las verdades del pasado y el futuro de cada hombre están escritas en su sangre –la mujer destapó una botella de vino y se la llevó a la nariz para captar su aroma. Por su parte Shiri se encargaba de avivar los carbones que ardían en el brasero para calentar un ennegrecido cuenco metálico–. Si has de encontrar lo que buscas, tienes que entregar a los dioses algo a cambio–. Nilde se acercó al cuenco y vertió un poco del vino. Un instante después tomó uno de los brazos de la jovencita y con cuidado retiró los vendajes, dejando al descubierto una mano marcada con una miríada de costras y cicatrices. Sin que pudiera evitarlo, los labios de Arjen se torcieron en una expresión de desprecio cuando la mujer levantó la daga y cortó una de sus palmas, arrancando un ligero gemido a la jovencita. El oráculo apretó con fuerza la mano de su aprendiz para dejar caer tanta sangre como pudiera en el cuenco. Aunque su expresión parecía apagada y distante, el alastor pudo notar una velada agonía reflejada en el rostro de la chica, en especial cada vez que la mujer apretujaba la pequeña mano. No pudo evitar preguntarse cuántas personas habían acudido a ese sitio en busca de respuestas ¿Cuántas veces habían cortado las manos de la niña para pagar el tributo a los dioses?
Tras unos instantes Nilde soltó a su aprendiz y fijó de nuevo sus claros ojos sobre el alastor, extendiéndole la daga mientras la niña volvía a retirarse al fondo de la sala, envolviendo una vez más sus manos en las gastadas vendas.

–La sangre de los inocentes apacigua a los dioses –la voz de la mujer había tomado un tono hipnótico–. Pero has de derramar la tuya si es que quieres develar los misterios que ahí yacen.
Arjen posó sus ojos sobre el desgastado cuenco y la mezcla de sangre y vino que yacía en su interior. Las brasas ardían al rojo, provocando que el líquido empezara lentamente a hervir. Sin pensarlo más el joven tomó la daga con el metálico guantelete y posó su hoja sobre la palma descubierta, trazando un pequeño corte, apenas suficiente para derramar unas cuantas gotas que cayeron sobre el altar. Sin esperar a desperdiciar más, posó su mano sobre el cuenco y cerró el puño, dejando que la sangre fluyera más profusamente. Al instante la roja mezcla empezó a hervir con mucha mayor fuerza, siseando y sacudiéndose hasta que una larga llamarada estalló en su superficie.
–¡Por los tres dioses! –la mujer miró incrédula cuando el fuego rompió por un instante la oscuridad que predominaba en la sala. Las llamas se elevaron por algunos instantes para después reducirse tan rápidamente como surgieron, ardiendo ligeramente con un brillo azulado sobre la superficie de la mezcla. A través del fuego la mirada de Arjen lucía calmada y determinada, mientras que en los ojos de Nilde se veía sorpresa y desconcierto.

Tomó al oráculo unos instantes reponerse de su asombro y recobrar la compostura. La mujer mantuvo su atención fija en el alastor mientras éste remendaba su mano con un blanco pañuelo. La tela se tiñó rápidamente de rojo, pero finalmente dejó de gotear sobre el piso.
–Hay mucho poder en tu sangre, extraño –la pequeña llama finalmente se extinguió y la mujer aprovechó para tantear el metálico cuenco. Su mero roce quemaba la carne, impidiéndole tomarlo con libertad–. Será difícil leer a través del fuego que arde en su interior.
–Pagué su precio –replicó Arjen con seriedad–. No pienso irme sin respuestas.
–Y no lo harás, alastor – Fue el turno de Arjen para caer víctima del asombro. Casi nadie sabía quién era él ni que hacía sirviendo en Ashar, y sólo los hombres de mayor confianza del Rey Jaegar sabían que era un alastor. ¿Sería posible que aquella mujer en verdad fuese un emisario de los dioses?–. Zahal, déjame ser tu ojo una vez más –suplicó Nilde con voz gruesa mientras tanteaba con la punta de los dedos el rojo líquido que yacía en el interior del cuenco. Un instante después dejó escapar un aullido de dolor cuando sumergió ambas manos en la roja mezcla que yacía en el interior del cuenco. La mujer apretó los dientes y trató de controlarse en medio de su agonía, posando las manos sobre la fría roca del altar para trazar extrañas e incomprensibles figuras sobre la obsidiana. Trataba de reprimir su sufrimiento, pero cada vez que devolvía las manos al cuenco, un ardor indescriptible le quemaba la piel y amenazaba hacer lo mismo con su razón. A pesar de ello siguió adelante, cumpliendo con su sacra labor.

–¡Alto! –ordenó Arjen tomándole los brazos–. No seas idiota mujer, te estás lastimando so…
–¡NO! –gritó el oráculo con furia mientras se sacudía con una fuerza mucho mayor a la que correspondía a una mujer de su edad y complexión–. ¡La voluntad de los dioses no debe ser interrumpida!

Con una determinación imperturbable Nilde siguió trazando, moviendo las manos de forma frenética en unos instantes y con el cuidado de un pintor en otros. Parecía como si en verdad estuviese poseída por una fuerza ignota y desconocida que le manipulaba cual si fuese una marioneta. Finalmente, cuando el rojizo líquido empezó a derramarse por ambas orillas del altar, disminuyó su ritmo; sus movimientos se hicieron cada vez más lentos y pausados, deteniéndose sólo cuando el cuenco estuvo vacío. Una vez que el trance terminó Shiri acudió en su auxilio, ayudándole a vendar sus manos.
–Nunca había visto a nadie como tú –reconoció el oráculo mientras recobraba la compostura. Parecía como si tratase de ignorar las heridas que se había infligido a sí misma, pero con el menor movimiento, el dolor le hacía apretar los dientes–. Fue la voluntad de los dioses la que te trajo hasta nosotros.
–Fui yo el que decidió venir –declaró Arjen con enfado–. No tengo nada que ver con los designios de dioses que martirizan a sus seguidores.
–¿Y acaso los hombres son distintos? –preguntó la mujer–. Lo que llamas martirio no es más que un pequeño precio, necesario para romper las ilusiones y vislumbrar la verdad.
–¿Y qué verdad es esa?
–Las verdades sobre ti, alastor –dijo el oráculo mientras posaba las puntas de sus quemados dedos sobre la fría piedra del altar. Arjen no pudo evitar fruncir el ceño. Descubrió que no le agradaba que la mujer hubiese descubierto aquella parte de su persona. ¿Pero qué esperaba? Eso era precisamente para lo que había acudido a ese lugar–. Las verdades sobre tu pasado. ¿No es eso lo que te trajo hasta aquí?
–Te escucho entonces –el joven posó sus ojos sobre las extrañas e informes líneas que la sangre había dejado sobre la obsidiana del altar, preguntándose si en verdad estarían allí plasmadas las respuestas que buscaba.
–Naciste aquí, en Ashar, hace menos de veinte inviernos –comenzó el oráculo mientras fijaba sus ojos sobre los trazos. La llama de la enorme vela en la mano de Zahal les confería un extraño y oscilante brillo–. Pude vislumbrar destellos de una tierra nevada y grandes montañas. Tal vez Freija o Arashel. Tu acento es algo marcado, como el de los arashenos.
–Continúa –solicitó el alastor.
–Pero tuviste que irte lejos –prosiguió el oráculo mientras seguía con la mirada los intrincados trazos de la sangre–. Muy lejos. Abandonaste Ashar en tu niñez… pero no es claro porqué. ¿Huías? ¿Escapabas de algo o de alguien? –el joven mantuvo la mirada fija en la mujer, poniendo toda su atención a cada una de sus palabras–. Abandonaste tu hogar y vagaste en tierras lejanas. Visitaste Crattia y Mysra y en uno de ellos, en una ciudad de grandes edificios, fue que hallaste a tu maestro, un alastor que te enseño sus artes.
Nilde se tomó un momento para observar el rostro del joven, pero su seria y fría expresión no dejaba entrever nada.
–Pero aprender fue un camino arduo y doloroso que te dejó cicatrices –la mujer volvió su mirada a los trazos en el altar–. Las quemaduras en tu brazo izquierdo te forzaron a cubrirlo con esa coraza para hacerlo fuerte. No puedes mostrar ninguna debilidad ahora que finalmente te decidiste a volver –el oráculo se detuvo por algunos instantes, alternando su mirada entre dos secciones del altar, como si buscara un elemento en común–. Ya… ahora es más claro. Tu regreso a Ashar es reciente. Menos de una semana. Aún no visitas tu pueblo natal, ¿cierto? No estás seguro de si la fuerza que tanto sufriste por obtener será suficiente para enfrentar aquello que te orilló a irte. ¿Es eso un hombre o tal vez una meta que buscas alcanzar? No puedo verlo con claridad.
–No importa ya –dijo Arjen con tranquilidad mientras daba un paso atrás–. Agradezco que me hayas recibido.
–Espera –exclamó la mujer con premura–. Hay más. Aquí no sólo hay ecos de tu pasado sino también de tu futuro.
–No me interesa escucharlo.
–Por favor –imploró Nilde con una mirada intranquila–. Es necesario que me escuches. Tú… tu destino está atado al de Ashar.
–Debo irme.
–Serás un gran guerrero –dijo la mujer de todas formas, manteniendo la vista fija en el alastor–. Como ninguno que se haya visto antes en esta tierra, o en ninguna otra. El mismo rey Jaegar reconocerá tu fuerza y te dará un lugar privilegiado en su corte. Tendrás oro, tierras y todas las mujeres que un hombre pudiera desear… pero ojos para una sola. Una mujer que aún no conoces, pero que sacudirá tu vida como nadie ha hecho jamás. Es allí donde deberás decidir, puesto que tu destino no es claro. No puedes tener ambas cosas. El corazón matará tu fuerza y si eliges a esta mujer, tu camino como guerrero llegará a su fin. Si la haces a un lado, estarás por siempre solo, pero serás el más grande alastor que se haya visto en Ashar, Crattia o Mysra. Un guerrero que marcará el destino de este reino en la tormenta que se avecina.

Por un instante el joven y la mujer mantuvieron sus miradas fijas el uno en el otro. Nilde parecía mostrar un dejo de esperanza mientras que Arjen mantenía un semblante más serio y tranquilo.
–Es tiempo de que me vaya –con sonoros pasos el alastor se alejó del altar, dirigiéndose hacia el amplio pasillo que le llevaría de vuelta a la sala principal.
–Espera –dijo la voz de la mujer cuando el joven estaba en la salida de la habitación–. ¿Fueron acertadas mis visiones? ¿En verdad naciste en Ashar?
–No lo sé –respondió Arjen–. No sé de dónde vengo, ni quien era antes de ponerme esta pieza de armadura en el brazo. Por eso vine aquí. Para buscar respuestas. Pero parece ser que ni siquiera los dioses pueden dármelas.

Sin esperar un instante más el joven alastor dio media vuelta y encaminó sus pasos hacia las afueras del templo. Estaba hastiado de la escasa luz de la sala, del dulzón hedor del incienso, de los caprichos de los dioses, de sus profecías, de su interminable sed de sangre, y en especial de sus seguidores. “La fe suele ser la muerte de la razón” le había escuchado decir a su señor alguna vez. Después de presenciar los actos del oráculo y lo que estuvo dispuesta a hacer para trazar su profecía, comprendía la verdad de aquellas palabras.
La primera inhalación del aire del bosque se sintió limpia y purificadora. Los árboles parecían darle la bienvenida, emitiendo un suave coro cada vez que el viento acariciaba sus hojas. La visión de su corcel y la promesa implícita de correr a sus espaldas, de cara al viento, terminaron por devolverle los ánimos. Garret no exageró. Los caballos de Ashar eran en verdad únicos. Nunca antes había tenido el privilegio de una montura tan fina y resistente.
Una sonrisa se dibujó en sus labios al recordar al muchacho.

–Tal vez no está allí solo para vigilarme después de todo –pensó mientras posaba sus ojos sobre el camino. Aunque se consideraba como parte de Drajakard, lo cierto era que el templo estaba rodeado por bosques. Lo único que de verdad le unía a la ciudad era el antiguo puente que cruzaba el río Kajav y en aquel momento no había otro sonido más que el ruido de su cauce. No había nadie en los alrededores y sobre el lodoso camino no se veían más pisadas que las de su propio corcel. Nadie le había seguido. Nadie más que el chico sabía que estaba allí, y al parecer había guardado su secreto. “Un escudero digno” fueron las palabras que Lord Ravarath uso para describirlo cuando lo entregó a su servicio. No había exagerado. Gracias a él ahora tenía su libertad en sus manos. Aunque estaba allí por elección propia, servir en las fuerzas de Ashar no se sentía del todo bien. Pero ahora, sin nadie tras su rastro, era libre para irse. Si en verdad lo deseaba podía cabalgar por los caminos, dirigirse a un puerto y dejar Ashar para siempre.
–¿Tú que piensas? –preguntó al corcel mientras desataba las riendas. El animal le miró y sacudió su cabeza, emitiendo un sonoro relinchido–. Si, lo mismo pensé yo.
El joven alastor puso una bota en el estribo y con un salto subió a su montura, sacudiendo de inmediato las riendas para iniciar su camino de vuelta al castillo.

* * * * *

Cuando abrió la puerta Garret se encontraba allí, durmiendo entre cobijas de pieles, sobre el pequeño camastro ubicado en uno de los rincones de la habitación. El rechinido de las bisagras y las pisadas provocaron que el muchacho se sacudiera inquieto, pero fue el peso del alastor al sentarse sobre las sábanas lo que finalmente le sacó de las brumas del sueño.
–¿…Señor…? –preguntó el chico tras unos instantes. Arjen había posado la vela sobre una pequeña pila de libros que yacían en una mesita, a un lado del camastro. Su luz, aunque tenue, le obligó a entrecerrar los ojos.
–La vi –el alastor tenía la mirada clavada en el rostro del escudero, tratando de dilucidar si en verdad era tan joven como lucía. Si en verdad podía arriesgarse a confiar de lleno en él. Arjen no conocía su propia edad, pero el oráculo no fue la primera en decirle que no llegaba ni a los veinte inviernos. Su propia juventud no estaba en duda. ¿Pero que había de la de aquel muchacho?
–¿Qué le dijo Sir? –el escudero se frotó los ojos mientras se incorporaba para sentarse en el camastro. A pesar del frío que bajaba desde el monte, su delgado torso estaba descubierto–. ¿Consiguió las respuestas que buscaba?
–En cierta forma –Arjen dejó escapar una leve sonrisa, sin dejar de notar que Garret volvía a llamarle Sir–. Pero no con ella.
–No le entiendo –los verdes ojos del chico mostraban confusión–. ¿Qué fue lo que le dijo?
–Le pregunté sobre mi pasado –comenzó el alastor–. Me dijo que había nacido aquí en Ashar, que había viajado por el mundo y conocido a un gran maestro que me enseño sus artes. También me hablo sobre mi futuro. Me aseguró que llegaría a ser un gran guerrero…
–Yo sé que lo será –interrumpió el chico incapaz de contener su entusiasmo.
–…que el mismo rey Jaegar me haría miembro de su corte y que cambiaría para siempre el destino de Ashar.
–Podría ser cierto –insistió Garret–. Sólo los dioses saben que pasará en el futuro.
–También me dijo que conocería una mujer –el alastor dejó escapar una exclamación de burla–. Una mujer que “sacudiría mi vida como nadie” o algo así.
–Ohh… –el semblante del muchacho mostró un dejo de decepción, pero se obligó a sonreír–. Es natural. Un guerrero como usted merece la más fina de las doncellas.
–No –dijo Arjen volviendo su mirada al muchacho–. Todo eso no eran más que patrañas. Toda su palabrería sobre el destino, sobre ser un gran guerrero, sobre la doncella, solo eran los delirios sin sentido de una fanática. Esa mujer era una loca. Y yo debo haber estado igual de loco para cabalgar hasta allí a escuchar sus sandeces.
–Pero…no entiendo –inquirió el chico–. Dijo que había conseguido respuestas.
–Así fue –con un semblante serio Arjen se acercó y posó su mano izquierda sobre la mejilla del muchacho, entrelazando su mirada con la suya. Garret se sonrojó e instintivamente se llevó la mano al rostro posándola sobre la del alastor. El metal que la cubría no era frío, sino que tenía una suave calidez, cual si fuera su propia piel.

Por un instante ambas figuras permanecieron en silencio, con las miradas fijas uno sobre el otro. La luz de la vela se reflejaba sobre los grandes ojos esmeraldas del muchacho, otorgándoles un enigmático brillo. El semblante de Arjen parecía serio y determinado, pero mostraba también una calidez que Garret no había visto antes.
–Desde que estábamos en el barco he notado como me mirabas –dijo Arjen, rompiendo el silencio–. Al principio creí que tu lord te había asignado a mí para vigilarme, pero… ahora no lo sé. ¿Tú pediste esto?
–Sir…yo… –balbuceó el muchacho mientras la sangre se le subía al rostro, incapaz de retirar su mirada del alastor. Inconscientemente mordió su labio y su mano apretó con más fuerza, como si tratara de sentir más cercana la calidez que emanaba del metálico guantelete.
–Otra vez diciéndome Sir –Arjen esbozo una tenue sonrisa.
–Lo siento señor, yo… –se disculpó el muchacho, manteniendo sus ojos fijos en los de su señor. A pesar de sus palabras habría efusividad en su semblante y una sutil pero dulce sonrisa dibujada en sus delgados labios.
–Olvídalo –Arjen retiró su mano de la mejilla del joven y entrelazó sus dedos con los suyos–. Puedes llamarme como quieras.
Garret le miró con una expresión emotiva, apretando su mano en respuesta. Incapaz de contenerse más, cerró los ojos y se arrojó al frente, encontrando sus labios con los del hombre al que admiraba. Sus brazos le rodearon con una instintiva ansia, buscando el calor de su cuerpo. Atrás quedaron todas las dudas, todas las sospechas, los temores y las precauciones. Arjen se dejó llevar por el rojo delirio que el muchacho despertó en él, palpando la piel de su torso desnudo, respondiendo a su abrazo con una fuerza y un cariño nacidos de una necesidad que desconocía; una necesidad que hasta ahora había permanecido oculta, muy hondo en su interior.
Con cada instante que pasaba ambas figuras se entrelazaban y se estrechaban con más fuerza, besándose profundamente mientras sus manos acariciaban y se aferraban con una pasión que parecía inagotable. Los instintos de Garret le gritaban que se quedase allí, envuelto por siempre en el calor de esos brazos. Pero al mismo tiempo quería ver el rostro de aquel hombre, perderse en el ámbar de sus ojos y la natural fiereza de sus rasgos. Por un instante halló la fuerza necesaria para separarse y volver a cruzar sus miradas. La tierna sonrisa del chico y su devota mirada acentuaron su delicado semblante. Cuando habló, su voz despertó una calidez perdida y olvidada en el interior del alastor.
–Está bien… Arjen.

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Jun 102015
 

La espesura de la selva apenas nos dejaba ver el camino. Seguíamos el rastro de una antigua leyenda hasta el templo perdido de Protelos, dios de la guerra. Mi montura, un grifo de las cumbres nevadas del Nak-Kharus, no estaba preparada para recorrer grandes distancias a pie, pero tenía miedo de lo que nos podríamos haber encontrado de haber intentado esa travesía por el aire. Le había puesto dos bolas de acero en las garras de las patas delanteras, para que al menos le amortiguara al caminar. Lifrlof, mantenía las garras cerradas, aferrando fuertemente las dos esferas de metal, e intentando no rozar sus fuertes alas contra las plantas que estrechaban el camino. La cola se agitaba bajo el incesante movimiento de los insectos propios de la jungla. Se encontraba nervioso.
Descendimos levemente hacia un valle y una formación rocosa nos dio la bienvenida. Lifrlof, me acarició el hombro con el pico. Yo aún no lo distinguía, pero la aguda vista de mi compañero lo había captado en el mismo instante en que la vegetación de la selva nos dejó ver más allá de un palmo de terreno. Le acaricié el robusto pico y me acerqué hasta el saliente más próximo. Saqué el viejo manuscrito de mi bolsillo y lo desenrollé. Después de tantos días de camino la ruta era exacta; allí estaba aquella majestuosa construcción, escondida por la frondosidad de la jungla y la nubosidad valle.Relatos de Fantasía - Profecías
—    ¡Aquí está!, tal y como lo describía el manuscrito. —Lifrlof respondió agitando la cabeza hacia los lados y bufando levemente.
Examiné el templo desde las alturas, pero no conseguí distinguir nada desde aquella distancia. Llamé al grifo. Lifrlof estaba hurgándose con el pico debajo del ala derecha, que tenía levantada, haciendo caso omiso a lo que ocurría. Allí estábamos tranquilos, de lo contrario ya lo hubiese presentido. Silbé y se acercó levemente y en silencio.
—    Comprueba a ver qué ves, viejo amigo —le dije, mientras le quitaba las dos bolas de acero de sus garras.
Lifrlof se asomó al saliente, agarrándose con firmeza a la roca. Le conocía bien, no había nada que le llamara la atención.
—    Creo que es el momento de que volvamos a tu elemento. —De un salto me subí a su grupa, lo que para el grifo era una orden no hablada.
Desplegó las alas e hizo un picado, soltándose de la piedra. La primera impresión fue de vacío, una sensación de estar en caída libre, pero sólo en el instante en el que nos soltamos. Después miré hacia atrás y vi cómo nos alejábamos rápidamente de aquella diminuta cordillera pétrea. Mi corazón se calmó mientras mi cuerpo se acostumbraba al viaje y se tranquilizaba. No era la primera vez que mi montura realizaba esa maniobra, pero nunca había conseguido acostumbrarme.
Nos arrimamos a la copa de los árboles y abriendo sus alas en toda su envergadura, planeamos suavemente hasta uno de los laterales del templo. Las garras se incrustaron en una de las paredes laterales, cerca de un ventanal. Me agarré con fuerza a Lifrlof, ya que nos habíamos quedado adheridos verticalmente al muro y esa posición podía hacerme perder el equilibro. Alcancé la abertura y entré en el templo. Desenvainé mi espada, una falcata de hoja ancha, y esperé unos segundos para ver u oír lo que había en el interior del santuario.
Había entrado en la zona donde los monjes realizaban las ofrendas, estaba inundada por innumerables cirios y velas que aromatizaban y cargaban el ambiente. Un altar mostraba la figura tallada del dios Protelos, sentado sobre un trono. Su escudo descansaba a sus pies, junto a las almas de los muertos en guerras pasadas, que según se decía, aquel broquel absorbía. Todo estaba en calma, pero no me fiaba; la mitología de mi pueblo narraba extrañas historias sobre lo que ocurría en ese lugar. Silbé dos veces. Lifrlof entró. Si las cosas se complicaban, el grifo sería un gran aliado.
Los monjes habían abandonado la estancia después de la oración y ese era el momento propicio para cumplir la misión que me había sido encomendada. Me acerqué a Lifrlof y de una de sus alforjas extraje un objeto envuelto en un paño. Mientras el grifo se mantenía en guardia, lo desenrollé. La gema era opaca, en cambio, un corazón de brillo rojizo latía fuertemente en su interior.
Al fondo, un pequeño tabernáculo albergaba otras cuatro piedras de idéntica talla y calidad a la que sujetaban mis manos. Todas blancas, totalmente mates, pero palpitando a ritmos diferentes, componiendo una melodía de luces que hicieron estremecerse la figura del dios de la guerra. Lifrlof se inquietó. Me acerqué hasta el retablo donde descansaban las cuatro piedras y, cuidadosamente, deposité en su interior la roca que había traído a través de la selva. Doblé el paño y me lo guardé. Parecía que todo había salido según lo planeado.
Cuando me di la vuelta, dispuesto a marcharme del templo, el grifo dio un paso atrás. El conjunto de las cinco piedras blancas comenzó a irradiar una tenue luz que aumentaba en intensidad cada vez más. La estatua de Protelos quedó iluminada con la luz proyectada desde el altar. Un aura resplandeció alrededor de la figura del dios de la guerra. Yo mismo tuve que dar un paso atrás al igual que Lifrlof. En ese momento, aquella efigie que representaba la deidad, cobró vida. Sus ojos se movieron y una voz de ultratumba retumbó en el templo.
—    Después de mucho tiempo las piedras vuelven a estar juntas —se oyó—. ¿Por qué la has devuelto extranjero?, nada vas a ganar con ello, salvo quizás calmar mi ira…
No supe qué contestar, notaba una intensa sensación de pánico. Lifrlof se escondía detrás de mí, pese a que su envergadura era mucho mayor. Varios monjes habían entrado en el santuario y al ver cómo el dios al que adoraban a diario emanaba vida, automáticamente se arrodillaron y postraron sus rostros contra el suelo como un signo de veneración.
—    … Pero de eso no tienes ninguna culpa. —sentenció—. Dime, guerrero. ¿Qué te ha impulsado a venir a este recóndito lugar para entregarme la piedra?
—    Los más sabios de mi pueblo me encomendaron la labor de venir hasta aquí y devolver lo que una vez fue robado. —le respondí balbuceante, presa aún del miedo—. Los jefes de mi tribu están desesperados, los sacerdotes se encomiendan a los dioses e incluso las familias realizan sacrificios con ofrendas de toda clase esperando una respuesta…
—    ¿Una respuesta?
—    A una vieja profecía —Esa vez reuní cierto valor, me adelanté y me postré delante de la figura del dios de la guerra—. Lamento mucho el desaire causado por mi pueblo y tengo la esperanza de que con este gesto se pueda calmar tu ira y el maleficio sea apaciguado.
—    ¿Cómo te llamas guerrero? —preguntó.
—    Sunnos, me… me llamo… Sunnos.
—    Hace falta mucho valor para adentrarse en este lugar santo, a escondidas como un vulgar ladrón, y esperar que no haya pasado  nada.
—    ¡No tenía intención de irme!
—    Guerrero, no me mientas —el tono mostraba cierto enfado—. Puedo leer en el corazón de los hombres y saber si realmente me mienten.
—    Quizás hubiese sido más honorable por tu parte haberle entregado la piedra a uno de los monjes.
—    ¡No sabía lo que nos podíamos encontrar…! —dije señalando al grifo.
Las luces dejaron de alumbrar y las piedras de latir. Se produjo un silencio, como si aquella conversación no hubiese ocurrido jamás y hubiese sido fruto de mi imaginación. Me encontraba confuso, sin saber qué era lo que había pasado. Los monjes aún continuaban con sus rezos, lo que indicaba que todavía no había terminado todo. Una imagen fantasmagórica emergió en el centro de la sala, una imagen etérea que podía ver pero no tocar, una imagen que se difuminaba como una nube de humo si intentaba agarrarla. La observé mejor después de la sorpresa inicial. Narraba la historia de un hombre, un ladrón que se adentraba de noche en el mismo templo en el que me encontraba y robaba una de las cinco piedras depositadas sobre el altar del santuario. Se veía como huía a través de la densa selva y llegaba hasta el mismo lugar donde había nacido Sunnos: Gallarea. En seguida comprendí el propósito de aquella estampa.
—    ¡Lamento ver esto!, y me avergüenzo —dije mientras apartaba la vista—. Cuando él llegó y nos mostró la piedra, lo celebramos como un augurio de buena suerte. Deseábamos tener esta reliquia. —Mi voz retumbaba en la estancia. Parecía que nadie escuchaba—. No hicimos caso de la profecía y pagamos un precio por ello —mi corazón se mostraba sombrío, entristecido.
Recordé cómo al poco tiempo nuestras cosechas se volvieron mustias, el grano no servía para nada y todo lo que obteníamos del campo no lo querían ni los animales, quienes terminaron muriendo poco a poco de inanición o enfermedad. Hambruna y muerte, eso es lo que nos trajo aquella piedra. Al principio, recorríamos grandes distancias para traer agua y al final, muchos terminaron abandonando aquella tierra baldía. No hicimos caso de las advertencias de la profecía:

«Protelos otorga prosperidad a través de sus piedras.
Larga vida con cada uno de sus latidos.
Y maldición para quien las separe y extinga su luz»

Una nueva escena apareció delante. La misma persona que había robado la piedra, se encontraba vertiendo el contenido de un ánfora sobre el río que abastecía Gallarea y sus campos, sin tan siquiera saber qué era lo que le había impulsado a hacer algo tan mezquino.
—    Nadie ha castigado a tu pueblo, pero aun así agradezco que hayas devuelto la piedra al lugar al que pertenece —la voz surgió de nuevo—. Las profecías son avisos o premoniciones, y como todo, hay que saber interpretarlas…

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