Jul 082015
 
 8 julio, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: ,  Sin comentarios »

Cuando las estrellas cantaron por primera vez, los mundos se crearon.
Mundos que conocéis… y los que no conocéis.
La Melodía Verdadera vibró en el firmamento, y tras ella, nacieron los Guardianes.
Fueron creados con la luz más ardiente de todas. La energía más elevada.

“…y en su pecho brilló el alma más poderosa…” Una luz guardiana del secreto más profundo: La Sabiduría Ancestral.
Y para un alma con semejante poder, se necesita un cuerpo de igual magnitud. Un recipiente fuerte y titánico.

Ilustraciones de Fantasía - Dragón
En el año 2014, donde los dígitos suman siete, se hizo una exposición de pintura, titulada “El Despertar”, donde se contaba el origen de los mundos y sus trece Guardianes. Se relató que cuando despertaran al año siguiente, el mundo se sumiría en un caos, para restaurar el equilibrio. Un caos de catástrofes naturales, donde los cuatro elementos, violentas lluvias, vientos, volcanes y terremotos, serían los protagonistas por todas partes.
La Tierra se ha desestabilizado. La energía negativa pesa demasiado, y hay que renovar el ciclo una vez más, pues la “civilización” llama evolución a la destrucción de la vida.
No somos dueños de nada. Formamos parte de la Tierra, no estamos sobre ella.
Y cuando se enfada y requiere un cambio, ellos aparecen.
Dicen que lo que das, recibes.
Y lo que se está transmitiendo a nuestro mundo, no es precisamente amor. Por lo tanto, lo que estamos recibiendo, no es precisamente amor.
Es la furia de un volcán despierto. Es la ira del temblor de la tierra. La sacudida. Una reprimenda. Un “¡eh!, que no eres tú solo ante todo”.
Vendavales barriendo, lluvias limpiando, terremotos sacudiendo para que despertemos y el fuego purificando para que todo comience desde cero.

Pues todo tiene un comienzo…

Ilustraciones de Fantasía - Dragón
Un nido. Un dorado nido que resguarda lo más valioso de los mundos desde la penumbra. Una penumbra fresca, bajo la frondosidad exagerada de un bosque libre, sano y gigantesco.

Un brote de vida. Un movimiento suave y dulce. Un titilante empujón. Una contracción, querer nacer.
La vida se abre paso, en este caso, el huevo eclosiona. La luz dorada sale con un destello, y tras la luz dorada, se asoma una cabeza de enroscada cornamenta.
Un guardián ha nacido, y eleva su cabeza hacia el firmamento. En el instante en que recibe la luz de las estrellas, obtiene la Sabiduría de los Ancestros.
El guardián se desprende de su cuna, quebradiza y frágil, esparcida en pedazos a su alrededor.
Y empieza la aventura.
Vivir. Dicen que es difícil… yo digo que vale la pena.

Es un guardián muy joven, pero sus poderosas patas lo hacen emprender una carrera a una velocidad vertiginosa, recorriendo senderos de otros mundos, en tierras donde los dragones nunca perecieron.

Ilustraciones de Fantasía - Dragón
Sus alas están impacientes por desplegarse y lanzando gañidos de emoción, sacude la cabeza con fuerza. Su voz, oída por vez primera, despierta en él el ansia de alcanzar el linde del bosque, lejos de la protección y el calor de su cuna.

Cuando el último árbol queda tras él, las colinas se extienden hasta donde alcanza la vista y el amanecer baña su mundo con luz de oro, dándole la bienvenida.
Su carrera se intensifica, llegando a un saliente que lo hace frenar. Se oye agua, una cascada en la pared del saliente. Agua… la portadora de vida.

Ilustraciones de Fantasía - Dragón
Frente a él se presenta su hogar, montañas muy lejanas y las copas de titánicos árboles, que intentan alcanzar el cielo desde allá abajo, muy abajo.
Se lanza al vacío y roza las copas de los más altos con sus patas y el final de su cola. Extiende las alas y el aire llena el hueco que forman sus membranas, frenándolo de sopetón. Se estira cuan largo es y todo su cuerpecito se coloca en posición de vuelo. Parece sonreír.
Y quién no lo haría… está volando.
Sacude con fuerza las alas, primero rápidamente y con fuerza, para ganar velocidad y altitud, después más pausadamente, con parsimonia.
Sabed que, la belleza de aquel lugar, es inigualable.

En lo alto del cielo, hay tres puntos brillantes. Un triángulo.
Tres puntos dorados en un cielo dorado. No es fácil de distinguir, pero los tres puntos comienzan a girar rápidamente, y dando vueltas, emiten un sonido muy potente. La energía que desprenden las esferas las transforma en un triángulo giratorio, una energía tan poderosa, que se dobla y emerge otro triángulo de éste. Pero invertido. Por lo tanto, se trata de una estrella de seis puntas. El seis. El cambio.

Ilustraciones de Fantasía - Dragón
El centro de la estrella brilla. El guardián puede ver algo en su interior.
Vuela hacia allí y atisba un paisaje nuevo. Parecido a su hogar, pero comprende muy bien que no se trata de su precioso mundo.
Sabedor de que ha nacido bajo la forma de un guardián, concibe que ese es su destino.

Ilustraciones de Fantasía - Dragón
Estando ya muy cerca de la estrella que se ha convertido en un portal a otro lugar, se da cuenta de que está rodeado por seres como él. Todos acuden a la llamada.
Éstos son mucho más grandes. Más poderosos. Más ancianos. Dragones blancos con el rostro oculto tras un yelmo de plata.
Los primeros soldados del equilibrio del universo. Los Trece.
Y todos, con un mismo destino.
Mantener el equilibrio de los mundos.
Y uno de esos mundos, está sumido en el caos, su equilibrio está roto y hay que restaurarlo.

Ilustraciones de Fantasía - Dragón
A ese mundo lo llamas Tierra. Y sé que es tu hogar.
Ha llegado la Nueva Era. El Resurgir de los Guardianes.

¿Quieres más ilustraciones de fantasía? Descubre a otros autores e ilustradores de fantasía en el Proyecto Golem

Jul 032015
 
 3 julio, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , ,  Sin comentarios »

3557, Año Del Aurum Tenébres, segundo mes del verano

Aún en verano, la nieve no era rara en las heladas tierras de Ashar, en especial en las alturas donde se alzaba el castillo Czernegor. La enorme fortaleza había sido construida entre los despeñaderos que abundaban en la base del monte Dagaravko la cual, según contaban los eruditos y los exploradores, era la mayor cumbre en todo Ashar. Si bien las torres, muros y edificios que conformaban el castillo se erguían más alto que ninguna estructura que hubiese visto en su vida, Arjen concluyó que hacían muy poco para proteger a sus habitantes de las crueles heladas que bajaban desde la montaña.

–Supongo que a los vampiros no les da frío –pensaba el joven mientras posaba su mirada ámbar sobre las luces que se apreciaban colina abajo, apenas a poco más de una legua de distancia. Una repentina ráfaga sacudió su blanquecina cabellera, obligándole a entrecerrar un poco los ojos. Su mano izquierda repiqueteaba sobre el balcón, dejando escapar una metálica cacofonía, producto de la pieza de armadura que le cubría el brazo desde los dedos hasta el hombro. Aunque su tono era semejante al bronce, aquella coraza le ganó rápidamente el mote de Mano Roja entre los sharenos. Al parecer, vivir entre vampiros hacía que la gente asociara todo con el color rojo.
Desde que inició su viaje, Arjen escuchó que Ashar era una tierra gobernada por poderosas castas de vampiros; una nobleza antigua y orgullosa cuyos líderes podían mantenerse en el poder por varias centurias. El joven no podía sino preguntarse qué clase de gente soportaba un régimen donde sus gobernantes literalmente les bebían la sangre.
Pero ahora, de una forma u otra, gracias a las negociaciones de su señor, Arjen estaba también al servicio de aquella decadente nobleza. El joven se preguntaba qué planes tenían los sharenos para requerir un hombre como él. Hasta donde sabía, ésta era una de las pocas ocasiones en su historia en la que Ashar contaría con un alastor entre sus filas. Parecía ser que los rumores eran ciertos; la guerra estaba a la vuelta de la esquina.
El rechinido de la puerta sacó al joven de sus pensamientos y le hizo volver la mirada.

–Mi señor –dijo la voz del chico que ingresaba a la habitación–. Aquí traigo lo que me pidió.
Garret era uno de los sharenos le acompañó en el viaje desde que partieron de Brajatha. De figura delgada, cabello lacio y negro y grandes ojos verdes, el mozo daba la impresión haber visto apenas dieciséis, tal vez diecisiete inviernos, pero Arjen sabía que bien podía tener treinta, sesenta o hasta más de cien. De labios de su señor había escuchado que los nobles vampíricos eran capaces de pasar parte de su fuerza y su longevidad a sus más fieles súbditos al compartir con ellos su sangre. Sabía que algunos empleaban este método para mantener por décadas la belleza de alguna doncella, o como medio para garantizar la fidelidad de sus hombres de confianza. Aquel chico de figura delicada y facciones finas, fácilmente podía ser uno de esos “afortunados” que gozaban de una inmortalidad prestada.
Arjen se encaminó hacia la cama para echar una mirada a las prendas que Garret había conseguido. Aunque no eran tan ostentosas como los trajes que lucían los altos aristócratas, parecían de hechura fina y sobretodo, adecuadas para los fríos del norte.

–¿Esto es lo que usa la gente de estas tierras? –preguntó Arjen en un shareno fluido, con un acento neutro.
–Así es Sir –respondió el mozo–. Las ropas de cuero y pieles son lo mejor hay para mantenerse caliente. Aquí llegamos a ver nevadas aún en verano. Y el otoño ya no está lejos.
–Ya te he dicho que no me llames Sir–dijo Arjen sin retirar la vista de las ropas–. Sólo soy un soldado. No un caballero.
–Lo siento Si… señor –Garret bajó la mirada un momento pero tras un instante la devolvió al rostro del alastor–. Pero he escuchado a muchos hablar de usted. Todos en el castillo saben que no es un simple soldado. Dicen que el rey Jaegar lo armará como caballero en cualquier momento.
–Habladurías sin sentido –a Arjen no le agradaba estar en boca de nadie. Bastante tenía ya con estar con un ojo encima de él todo el tiempo.
“Un guerrero de su calibre debe tener un escudero digno” había dicho Arkell Ravarath, uno de los señores sharenos cuando puso a Garret a su servicio un par de días antes de arribar a tierra. Arjen sabía muy bien que era un intento apenas disfrazado para mantenerlo vigilado, pero de poco le valió su argumento de no ser un caballero. De cualquier forma no habría podido negarse. No si es que de verdad iba a obtener lo que quería de su alianza con los sharenos. Afortunadamente Garret hacía muy bien su trabajo. Había mantenido sus ropas limpias, su espada afilada e incluso le había ayudado a conocer los nombres de los señores que les acompañaron. El mozo era muy bueno con los títulos y los escudos de armas e incluso se había dado tiempo para enseñarle algunas de las costumbres de Ashar. Lord Arkell no había exagerado al llamarle “un escudero digno”.

–Parece que tiene suficiente espacio –Arjen examinaba la chaqueta que el mozo le había llevado. Estaba hecha de cuero negro y recubierta al interior por pieles de una tonalidad igual de oscura.
–Así es, Sir –el muchacho parecía orgulloso de haber hecho la elección adecuada–. Las mangas son algo anchas. Cubrirán su brazo con todo y esa pieza de armadura.
Aquello era muy útil. La ajustada coraza que estaba obligado a llevar en el brazo izquierdo era algo brillosa y su tonalidad bronceada destacaba mucho entre las oscuras prendas que vestían los sharenos. Si podía cubrirla por completo le sería más sencillo pasar desapercibido.
– Los vampiros parecen vestir más ligero –señaló el alastor al notar el grosor de las prendas.
–Saheles –corrigió el chico.
–¿Cómo?
–Aquí les llamamos saheles –Garret había tomado de nuevo ese tono extrañamente afable que surgía cuando trataba de enseñarle cosas–. La palabra “vampiro” no es bien recibida aquí Sir. Algunos señores se la llegan a tomar como un insulto.
–¿Un insulto eh? –bufó Arjen con un tono hosco–. Pues tendrán que aguantárselo. Dudo mucho que logre recordar cada palabra y cada regla de cortesía que tus señores necesitan para sentirse importantes.
La cortesía no es exclusiva de Ashar, Sir –aunque por lo general mostraba un comportamiento cordial, Garret empezaba a volverse atrevido, como si se sintiera cada vez en mayor confianza con el alastor.
–Harías bien en recordarlo tú mismo; con esta ya son dos veces que te ordeno que no me llames Sir –el tono de Arjen se hizo más frío y cortante. Sabía que Garret pretendía ayudarle y había algunas ventajas en tener un sirviente que atendiera tus necesidades, pero prefería mantener la distancia. Confiarse mucho del chico podía resultar peligroso… aunque por otro lado era un completo fastidio entrar a esos juegos de intrigas y secretos que tanto parecían disfrutar los altos señores de Ashar. En eso no eran muy diferentes de cualquier otro noble que hubiera conocido.
–Lo siento mucho… mi señor –el mozo bajó la mirada, luciendo algo apenado. Tal vez le llamaba Sir para sentir que servía a un auténtico caballero y no a un guerrero desconocido sin tierras ni gloria; o tal vez los rumores fueran ciertos y sabía de antemano que el rey Jaegar lo armaría como caballero. Pero sea como fuere, a Arjen no le gustaba ostentar títulos imaginarios ni pretender ser algo que no era.
–Tampoco soy un señor –añadió con un tono menos duro–. Ni siquiera tengo un nombre que me respalde. Mucho menos tierras. Si has de llamarme de una forma, Arjen será suficiente.
–No puedo faltarle al respeto de esa forma señor –el mozo podía ser a veces muy terco en sus modales y normas de etiqueta–. Es impropio de un escudero.
–Impropio… –Arjen se sacó la camisa para probarse la prenda de lana que el mozo le había llevado. Su torso era delgado y recio, con una musculatura firmemente marcada y algunas cicatrices que delataban viejas batallas–. Pareciera que no conoces a los caballeros tan bien como crees. La mayoría son mucho más que sólo impropios, y son pocos los que merecen tantas cortesías.
–Los conozco mejor de lo que cree, señor –Garret parecía intrigado por las cicatrices que marcaban la figura del hombre al que servía–. Ya he servido a otros caballeros. Créame cuando le digo que sé bien cuando alguien se merece mi respeto.
Arjen volvió su rostro hacia el muchacho al escuchar estas palabras. El chico tenía los ojos fijos en él, pero tras un instante desvió su mirada, aparentemente avergonzado.
–Necesitaré un corcel –ordenó Arjen mientras se probaba la negra camisa que el mozo le había llevado. Era cálida y un tanto ajustada. Al parecer el chico hizo los arreglos para que la manga izquierda fuera corta, y de esa forma evitar que le estorbara en la coraza de su brazo–. Busca algo simple. Con que resista las heladas y no se rompa una pata en los caminos me basta.
–Ni en los Imperios Gemelos ni en las tierras más allá de ellos hay corceles como los nuestros –declaró Garret con un cierto orgullo–. Le encontraré algo, señor.

* * * * *

Si bien no llegaba a abarcar ni siquiera un cuarto de la extensión de la gigantesca ciudad de Brajatha, la capital sharena de Drajakard le competía fuertemente en la majestuosidad de sus baluartes y la belleza de sus monumentos. La luz de cientos de antorchas sacudía las sombras de innumerables estatuas y gárgolas que adornaban los edificios, mientras que el fantasmal brillo de la luna hacía resplandecer los empedrados caminos de sus calles. Aunque el blanco astro se encontraba en su punto más alto, la ciudad estaba llena de vida. En todas partes donde hubiera una taberna se escuchaba el tumulto de tarros y algunos cánticos; los gritos de mercaderes de frutas, telas y vinos llenaban los callejones de la zona comercial; carruajes humildes y lujosos transitaban continuamente entre las calles, ya fuese transportando mercancías o personas. Al parecer los pobladores de la capital de Ashar estaban habituados a efectuar sus principales actividades durante la noche; probablemente para ajustarse a los horarios nocturnos de sus señores. Drajakard tenía un encanto único y había mucho en ella por descubrir, pero Arjen no tenía tiempo para eso. Había una sola persona que estaba interesado en encontrar.
Había escuchado a los sharenos hablar de ella desde la travesía en barco; Nilde, una auténtica oráculo de Zahal, uno de los tres dioses del destino a los que se les rendía culto en Ashar. Al parecer aquellos hombres no se decidían del todo sobre si la admiraban, o le temían, pero lo que era claro era que no dudaban de su poder. Algunos se mostraban abatidos por sus profecías, mientras que otros se veían muy envalentonados, decididos a encarar el destino con la confianza que les daba el conocerlo. Arjen no sabía si las supuestas visiones de aquella mujer eran reales o patrañas sin sentido, pero ciertamente las historias en torno a ella habían picado su interés.
Aunque prefería tratar sus asuntos en privado, el joven alastor se molestó poco por ocultarse. La ciudad era demasiado grande para explorarla por su cuenta así que tuvo que recurrir a Garret para que le indicara donde podía encontrar a la mujer. El muchacho parecía fiel y sincero, pero si estaba bajo órdenes de vigilarlo, bien podía indicar a la guardia del castillo donde encontrarle. No tenía caso tratar de perder a algún posible perseguidor si sabían de antemano su destino. Pero a pesar de todo, tras más de una hora de transitar por aquellas calles, parecía que nadie estaba tras su rastro. Al parecer el oscuro atuendo y su ordinaria apariencia le ayudaban. Su estatura promedio y complexión delgada eran relativamente comunes en estas tierras por lo cual se confundía fácilmente entre la población. La capucha cubría buena parte de su rostro y en especial su blanquecina cabellera, el rasgo que le podría delatar aún en una ciudad llena de pieles claras y cabelleras rubias.
Relatos de Fantasía - Santuario
El templo del destino se encontraba en las orillas de la ciudad, al otro lado del río Kajav. El sitio parecía muy antiguo y maltratado por el paso del tiempo. Las paredes lucían pinturas viejas y descoloridas, mancilladas por grandes grietas mientras que algunas esquinas habían sido invadidas por el moho y la maleza. A pesar de ello, el amplio número de velas que brillaban en el altar mayor indicaban que el culto aún tenía mucha fuerza en Drajakard. Arjen se detuvo un momento para mirar la enorme efigie. Las tres deidades del tiempo y el destino estaban representadas por tres encapuchados, carentes de rostro y envueltos en holgadas túnicas que cubrían todo su cuerpo. Ubicados espalda contra espalda, cada uno de ellos apuntaba al frente, señalando hacia tres grandes arcos en tres direcciones distintas. Las estatuas eran al menos dos veces más grandes que un hombre y parecían idénticas en todo sentido excepto por el material en el que habían sido talladas. Vezda el blanco, estaba hecho del más níveo mármol que Arjen hubiese visto; Argira el gris, parecía tallado en granito y Zahal el negro había sido esculpido en una brillante obsidiana, con finas motas blancas que le conferían una apariencia semejante al cielo nocturno. Ese último era el que de verdad importaba. Los soldados en el barco habían mencionado que el oráculo servía a ese dios, así que probablemente podría encontrarla si seguía por el portal que la estatua señalaba.

–Sólo seis–pensó el joven al ver el número de velas a los pies de Zahal. Los otros contaban con al menos veinte o treinta cada uno. Al parecer el dios negro del destino era temido aún en tierras donde los hombres pasaban la mayor parte de sus vidas en la oscuridad de la noche.
–Los dioses sean con usted, señor –dijo una voz a espaldas de Arjen.
El alastor se volvió para descubrir a un hombre de rostro arrugado y miembros nudosos. Se veía algo flacucho y correoso, con gruesas bolsas debajo de sus ojos. Aunque vestía sólo con una humilde toga, parecía pulcramente aseado y llevaba el cabello cortado casi al ras. Sus descalzos pies y ligero andar parecían ocultar el sonido de sus pasos.
–¿Sirves en este sitio? –inquirió Arjen mientras examinaba al viejo.
–Todos servimos de una forma u otra al destino –el acólito cerró los ojos y marcó con los dedos una extraña seña mientras decía estas palabras.
–Sí, definitivamente es uno de esos locos adoctrinados –pensó el alastor con desdén. Sin embargo era él quien había ido hasta allí, persiguiendo los rumores sobre las profecías de uno de esos a los que llamaba locos ¿Que decía eso de él?–. Escuché que hay una mujer aquí –prosiguió–. Una mujer que puede decirle a un hombre su destino.
–Está aquí para ver a Nilde –el acólito hablaba con un tono en extremo calmo, como si hubiese sabido todo el tiempo a lo que había venido–. Puede pasar, ella le espera. Pero los dioses exigirán un tributo por sus visiones.
–Toma –Arjen tomó un pequeño saco de entre las bolsas de su chaqueta y se lo arrojó casualmente al viejo–. Son cinco lunas de plata. Imagino que a tus dioses no les importará recibir su tributo en monedas.
–Adelante milord –el acólito hizo una leve reverencia con la cabeza.
Arjen siguió el camino señalado por la estatua del dios negro, avanzando por un amplio pasillo ornamentado con gruesas columnas y detallados relieves. Un aroma dulzón empezó a llenar el ambiente, mientras que el aire parecía hacerse ligeramente brumoso con cada paso que daba. La enorme sala dedicada a Zahal estaba cubierta casi por completo en tinieblas, con sólo una vela alumbrando desde la mano extendida de una segunda efigie del dios. Un par de incensarios ardían hacia ambos lados de la estatua, llenando la habitación con humo y una pesada fragancia a mirra. En el centro descansaba un altar lleno de relieves y ornamentos que, al igual que el mismo Zahal, había sido tallado en obsidiana. Los pasos de Arjen hicieron eco en la silente sala, deteniéndose sólo cuando descubrió a la jovencita que se encontraba arrodillada a los pies de la estatua.

–Parece que no soy el único que viene a buscar su destino –pensó Arjen mientras miraba a la chica. Parecía muy delgada y menuda y su castaña cabellera apenas alcanzaba a cubrirle las orejas. Sus descalzas plantas y la desgastada túnica que vestía delataban su humilde condición.

Lentos y pausados pasos, provenientes del pasillo por el que acababa de entrar, pusieron en alerta al joven alastor. Poco a poco, atravesando las penumbras y la delgada capa de humo que saturaba la habitación, una silueta fue emergiendo hacia la luz; una figura alargada y esbelta, aún más alta que Arjen y evidentemente de mayor edad. La mujer tenía un aspecto solemne y sobrio, mostrando las claras marcas del tiempo sobre su alargado rostro. Sus grandes ojos claros, nariz recta y los elevados pómulos le conferían una cierta belleza que más de cinco décadas no habían podido borrar. Su cabeza carecía por completo de cabello y sobre su frente lucía un pequeño óvalo negro, probablemente hecho también de obsidiana. Vestía con una sencilla toga de color negro, sandalias atadas hasta las rodillas, y llevaba al cuello un grueso collar en cuyo centro colgaba una esfera negra rodeada por diminutos rayos tallados en marfil; el sol negro, el símbolo de Zahal.

–Que los dioses sean contigo, viajero –aunque habló en un tono apacible, la gruesa voz de la mujer resonó en toda la cámara–. Soy Nilde, oráculo de Zahal ¿En qué puedo ayudarte?
–Uno de tus hombres dijo que me esperabas –Arjen la miraba con cierto escepticismo–. Pensaba que un oráculo sabría por qué vine.
–¿Y lo sabes tú? –la mujer se acercó al joven, dedicándole una enigmática mirada antes de seguir sus pasos hacia el altar.
–Dicen que puedes ver el futuro de los hombres –inquirió el alastor.
–La gente dice muchas cosas –respondió Nilde mientras le miraba desde el altar, con la gran estatua a sus espaldas. En medio de la oscuridad y el humo, parecía como si estuviese amparada y protegida por el mismo Zahal–. Son los dioses quienes nos muestran las verdades ocultas en las nieblas del tiempo. Yo sólo soy su emisario.
–¿Puedes también ver su pasado? –Arjen retiró su capucha y se acercó al altar, quedando frente a frente con el oráculo.
–Casi a diario vienen aquí hombres y mujeres esperando que adivine sus nombres, o los de sus padres, los de sus amantes, los de sus hijos –la mujer entrecerró sus grises ojos mientras sus labios formaban una suave sonrisa–; quieren que les diga su futuro, pero a la vez desconfían y tratan de ponerme a prueba, quieren que les diga cosas que sólo ellos podrían saber, y muchas veces resultan ser cosas que ni ellos mismos son capaces de recordar.

–A nadie le gusta ser estafado –la voz de Arjen era calma y firme.
–No, a nadie le gusta –acordó la mujer–. Pero las visiones que los dioses me otorgan no funcionan como la gente piensa. Puedo leer el destino que está escrito en tu sangre, ver destellos, algunas imágenes, algunos sonidos, tratar de interpretarlos, pero las visiones no dan nombres. No me revelarán la ubicación de reinos que jamás he visitado, ni me dejarán saber a qué gladiador hay que apostar. Pero puedo hacer lo que me pides – la expresión del oráculo cambió, volviéndose más sobria y determinada–. Si quieres una prueba, puedo leer en tu pasado y hablarte de él, pero deberás tener cuidado extraño. Aquellos que ponen a prueba a los dioses están jugando con el destino.
–No es una prueba –respondió–. Yo tengo mis razones. Si puedes hacerlo, hazlo. Es lo único por lo que estoy aquí.
–La mayoría de los que vienen a este templo tratan de discernir qué es lo que les depara el destino. Pero tú no eres como la mayoría de los hombres ¿no es así?
Arjen no dio respuesta alguna sólo se quedó allí, mirando a la mujer, preguntándose si no había perdido la razón al buscar respuestas en un sitio como ese.
–Muy bien –dijo el oráculo finalmente–. Si es lo que deseas, adelante. Pero te advierto, los dioses requerirán un tributo.
–Pensé que había pagado su tributo allá afuera –el alastor había visto antes la forma en cómo los hombres de fe perseguían el oro. En eso al parecer, todos los cultos eran iguales.
–Tu caridad será usada para atender las necesidades terrenales del templo –la mujer sacó una daga del interior de su túnica y la puso sobre el altar–. Pero el tributo a los dioses se paga en sangre.
–Una vez más la sangre –reflexionó el alastor. Parecía como si las castas de vampiros que gobernaban ese reino hubiesen heredado su obsesión con la sangre a todos los sharenos.
–Shiri –la voz de Nilde tomó un tono más autoritario. Al instante la jovencita que estaba arrodillada ante el altar se puso en pie y se encaminó hacia una de las paredes de la sala. Sus descalzas plantas resonaban al pisar las losas que cubrían el suelo. Parecía aún más joven de lo que Arjen había pensado. Probablemente ni siquiera había visto aún su treceavo invierno. Tras unos instantes volvió con la mujer, llevando consigo una botella y algunos utensilios. Cuando depositó un diminuto brasero sobre el altar, Arjen notó que llevaba las manos y las muñecas cubiertas con vendajes.
–Las verdades del pasado y el futuro de cada hombre están escritas en su sangre –la mujer destapó una botella de vino y se la llevó a la nariz para captar su aroma. Por su parte Shiri se encargaba de avivar los carbones que ardían en el brasero para calentar un ennegrecido cuenco metálico–. Si has de encontrar lo que buscas, tienes que entregar a los dioses algo a cambio–. Nilde se acercó al cuenco y vertió un poco del vino. Un instante después tomó uno de los brazos de la jovencita y con cuidado retiró los vendajes, dejando al descubierto una mano marcada con una miríada de costras y cicatrices. Sin que pudiera evitarlo, los labios de Arjen se torcieron en una expresión de desprecio cuando la mujer levantó la daga y cortó una de sus palmas, arrancando un ligero gemido a la jovencita. El oráculo apretó con fuerza la mano de su aprendiz para dejar caer tanta sangre como pudiera en el cuenco. Aunque su expresión parecía apagada y distante, el alastor pudo notar una velada agonía reflejada en el rostro de la chica, en especial cada vez que la mujer apretujaba la pequeña mano. No pudo evitar preguntarse cuántas personas habían acudido a ese sitio en busca de respuestas ¿Cuántas veces habían cortado las manos de la niña para pagar el tributo a los dioses?
Tras unos instantes Nilde soltó a su aprendiz y fijó de nuevo sus claros ojos sobre el alastor, extendiéndole la daga mientras la niña volvía a retirarse al fondo de la sala, envolviendo una vez más sus manos en las gastadas vendas.

–La sangre de los inocentes apacigua a los dioses –la voz de la mujer había tomado un tono hipnótico–. Pero has de derramar la tuya si es que quieres develar los misterios que ahí yacen.
Arjen posó sus ojos sobre el desgastado cuenco y la mezcla de sangre y vino que yacía en su interior. Las brasas ardían al rojo, provocando que el líquido empezara lentamente a hervir. Sin pensarlo más el joven tomó la daga con el metálico guantelete y posó su hoja sobre la palma descubierta, trazando un pequeño corte, apenas suficiente para derramar unas cuantas gotas que cayeron sobre el altar. Sin esperar a desperdiciar más, posó su mano sobre el cuenco y cerró el puño, dejando que la sangre fluyera más profusamente. Al instante la roja mezcla empezó a hervir con mucha mayor fuerza, siseando y sacudiéndose hasta que una larga llamarada estalló en su superficie.
–¡Por los tres dioses! –la mujer miró incrédula cuando el fuego rompió por un instante la oscuridad que predominaba en la sala. Las llamas se elevaron por algunos instantes para después reducirse tan rápidamente como surgieron, ardiendo ligeramente con un brillo azulado sobre la superficie de la mezcla. A través del fuego la mirada de Arjen lucía calmada y determinada, mientras que en los ojos de Nilde se veía sorpresa y desconcierto.

Tomó al oráculo unos instantes reponerse de su asombro y recobrar la compostura. La mujer mantuvo su atención fija en el alastor mientras éste remendaba su mano con un blanco pañuelo. La tela se tiñó rápidamente de rojo, pero finalmente dejó de gotear sobre el piso.
–Hay mucho poder en tu sangre, extraño –la pequeña llama finalmente se extinguió y la mujer aprovechó para tantear el metálico cuenco. Su mero roce quemaba la carne, impidiéndole tomarlo con libertad–. Será difícil leer a través del fuego que arde en su interior.
–Pagué su precio –replicó Arjen con seriedad–. No pienso irme sin respuestas.
–Y no lo harás, alastor – Fue el turno de Arjen para caer víctima del asombro. Casi nadie sabía quién era él ni que hacía sirviendo en Ashar, y sólo los hombres de mayor confianza del Rey Jaegar sabían que era un alastor. ¿Sería posible que aquella mujer en verdad fuese un emisario de los dioses?–. Zahal, déjame ser tu ojo una vez más –suplicó Nilde con voz gruesa mientras tanteaba con la punta de los dedos el rojo líquido que yacía en el interior del cuenco. Un instante después dejó escapar un aullido de dolor cuando sumergió ambas manos en la roja mezcla que yacía en el interior del cuenco. La mujer apretó los dientes y trató de controlarse en medio de su agonía, posando las manos sobre la fría roca del altar para trazar extrañas e incomprensibles figuras sobre la obsidiana. Trataba de reprimir su sufrimiento, pero cada vez que devolvía las manos al cuenco, un ardor indescriptible le quemaba la piel y amenazaba hacer lo mismo con su razón. A pesar de ello siguió adelante, cumpliendo con su sacra labor.

–¡Alto! –ordenó Arjen tomándole los brazos–. No seas idiota mujer, te estás lastimando so…
–¡NO! –gritó el oráculo con furia mientras se sacudía con una fuerza mucho mayor a la que correspondía a una mujer de su edad y complexión–. ¡La voluntad de los dioses no debe ser interrumpida!

Con una determinación imperturbable Nilde siguió trazando, moviendo las manos de forma frenética en unos instantes y con el cuidado de un pintor en otros. Parecía como si en verdad estuviese poseída por una fuerza ignota y desconocida que le manipulaba cual si fuese una marioneta. Finalmente, cuando el rojizo líquido empezó a derramarse por ambas orillas del altar, disminuyó su ritmo; sus movimientos se hicieron cada vez más lentos y pausados, deteniéndose sólo cuando el cuenco estuvo vacío. Una vez que el trance terminó Shiri acudió en su auxilio, ayudándole a vendar sus manos.
–Nunca había visto a nadie como tú –reconoció el oráculo mientras recobraba la compostura. Parecía como si tratase de ignorar las heridas que se había infligido a sí misma, pero con el menor movimiento, el dolor le hacía apretar los dientes–. Fue la voluntad de los dioses la que te trajo hasta nosotros.
–Fui yo el que decidió venir –declaró Arjen con enfado–. No tengo nada que ver con los designios de dioses que martirizan a sus seguidores.
–¿Y acaso los hombres son distintos? –preguntó la mujer–. Lo que llamas martirio no es más que un pequeño precio, necesario para romper las ilusiones y vislumbrar la verdad.
–¿Y qué verdad es esa?
–Las verdades sobre ti, alastor –dijo el oráculo mientras posaba las puntas de sus quemados dedos sobre la fría piedra del altar. Arjen no pudo evitar fruncir el ceño. Descubrió que no le agradaba que la mujer hubiese descubierto aquella parte de su persona. ¿Pero qué esperaba? Eso era precisamente para lo que había acudido a ese lugar–. Las verdades sobre tu pasado. ¿No es eso lo que te trajo hasta aquí?
–Te escucho entonces –el joven posó sus ojos sobre las extrañas e informes líneas que la sangre había dejado sobre la obsidiana del altar, preguntándose si en verdad estarían allí plasmadas las respuestas que buscaba.
–Naciste aquí, en Ashar, hace menos de veinte inviernos –comenzó el oráculo mientras fijaba sus ojos sobre los trazos. La llama de la enorme vela en la mano de Zahal les confería un extraño y oscilante brillo–. Pude vislumbrar destellos de una tierra nevada y grandes montañas. Tal vez Freija o Arashel. Tu acento es algo marcado, como el de los arashenos.
–Continúa –solicitó el alastor.
–Pero tuviste que irte lejos –prosiguió el oráculo mientras seguía con la mirada los intrincados trazos de la sangre–. Muy lejos. Abandonaste Ashar en tu niñez… pero no es claro porqué. ¿Huías? ¿Escapabas de algo o de alguien? –el joven mantuvo la mirada fija en la mujer, poniendo toda su atención a cada una de sus palabras–. Abandonaste tu hogar y vagaste en tierras lejanas. Visitaste Crattia y Mysra y en uno de ellos, en una ciudad de grandes edificios, fue que hallaste a tu maestro, un alastor que te enseño sus artes.
Nilde se tomó un momento para observar el rostro del joven, pero su seria y fría expresión no dejaba entrever nada.
–Pero aprender fue un camino arduo y doloroso que te dejó cicatrices –la mujer volvió su mirada a los trazos en el altar–. Las quemaduras en tu brazo izquierdo te forzaron a cubrirlo con esa coraza para hacerlo fuerte. No puedes mostrar ninguna debilidad ahora que finalmente te decidiste a volver –el oráculo se detuvo por algunos instantes, alternando su mirada entre dos secciones del altar, como si buscara un elemento en común–. Ya… ahora es más claro. Tu regreso a Ashar es reciente. Menos de una semana. Aún no visitas tu pueblo natal, ¿cierto? No estás seguro de si la fuerza que tanto sufriste por obtener será suficiente para enfrentar aquello que te orilló a irte. ¿Es eso un hombre o tal vez una meta que buscas alcanzar? No puedo verlo con claridad.
–No importa ya –dijo Arjen con tranquilidad mientras daba un paso atrás–. Agradezco que me hayas recibido.
–Espera –exclamó la mujer con premura–. Hay más. Aquí no sólo hay ecos de tu pasado sino también de tu futuro.
–No me interesa escucharlo.
–Por favor –imploró Nilde con una mirada intranquila–. Es necesario que me escuches. Tú… tu destino está atado al de Ashar.
–Debo irme.
–Serás un gran guerrero –dijo la mujer de todas formas, manteniendo la vista fija en el alastor–. Como ninguno que se haya visto antes en esta tierra, o en ninguna otra. El mismo rey Jaegar reconocerá tu fuerza y te dará un lugar privilegiado en su corte. Tendrás oro, tierras y todas las mujeres que un hombre pudiera desear… pero ojos para una sola. Una mujer que aún no conoces, pero que sacudirá tu vida como nadie ha hecho jamás. Es allí donde deberás decidir, puesto que tu destino no es claro. No puedes tener ambas cosas. El corazón matará tu fuerza y si eliges a esta mujer, tu camino como guerrero llegará a su fin. Si la haces a un lado, estarás por siempre solo, pero serás el más grande alastor que se haya visto en Ashar, Crattia o Mysra. Un guerrero que marcará el destino de este reino en la tormenta que se avecina.

Por un instante el joven y la mujer mantuvieron sus miradas fijas el uno en el otro. Nilde parecía mostrar un dejo de esperanza mientras que Arjen mantenía un semblante más serio y tranquilo.
–Es tiempo de que me vaya –con sonoros pasos el alastor se alejó del altar, dirigiéndose hacia el amplio pasillo que le llevaría de vuelta a la sala principal.
–Espera –dijo la voz de la mujer cuando el joven estaba en la salida de la habitación–. ¿Fueron acertadas mis visiones? ¿En verdad naciste en Ashar?
–No lo sé –respondió Arjen–. No sé de dónde vengo, ni quien era antes de ponerme esta pieza de armadura en el brazo. Por eso vine aquí. Para buscar respuestas. Pero parece ser que ni siquiera los dioses pueden dármelas.

Sin esperar un instante más el joven alastor dio media vuelta y encaminó sus pasos hacia las afueras del templo. Estaba hastiado de la escasa luz de la sala, del dulzón hedor del incienso, de los caprichos de los dioses, de sus profecías, de su interminable sed de sangre, y en especial de sus seguidores. “La fe suele ser la muerte de la razón” le había escuchado decir a su señor alguna vez. Después de presenciar los actos del oráculo y lo que estuvo dispuesta a hacer para trazar su profecía, comprendía la verdad de aquellas palabras.
La primera inhalación del aire del bosque se sintió limpia y purificadora. Los árboles parecían darle la bienvenida, emitiendo un suave coro cada vez que el viento acariciaba sus hojas. La visión de su corcel y la promesa implícita de correr a sus espaldas, de cara al viento, terminaron por devolverle los ánimos. Garret no exageró. Los caballos de Ashar eran en verdad únicos. Nunca antes había tenido el privilegio de una montura tan fina y resistente.
Una sonrisa se dibujó en sus labios al recordar al muchacho.

–Tal vez no está allí solo para vigilarme después de todo –pensó mientras posaba sus ojos sobre el camino. Aunque se consideraba como parte de Drajakard, lo cierto era que el templo estaba rodeado por bosques. Lo único que de verdad le unía a la ciudad era el antiguo puente que cruzaba el río Kajav y en aquel momento no había otro sonido más que el ruido de su cauce. No había nadie en los alrededores y sobre el lodoso camino no se veían más pisadas que las de su propio corcel. Nadie le había seguido. Nadie más que el chico sabía que estaba allí, y al parecer había guardado su secreto. “Un escudero digno” fueron las palabras que Lord Ravarath uso para describirlo cuando lo entregó a su servicio. No había exagerado. Gracias a él ahora tenía su libertad en sus manos. Aunque estaba allí por elección propia, servir en las fuerzas de Ashar no se sentía del todo bien. Pero ahora, sin nadie tras su rastro, era libre para irse. Si en verdad lo deseaba podía cabalgar por los caminos, dirigirse a un puerto y dejar Ashar para siempre.
–¿Tú que piensas? –preguntó al corcel mientras desataba las riendas. El animal le miró y sacudió su cabeza, emitiendo un sonoro relinchido–. Si, lo mismo pensé yo.
El joven alastor puso una bota en el estribo y con un salto subió a su montura, sacudiendo de inmediato las riendas para iniciar su camino de vuelta al castillo.

* * * * *

Cuando abrió la puerta Garret se encontraba allí, durmiendo entre cobijas de pieles, sobre el pequeño camastro ubicado en uno de los rincones de la habitación. El rechinido de las bisagras y las pisadas provocaron que el muchacho se sacudiera inquieto, pero fue el peso del alastor al sentarse sobre las sábanas lo que finalmente le sacó de las brumas del sueño.
–¿…Señor…? –preguntó el chico tras unos instantes. Arjen había posado la vela sobre una pequeña pila de libros que yacían en una mesita, a un lado del camastro. Su luz, aunque tenue, le obligó a entrecerrar los ojos.
–La vi –el alastor tenía la mirada clavada en el rostro del escudero, tratando de dilucidar si en verdad era tan joven como lucía. Si en verdad podía arriesgarse a confiar de lleno en él. Arjen no conocía su propia edad, pero el oráculo no fue la primera en decirle que no llegaba ni a los veinte inviernos. Su propia juventud no estaba en duda. ¿Pero que había de la de aquel muchacho?
–¿Qué le dijo Sir? –el escudero se frotó los ojos mientras se incorporaba para sentarse en el camastro. A pesar del frío que bajaba desde el monte, su delgado torso estaba descubierto–. ¿Consiguió las respuestas que buscaba?
–En cierta forma –Arjen dejó escapar una leve sonrisa, sin dejar de notar que Garret volvía a llamarle Sir–. Pero no con ella.
–No le entiendo –los verdes ojos del chico mostraban confusión–. ¿Qué fue lo que le dijo?
–Le pregunté sobre mi pasado –comenzó el alastor–. Me dijo que había nacido aquí en Ashar, que había viajado por el mundo y conocido a un gran maestro que me enseño sus artes. También me hablo sobre mi futuro. Me aseguró que llegaría a ser un gran guerrero…
–Yo sé que lo será –interrumpió el chico incapaz de contener su entusiasmo.
–…que el mismo rey Jaegar me haría miembro de su corte y que cambiaría para siempre el destino de Ashar.
–Podría ser cierto –insistió Garret–. Sólo los dioses saben que pasará en el futuro.
–También me dijo que conocería una mujer –el alastor dejó escapar una exclamación de burla–. Una mujer que “sacudiría mi vida como nadie” o algo así.
–Ohh… –el semblante del muchacho mostró un dejo de decepción, pero se obligó a sonreír–. Es natural. Un guerrero como usted merece la más fina de las doncellas.
–No –dijo Arjen volviendo su mirada al muchacho–. Todo eso no eran más que patrañas. Toda su palabrería sobre el destino, sobre ser un gran guerrero, sobre la doncella, solo eran los delirios sin sentido de una fanática. Esa mujer era una loca. Y yo debo haber estado igual de loco para cabalgar hasta allí a escuchar sus sandeces.
–Pero…no entiendo –inquirió el chico–. Dijo que había conseguido respuestas.
–Así fue –con un semblante serio Arjen se acercó y posó su mano izquierda sobre la mejilla del muchacho, entrelazando su mirada con la suya. Garret se sonrojó e instintivamente se llevó la mano al rostro posándola sobre la del alastor. El metal que la cubría no era frío, sino que tenía una suave calidez, cual si fuera su propia piel.

Por un instante ambas figuras permanecieron en silencio, con las miradas fijas uno sobre el otro. La luz de la vela se reflejaba sobre los grandes ojos esmeraldas del muchacho, otorgándoles un enigmático brillo. El semblante de Arjen parecía serio y determinado, pero mostraba también una calidez que Garret no había visto antes.
–Desde que estábamos en el barco he notado como me mirabas –dijo Arjen, rompiendo el silencio–. Al principio creí que tu lord te había asignado a mí para vigilarme, pero… ahora no lo sé. ¿Tú pediste esto?
–Sir…yo… –balbuceó el muchacho mientras la sangre se le subía al rostro, incapaz de retirar su mirada del alastor. Inconscientemente mordió su labio y su mano apretó con más fuerza, como si tratara de sentir más cercana la calidez que emanaba del metálico guantelete.
–Otra vez diciéndome Sir –Arjen esbozo una tenue sonrisa.
–Lo siento señor, yo… –se disculpó el muchacho, manteniendo sus ojos fijos en los de su señor. A pesar de sus palabras habría efusividad en su semblante y una sutil pero dulce sonrisa dibujada en sus delgados labios.
–Olvídalo –Arjen retiró su mano de la mejilla del joven y entrelazó sus dedos con los suyos–. Puedes llamarme como quieras.
Garret le miró con una expresión emotiva, apretando su mano en respuesta. Incapaz de contenerse más, cerró los ojos y se arrojó al frente, encontrando sus labios con los del hombre al que admiraba. Sus brazos le rodearon con una instintiva ansia, buscando el calor de su cuerpo. Atrás quedaron todas las dudas, todas las sospechas, los temores y las precauciones. Arjen se dejó llevar por el rojo delirio que el muchacho despertó en él, palpando la piel de su torso desnudo, respondiendo a su abrazo con una fuerza y un cariño nacidos de una necesidad que desconocía; una necesidad que hasta ahora había permanecido oculta, muy hondo en su interior.
Con cada instante que pasaba ambas figuras se entrelazaban y se estrechaban con más fuerza, besándose profundamente mientras sus manos acariciaban y se aferraban con una pasión que parecía inagotable. Los instintos de Garret le gritaban que se quedase allí, envuelto por siempre en el calor de esos brazos. Pero al mismo tiempo quería ver el rostro de aquel hombre, perderse en el ámbar de sus ojos y la natural fiereza de sus rasgos. Por un instante halló la fuerza necesaria para separarse y volver a cruzar sus miradas. La tierna sonrisa del chico y su devota mirada acentuaron su delicado semblante. Cuando habló, su voz despertó una calidez perdida y olvidada en el interior del alastor.
–Está bien… Arjen.

¿Quieres más relatos de fantasía? Descubre a otros autores de fantasía en el Proyecto Golem

May 202015
 
 20 mayo, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , , , , ,  4 comentarios »

La primera gota de luz que cayó poderosa sobre la Tierra, sirvió para curar toda la oscuridad en la que se encontraba inmersa. Aún tardó mucho tiempo en calentarla lo suficiente como para poder despertar así la vida que había congelada en ella. Todo era agua y tierra, y en el lugar donde cayó la primera gota, nació entonces el fuego.

Muy lentamente fueron creciendo los árboles bajo las nubes y a sus pies la hierba cubrió el suelo.

-Despierta- dijo la primera voz.

Y tuvo que repetirlo varias veces.
Relatos de Fantasía - Sleipnir
Entonces, la figura que yacía enterrada entre los musgos, aparentó moverse. El cuerpo desnudo, que no parecía de carne, se fue incorporando despacio hasta ponerse finalmente de pie, y el cabello largo dejó caer las hojas que lo habían ocultado, permitiendo ver unos suaves brazos, manos y pies.

Miró a su alrededor y vio más seres que parecían proceder de las cortezas de los árboles, de los musgos del suelo y de las hojas de las ramas que la rodeaban. Incluso algunos se fundían con el agua. Lo primero que hizo inconscientemente fue oír una voz en su cabeza y preguntarse qué estaba pasando, qué era ella y qué era lo que había a su alrededor.

Escuchó lo que decidió llamar silencio, y justo después sonidos extraños del bosque que llevaron a su cabeza nuevas preguntas.

Caminó entre aquellos seres como ella que se mostraban dormidos mientras aguantaba la respiración.

-Ven- escuchó.

Sintió entonces algo extraño en el pecho, unos leves golpes que se aceleraban, algo que la hizo detenerse y preguntarse si debía continuar avanzando.

-No tengas miedo.

Miedo. No sabía lo que era eso. En realidad no sabía lo que era nada, y sin embargo decidió seguir caminando.

-Aquí, un poco más adelante- dijo de nuevo la voz.

Tocó los árboles que dejaba atrás a su paso apoyándose levemente en ellos y la espesa corteza húmeda le agradó, al igual que el olor a tierra mojada. El suelo se convirtió con lentitud en hojas secas a medida que avanzaba, y se fueron quebrando con pequeños chasquidos bajo sus pies hasta llegar finalmente al centro del bosque, donde no había tierra abajo ni cielo arriba. El lugar de donde provenía esa voz.

-Al fin has despertado.

Miró a un lado y a otro y notó que aquellos golpes en el pecho iban cada vez más despacio. Se preguntó por qué.

-Puedes hablarme. Mueve tus labios para que los pensamientos que llegan a tu cabeza puedan salir. Pero cuidado, no digas todo lo que piensas. Con el tiempo sabrás que es mejor no

hacerlo.

-¿Qué soy?- fueron las primeras palabras que surgieron de su boca.

-Eres el principio. Una mujer. El primer nacimiento.

-¿Qué eres tú?

-Lo sabrás cuando hayamos terminado. Tu nombre será Embla.

-¿Qué es un nombre?

Se escuchó una suave risa lejana.

-Todas las cosas que te rodean tendrán un nombre, incluida tú misma.

Embla miró arriba y abajo. No debía decir todo lo que pensaba, pero no sabía por qué.

-¿Para qué lo necesitan?

-Para cobrar sentido. Si las cosas no tienen nombre no tienen sentido- sentenció la voz.

Sin embargo, ¿cómo decidir qué preguntar primero?

-¿Le pondrás nombre tú a todas las cosas?

-No. Tú tendrás que ayudarme- respondió la voz-. Lo primero que harás será encontrar a Ask. Es igual que tú, pero él es un hombre. Ambos provenís de los árboles y juntos seréis los

progenitores de la humanidad.

-¿Cómo voy a ayudarte?

Eres un ser humano. Te haces preguntas, deseas buscar las respuestas. Los pensamientos llegan a tu cabeza, eres capaz de interpretarlos, de inventar, de sentir. Puedes aprender y transmitir lo aprendido, incluso sobre cosas que no puedes ver ni tocar.

-¿Igual que no te puedo ver a ti?- giró de nuevo la cabeza tratando de encontrar a quien hablaba.

-Eres un ser humano- repitió-. No necesitas ver para creer. Te dejarás llevar por tus pensamientos y sentimientos para lo bueno y lo malo. Tú y los que serán como tú.

-¿Tú tienes un nombre?

-Lo tuve, sí. Ahora solo debes escuchar mi voz, ésa que a lo largo de los siglos se oirá en otras bocas transmitiendo las mismas palabras. Palabras de hombres que hablarán de profecías y conocerán por inspiración divina las cosas distantes o futuras. Pero también habrá otros que predecirán hechos futuros bien por casualidad o bien utilizando sus dones para deducir lo que es lógico. Cada uno de ellos tendrá un nombre. Algunos se harán llamar profetas, otros videntes o chamanes, y un sinfín de denominaciones que los humanos irán creando.

-¿Por qué lo harán?

-Muy pocos estarán inspirados por los Dioses. Ellos les designarán como sus mensajeros para llevar la palabra a los hombres. Otros lo harán utilizando sus conocimientos para que los que sienten miedo busquen su consuelo, algunos incluso para utilizar a las masas ignorantes a su antojo.

Y tanto unos como otros como el resto de los mortales, dudarán en algún momento, se harán preguntas, sentirán miedo.

-¿Por qué sabes todo eso?

-Porque todo destino está escrito. Tarde o temprano, lo que tenga que ser, será. No habrá un solo hombre capaz de luchar contra lo que los Dioses han designado para ellos. Aún así lo

intentarán. ¿Ves eso de ahí? La mujer miró a su alrededor.

-Es Yggdrasil, el árbol del poder, de la vida. Hay nueve mundos sostenidos cada uno de ellos por una de sus nueve raíces. Él sujeta tanto a los mundos exteriores como a los que existen bajo la tierra. Uno de ellos es de fuego y otro de oscuridad y niebla. Entre esos dos reinos hay un gran caldero de agua burbujeante llamado Hvergelmir, que alimenta las aguas de los doce grandes ríos que flotan sobre el gran abismo vacío. Estás ante el nacimiento de un nuevo mundo después de que el otro haya sido destruido.

-¿Quién lo ha destruido y por qué lo ha hecho?

-Fue la batalla entre los Dioses y los gigantes. El porqué de la destrucción es algo complejo.

Todo hombre, gigante o dios tiene sentimientos. Amor, odio, deseo de poder o de venganza, y toda una espiral que lleva perpetuamente al mundo a destruirse una y otra vez, al ser humano a destruirse una y otra vez. De ahí que las profecías sean constantemente las mismas pero dichas a través de otras voces.

-¿Por qué sabes tantas cosas?

Solo hay que observar la vida de un único hombre y descubrirás que todas las vidas son iguales. Todo es un ciclo perfecto. El hombre nace, crece, ama, siente el dolor, se hace preguntas, busca respuestas, se defiende de quien le daña, lucha para conseguir satisfacer sus deseos, sueños y necesidades…pero por más que luche, ame y odie, al final muere. Puedo predecir cada vida de cada hombre que habrá sobre la Tierra.

-¿A dónde irá cuando muera? ¿Yo moriré también?

-Tu morirás, pero tu nombre nunca lo hará. Será recordado por los siglos de los siglos pasando de boca en boca a través de la palabra de todos aquellos que dictan las profecías y también de los que las creen. Por eso necesitas uno, Embla.

-Entonces, ¿no vas a decirme quién eres?

Mi nombre fue y es Odín, y me aparezco ante ti tras la batalla del destino de los Dioses, la mayor de las profecías, el Ragnarok. Tanto gigantes como hombres y Dioses lucharon en la batalla final, incluso los espíritus de los muertos en la batalla se unieron y terminaron con el mundo entero. Hoy nace de nuevo. Yo os di a ambos el hálito vital, la vida física y el alma; Vili os dio el ingenio y las emociones y Ve los sentidos y el habla.

Ahora un nuevo ciclo comienza, como decían las profecías. Algunos Dioses sobrevivieron y otros resurgirán del mundo de los muertos para sentarse en el que fue mi trono en el Valhalla de los cielos. Existirán moradas que contendrán el alma de los muertos, habrá un nuevo cielo y las almas de buena y virtuosa voluntad vivirán en los mejores lugares. Habrá sitios horribles en el inframundo, donde jamás llegará la luz del sol. Y los hombres y los Dioses crearemos un lugar donde vivir en paz y armonía.

-¿Entonces el mundo no volverá a destruirse?

-Lo hará una y otra vez, y lo profetizarán una y otra vez, tantas veces como hombres nazcan, sientan, razonen y mueran. Ahora ve en busca de Ask, lo encontrarás al final del bosque, donde comienza el mar extenso, flotando sobre las aguas.

Embla continuó caminando hasta que el suelo bajo sus pies se volvió polvo fino de arena y allí, como Odín había predicho, encontró el cuerpo desnudo del hombre. Entonces no vino a su

cabeza pregunta alguna, pero en el pecho aquellos rápidos y leves golpes comenzaron a notarse de nuevo.

 
¿Quieres más relatos de fantasía? Descubre a otros autores e ilustradores de fantasía en el Proyecto Golem

May 132015
 

―¿Qué diablos está haciendo? ―susurró Géndel a Bardasa mientras ambos soldados observaban la intensa actividad del profeta, un hombre ya entrado en años ataviado con ropajes oscuros y desgastados, tan anchas las mangas de su camisola que bien algún día podría errar al colocársela e introducir por una de ellas el delgado tronco en lugar de un brazo.

―No te asustes ―respondió imitando el tono de voz de su compañero―. Reconozco que la primera vez impresiona, pero ya he tenido que visitarle en varias ocasiones y no correremos peligro desde la puerta.

El viejo, pues su melena por entero canosa, las profundas ojeras y las ya aparentes arrugas en su rostro permitían describirlo como tal, se movía veloz de un lado a otro de la amplia estancia, que a su vez era dormitorio, estudio y prisión.

―Pero, ¿es cierto lo que dicen, que está loco de atar?

―No me corresponde a mí afirmar la veracidad de dicho rumor, aunque tú mismo puedes ver que muy normal no es que sea. Ahora, piensa un momento en esto: ¿es él el loco, por su extraña forma de actuar y sus divagaciones sobre supuestas visiones del futuro y la interpretación de antiguos manuscritos, o lo es aquel que se cree lo que sale de su desdentada boca?

―¡Por todos los dioses, Bardasa! ―intentó no elevar demasiado la voz, aunque de haber gritado a pleno pulmón sus palabras, probablemente, el viejo no les hubiera hecho el menor caso, tan concentrado se encontraba en sus quehaceres―. ¿Entiendes el alcance de lo que acabas de soltar? ¡Es nuestro mismo rey el que lo mantiene aquí encerrado, el mismo que ha ordenado que vengamos hasta aquí!

―No he dicho que nuestro monarca esté loco por creer a este que tenemos enfrente.

―Pero lo has dejado caer… ―El nervioso soldado echó ligeros vistazos a su espalda, temeroso de que alguien pudiese oírles, pero nadie subiría sin una buena razón la escalera que por único fin tenía aquellos aposentos.

―Tranquilízate, ¿quieres? Sólo te he hecho una pregunta.

―Vale. Entonces, te diré que todo el mundo tiene derecho a creer en una cosa u otra, sin que otra pueda, o deba, juzgarlo. ¿O puedes probar que lo que este hombre asegura que va a ocurrir es mentira?

―Mi trabajo no consiste en averiguarlo.

―Venga, Bardasa. Solo es una pregunta…

El nombrado miró de reojo a Géndel y así se mantuvo inmóvil algunos segundos, incomodando sobremanera a su compañero.

―Está bien ―respondió devolviendo la mirada al viejo, el cual reía a carcajadas y daba algunos saltos sobre la cama antes de avanzar despacio y a grandes zancadas hacia el desordenado escritorio, del que recogió una pluma, mojó esta en un enorme tintero y comenzó a hacer ciertos garabatos en el suelo―. La primera vez que vine a este lugar, el profeta nos entregó un papel en el que dibujó una especie de pájaro con las alas extendidas, del mismo color negro que la tinta con la que está enguarrando el suelo en este momento. Además, bajo el ave dejó un amplio borrón y una serie de letras saliendo del pico.

―¿Qué palabras? ―preguntó el curioso Géndel.

―”Ja, ja, ja”. Esas fueron las palabras.

El más joven clavó sus ojos en el suelo, a unos pocos pasos de donde se encontraban. Así permaneció un instante, hasta que una clara idea se materializó en su mente, relacionada esta con cierto emblema en el que aparecía un cuervo en pose amenazadora.

―¡La invasión del reino de Tarkas!

―Bueno, es lo que se interpretó cuando tres meses más tarde de entregarnos el dibujo, en efecto, el rey de Tarkas envió sus tropas hacia la frontera de ambos reinos con la firme intención de anexionarse parte de nuestro territorio.

―Entonces, ¡no está loco!

―Vaya, te veo muy emocionado.

―¡¿Cómo no estarlo?! Ese hombre es capaz de ver el futuro.

―Puede ser…

―¡Vamos! ¿Lo pones en duda? Vio el futuro y nos avisó de ello. Ahora lo veo claro. Ahora entiendo que nuestro monarca lo mantenga aquí, bajo su custodia, para anticiparse a cualquier problema que surja.

―Eso estaría muy bien, genial, en serio, si realmente hubiese podido hacer algo antes de que el enemigo nos atacara. Por contra, con dibujo o sin él, la reacción de nuestro rey fue de sorpresa. Tuvo que hacer frente a dichas tropas sin estar preparado para ello, sobre la marcha, y perdimos algunas aldeas. No creo que haga falta que te lo recuerde.

―Bueno… Pero es un hecho que lo vio. Quizá en esa ocasión no valiese para mucho, aunque estoy seguro de que este hombre será muy útil para otras tantas. ¡Ve el futuro!

―Sí, un futuro diferente según quién interprete sus visiones.

―¿Qué quieres decir?

―Quiero decir que tras recoger su papel, bajamos a toda prisa las escaleras para informar a nuestro superior más inmediato y, durante el paso por el pequeño puente hasta la siguiente torre, sentí algo en mi hombro derecho. Se trataba de la cagada de un pájaro, descubriendo en lo alto un cuervo que graznaba como si se riera descojonado tras acertarme de lleno con su proyectil. ¿Vio el futuro este hombre? Pongamos que sí. ¿Pero qué futuro vio? ¿El del ejército de Tarkas o el del cuervo y su regalo?

Géndel se quedó con la boca a medio abrir, sin saber qué responder. El profeta, por su parte, se acercó a él de cuclillas, le agarró de una de las muñecas y tiró suavemente de ella, indicándole que le acompañara.

Bardasa asintió con la cabeza a su compañero de armas y este, tragando abundante saliva, comenzó a andar hacia el escritorio, deteniéndose a escasos pasos para observar las líneas de tinta del suelo.

Giró su cabeza a la derecha; a la izquierda; caminó hacia un lado; entrecerró sus ojos y se llevó una mano a la barbilla; terminó de rodear el extraño dibujo…

Tras varios minutos, en los que el viejo se sentó en su cama, movía jovialmente las piernas arriba y abajo y mantenía una perpetua sonrisa que permitía comprobar la total ausencia de piezas dentales, Géndel regresó junto a Bardasa, indicándole que debían irse. Así hicieron, cerrando la puerta con llave al salir.

―Desde donde yo estaba ―inició Bardasa a fin de romper el tenso ambiente creado entre ellos, observando de reojo el pálido semblante de su compañero―, solo pude ver montones de líneas curvas. Eso sí, me pareció advertir una especie de corona a un lado. Por tu expresión, ¿crees que el rey está en peligro… o qué interpretas tú?

Géndel lo miró muy serio, pero ninguna palabra salió de su boca. Continuó andando, cada vez con zancadas algo mayores, hasta que, finalmente, comenzó a correr desbocado. A Bardasa le cogió del todo por sorpresa dicha reacción y procuró darle alcance, aunque era muy rápido. Aún así, no le costó averiguar cada esquina doblada por su compañero, atendiendo a aquellos a los que empujó o los puestos del mercadillo con cuyos elementos colisionó.

La persecución duró poco, una vez que miró hacia el interior de una vivienda por la que un segundo antes se introdujeran, veloces, hasta tres soldados. A su izquierda vio a Géndel, sujeto con gran dificultad por otros dos hombres. A la derecha había alguien más, retorciéndose boca abajo en el suelo, de cuyo rostro daba la impresión de surgir toda aquella sangre que regaba los viejos tablones bajo el mismo. Y al frente, apoyada en el marco de la puerta que debía dar al dormitorio, una mujer con el cuerpo tan solo cubierto en parte por una fina sábana. Por último, a los pies de ella, una corona.
Relatos de Fantasía - Mujer en alcoba
Bardasa miró la cara de la chica y al instante comprendió el dibujo que el profeta hiciera en el suelo de su alcoba. Incluso ahora reconocía la extendida mancha de nacimiento de la mujer en el borrón del supuesto rostro de la figura representada por el viejo. ¿Sería posible que en realidad no se tratara del tipo de interpretaciones que todo el mundo hacía, a su conveniencia, de los dibujos del profeta, que de verdad este hubiese sido tocado por la gracia de los dioses y fuera capaz de hacer predicciones a tener en cuenta, incluso adivinar cosas que de otro modo le sería imposible conocer?

Géndel fue conducido fuera de la morada por cuatro soldados, cada uno sujeto a una extremidad distinta, mientras otros guardias ayudaban al rey a ponerse de pie. Esa nariz rota tardaría un tiempo en sanar y el maquillaje no ocultaría del todo los moratones. No era el momento de informar al monarca de la predicción del profeta, pero, ¿qué distinta interpretación le daría este? Más adelante lo sabría. Más adelante.

¿Quieres más relatos de fantasía? Descubre a otros autores de fantasía en el Proyecto Golem