Sep 162015
 
 16 septiembre, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: ,  Sin comentarios »

Yánder comenzó a abrir los ojos con suma dificultad. Confuso, las primeras imágenes le llegaron bajo un suave velo rosado. No tardó en entender que se trataba de su propia sangre emborronando su vista, proveniente de una herida en la frente que debía tener una profunda relación con las punzadas de dolor que sufría.

Intentó incorporarse, aunque tener las manos atadas a la espalda no ayudaba en absoluto. Fue tras varios intentos, mientras se zarandeaba hacia atrás y hacía uso de sus piernas, cuando al fin logró adoptar una mejor postura, sentado sobre el suelo y apoyada la espalda en la cercana pared.
Relatos de Fantasía - Calabozos
Poco a poco, algo más definidas las formas de cada objeto a su alrededor, comprendió que continuaba en los calabozos, lugar al que acudió junto a su subordinado más inmediato para comprobar el estado de uno de sus más recientes prisioneros. Aún no había normalizado su visión, pero era capaz de distinguir las rejas de las celdas a cada lado del pasillo bajo la tenue luz arrojada por las lámparas de aceite.

Una serie de preguntas se sucedían en su mente, sin tiempo para contestarlas mientras cada una solapaba la anterior. ¿Qué había pasado? ¿Por qué se encontraba maniatado? ¿Quién fue el autor de semejante acción? No obstante, las respuestas llegarían pronto.

Al frente oyó lamentos que surgían de distintas gargantas. Sin embargo, no se trataba del sonido al que se había acostumbrado a oír en aquellas dependencias. Lo notó… distinto. La intensidad, el volumen… No había gritos que clamaran ser liberados, una nueva ración de comida o su propia inocencia ante los hechos por los que fueran encarcelados. En su lugar, aun siendo voces también desesperadas, el dolor mostrado era más profundo, involuntario. Yánder no supo interpretarlo, no al menos hasta que sus ojos fueron capaces de advertir los bultos a no demasiados pasos de su posición, cadáveres a los que no pertenecían dichos lamentos. Aquellos eran soldados, los destinados a custodiar a los prisioneros. Se lo indicaron las livianas y oscuras armaduras, aún más negras sí cabía entre aquellos húmedos muros.

El corazón del suboficial volvía a latir a gran velocidad. Así, haciendo acopio de fuerzas renovadas, logró ponerse de pie. Ahora disponía de un mayor campo visual del pasillo, en el que contó hasta seis cuerpos, todos inertes sobre extensos charcos de sangre. Entendió por ello que los continuos lamentos que aún seguía oyendo provenían del siguiente tramo de los calabozos, girando a la derecha al fondo del pasillo en el que se encontraba.

Maniatado como se encontraba, dirigió sus pasos hacia la puerta que le llevaría escaleras arriba en dirección al siguiente nivel, donde podría ser liberado de sus ataduras. Por contra, el acceso estaba cerrado a cal y canto. Le dio la espalda, se puso de puntillas y agarró el tirador con sus manos, pero, por más que lo intentó, no consiguió mover la hoja ni un solo centímetro.

Un terrorífico alarido captó toda su atención, quedando inmóvil y con la vista puesta en el fondo del pasillo durante algunos segundos. ¿Qué debía hacer? En su situación no era rival para nadie y parecía claro que allí de donde procedían los gritos debería enfrentarse a algo o alguien en absoluta desventaja. Por otro lado, tenía la opción de esperar a la llegada del relevo de los guardias cuyos cadáveres descansaban a sus pies, aunque tampoco sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente y si el siguiente turno accedería a los calabozos antes de que su integridad física se viera aún más comprometida.

Dudó un poco más, pegada su espalda a la puerta, cuando un nuevo alarido, más agudo y espeluznante que el anterior, inundó los calabozos. No, no podía quedarse allí parado, arriesgándose a perder la cordura mientras su imaginación empeoraba cada vez más la situación. Quizá, sólo quizá, no fuera mala idea, o no del todo, asomarse por la esquina y comprender a qué se enfrentaba. Sólo por eso, por entenderlo, avanzó con lentitud entre los cuerpos de los guardias muertos. En ellos vio profundas heridas a través de las cuales los abandonó su sangre. No obstante, lo más extraño fue comprobar que se hubieran desprendido de algunas partes de la armadura, lugares como los brazos en unos, piernas en otros e incluso el pecho en el más alejado, desprotegidas articulaciones que los terribles cortes casi cercenan.

Al fin alcanzado el término del corredor, pegó un hombro a la esquina, procurando no dejar demasiado de sí a la vista. Sus ojos no pudieron sino abrirse de par en par ante lo que divisaban.

En el nuevo espacio, teñido de rojo suelo y paredes, no sólo le conmocionó encontrar más cadáveres, en mayor cantidad y pertenecientes a todas luces a los presos, por sus harapos como vestimenta, sino ver que las cabezas y otros miembros quedaban desperdigados sin orden alguno a lo largo del pasillo. Sin duda, el autor o autores de dicha masacre debieron darse prisa a la hora de despachar a los guardias, los verdaderos rivales a batir en los calabozos, mientras a los prisioneros les dedicaron mayor tiempo y esfuerzos.

Los sollozos y gemidos crecieron en volumen, mucho más cercanos ahora. Sin embargo, el suboficial no vio al frente al causante de tal horror.

Movido por la sinrazón, pues de hacerlo en sus cabales no hubiese dado un sólo paso hacia delante, comenzó a sortear los irregulares pedazos humanos mientras sus pies se empapaban de la sangre acumulada en las grietas y agujeros del suelo. A los lados, abiertas las oxidadas puertas de las amplias celdas en las que sus ocupantes se encontraban encadenados a columnas y paredes, divisó aún más cuerpos mutilados, algunos aún agonizantes que dejaban escapar la vida con dolorosa lentitud por las heridas recibidas.

Con la boca a medio abrir, temblorosos los ojos mientras cambiaban de objetivo, Yánder no entendía la causa para producir semejante tormento. Delincuentes de poca monta la mayoría, asesinos algunos y estafadores y ladrones otros tantos, pero ya se encontraban cumpliendo condena por sus delitos; no era necesaria esta matanza, violenta y cruel, despiadada e inhumana contra personas que no podían haberse defendido.

Detuvo su avance un momento, cuando oyó el agudo chirriar de una de las puertas de barrotes. No supo si se abría o cerraba, no en un principio, pero poco importaba cuando ante él se materializó una alta y corpulenta figura vestida con su misma armadura. Y se había percatado de su presencia, tras lo cual giró su cuerpo hacia él. Sus movimientos eran lentos, mostrando una tranquilidad que Yánder no creía posible en una situación como esa.

Durante un breve periodo de tiempo, ninguno se movió, siendo el recién surgido de una de las celdas del fondo el que tomó la iniciativa. Levantó sobre su cabeza un descomunal hacha, que hasta el momento había pasado desapercibido para su observador, y lo bajó veloz hacia un hombre tumbado a sus pies, cuya vida debía pender del más fino de los hilos, al descubrir Yánder que se trataba de una de las personas que aún gemía, hasta que la ensangrentada hoja seccionó su tráquea. La cabeza rodó un par de pasos a un lado y el verdugo levantó una vez más su arma, apoyándola a continuación a su derecha.

La saliva se acumulaba en la boca del maniatado, ocupado en tragarla antes de ahogarse con ella, a la par que el sonido de su trabajosa respiración debía llegar hasta el dueño del hacha, que, de nuevo con pausados movimientos, se deshizo del yelmo. El terror tenía rostro, uno muy conocido para Yánder, pues reconoció en él a un compañero de armas con el que casi había compartido sus diecisiete años de carrera en el ejército.

Las palabras se agolpaban en su mente y su lengua se trababa, imposibilitándole articular una sola palabra coherente, ante lo cual sonreía divertido el de enfrente. Este dio algunos pasos hacia Yánder, mostrando en su grave voz una tranquilidad desquiciante.

—Pareces sorprendido, compañero.

Al fin, con la sangre helada y un más que aparente temblor en sus piernas, Yánder acertó a contestar.

—¿Por qué? ¿Por qué has hecho esto?

—¿Y por qué no?

¿Existía alguna peor respuesta para darle? Lo conocía bien como militar, tras los duros días de entreno como soldados o durante la intensa instrucción para lograr el ascenso hacia la escala de suboficiales. Pero ese hombre… tenía algo extraño, todos lo veían. Nunca participaba de las juergas en las que los compañeros reforzaban su amistad, ni mantenía ningún tipo de conversación cuando alguien procuraba saber algo más de él. Frío y solitario, destacaba como combatiente y poco más les interesaba a los altos mandos, pero nadie se preocupó por conocer los misterios que se guardaba sobre sí mismo. De dónde procedía; qué había sido de él antes de ingresar en el ejército; si tenía familia… No sabían nada de él.

Ahora, Yánder, sin duda golpeado por él mismo nada más poner un pie en los calabozos, era testigo de una auténtica pesadilla que como autor tenía a aquel por el que nadie se interesó más allá de sus capacidades para la lucha, y en su cabeza algo no debía ir bien. ¿Cómo puede armarse a una persona que es capaz de protagonizar tal horror? ¿Es que nadie podía haberlo visto venir? ¿O había una razón lógica para lo que había sucedido?

El corpulento hombre seguía avanzando hacia Yánder, levantando el hacha cuando alcanzó el punto medio del pasillo para sujetarlo con ambas manos.

—¿Qué motivo hay para hacerles esto? —volvió a preguntar mientras aún escuchaba algunos lamentos y jadeos—. ¿Qué bien puedes sacar de esta masacre?

Sus párpados se cerraron un poco más, a la par que inclinaba levemente la cabeza y apretaba con mayor fuerza sus manos sobre el mango.

—Soy malo… y me gusta.

Yánder ya no hacía caso al desbocado corazón que amenazaba explotar en el interior de su pecho, ni al sudor que empapaba por completo su cuerpo bajo la armadura recién estrenada un par de semanas antes, cuando al fin consiguiera el tan deseado ascenso. Sus piernas flaquearon y cayó de rodillas, con la vista puesta en los ojos de un auténtico demonio. A continuación, ningún sonido llegó hasta sus oídos y la vista se le nubló una vez más, esta vez por lágrimas en lugar de sangre. Al frente sólo vio una mancha oscura, la cual evitaba, por su cercanía, que la luz de la más cercana de las lámparas incidiera sobre él, al tiempo que sintió el frío contacto del hacha sobre su cuello.

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Jul 102015
 
 10 julio, 2015  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , , , ,  2 comentarios »

«Estoy paseando. El suelo está cubierto por adoquines de cinco puntas. Me siento tan bien que sonrío sin motivo. Veo a una chica pidiendo en una esquina. Está muy sucia. Llora. Me acerco y le dejo una moneda en la mano. Qué ojos tan azules. Me recuerdan a los míos.

»Siento que me arden las entrañas y se me va la sonrisa. Algo me muerde el estómago, retorciéndose en mi interior como una anguila. La luz de una estrella me ciega, por lo que no puedo ver qué está ocurriendo. Repica una campana. Me llevo las manos a la barriga y encuentro un asidero al que agarrarme justo cuando las piernas van a dejar de sostenerme.

»Un cristal tintinea, claro su sonido entre la algarabía de voces que preña el aire.

»De repente se aclara mi visión y puedo verme las manos. Las tengo rojas, empapadas, agarradas con desesperación a unas muñecas gruesas y fuertes. Un cálido manantial se derrama sobre el empedrado gris, encharcándolo lentamente.

»Ahora lo entiendo: me estoy muriendo. Es un puñal lo que tengo dentro.

»Sigo con la vista el contorno de los brazos de varón que están sujetos a mis entrañas y, cuando pienso que voy a ver la cara de mi asesino, me desplomo.

»Hay una polvera rota justo delante de mis ojos y, en uno de los fragmentos que quedan del espejo, me veo la cara. Mi propia cara, rodeada de pies que caminan en todas direcciones. El corazón me da un vuelco al ver que no tengo ojos. En su lugar tengo dos conchas de nácar cuyo interior refulge con remolinos de colores.

»Es increíble. Llevo un vestido azul muy bonito. Es increíble que esté limpio. Es increíble…»

Relatos de Fantasía - Puerto en llamas

Anadí emergió bruscamente de la pesadilla y se llevó una mano al corazón, respirando agitadamente, cubierta por un sudor frío como siempre que tenía uno de aquellos sueños en los que siempre moría. Eran tan reales, tan vívidos, que no parecían sueños, pero este había sido todavía más terrorífico porque se había visto la cara y era su propia cara. Las pocas veces que se había visto a sí misma en una de aquellas pesadillas había visto el rostro de otra persona, no el suyo propio, como si estuviera dentro de otro cuerpo.

Sabía lo que aquello significaba: iba a morir en los próximos días. Estaba tan aterrorizada que no osaba ni moverse. Así ocurría cuando soñaba con la muerte de alguien. Nada podía cambiarlo.

Anadí sufría esa maldición desde niña. Por su culpa moría la gente que estaba a su alrededor. Si ella soñaba, alguien moría. Como le dijo su madre cuando la echó de casa, tenía al demonio dentro, estaba maldita. Por eso no se merecía nada mejor que vivir en aquel callejón sucio y apestoso, sola, rodeada de desperdicios de pescado. Así esperaba no hacer daño a nadie.

Como cada día, se puso en pie y caminó hasta la esquina de la Décima Avenida. Allí se sentó y extendió la mano para pedir limosna a los transeúntes, que se apartaban de ella como si tuviera la lepra hasta que se fijaban en su cara. Como cada día, lloró quieta y en silencio, sincera y profundamente. Ella, que era sucia e indigna, sabía que no se lo merecía, pero todo aquel que la miraba se acercaba para dejarle una moneda en el regazo por alguna razón. De todas formas, muy pronto tendría lo que se merecía: una muerte horrible. Al menos iría ataviada con un vestido limpio y bonito por una vez en su corta vida.

* * *

Delfina, nerviosa, abandonó el mercado con el cesto a rebosar de pescado y verduras. A pesar de ser menuda caminaba más deprisa que el resto de la gente, volando sobre los adoquines con forma de estrella. Esta noche volvería a ver a su hijo predilecto. Al fin. Para celebrar su graduación pensaba prepararle un festín con sus platos favoritos. Cayó en la cuenta de que se había olvidado la albahaca y se dio la vuelta.

Entonces un soplo de viento le trajo una pestilencia tan horrible que hasta perdió el equilibrio. Al principio miró con asco a la chiquilla harapienta de la que procedía, pero después, al ver sus ojos, tan limpios, tan claros, se olvidó del olor y rebuscó una moneda en su delantal.

―Ay, mi niña, pero ¿se puede saber por qué lloras así con tanta pena? ―le preguntó al echarle el dinero, tapándose boca y nariz con el delantal.

La chiquilla no se movió. Siguió con la mano abierta, mirando al infinito. Las lágrimas abrían sendos surcos en la densa mugre que le cubría el rostro.

―¿Y no será, golondrina de mar, que tienes un hambre desa mala, de la que duele? ¡Mírate, pero si estás toa canijita! ―añadió Delfina, dejándole con cuidado una zanahoria en la mano.

―Ziempre eztá azí ―dijo un hombre ancho que pasaba por allí―. Nunca habla ni mira a nadie. A vecez vienen unos gamberroz que le roban el dinero y ni ze mueve.

―¡Por las olas de los mares! ¡Oi, oi, oi, qué malajes! ―exclamó Delfina mientras hacía que no con la cabeza―. Por larpargata de Marea, ¿y se puede saber qués lo que la pasa? Es sólo una niñita.

―Nadie lo zabe. ¿No vez que no habla? Apareció y ahí eztá.

―¡Ay, pero qué desgraciaíta! Me mata a mí de pena. Mírala ahí, toda llenita de roña ella hasta las cejas. ¿Pues sabes qués lo que voy hacer? ―Confirmó su decisión con la cabeza, gesto que acentuó su papada―. A lo peor marrepiento, pero me la llevo a la casa, ar menos una noche. Si no la roña es que me se la come enterita. Pero qué lástima. A mí es que me rompe er arma esta niña, es que no lo puedo soportar. ¡Si no me la llevo, como si lo viera, hoy no duermo!

―De la mar el mero, de la tierra el cordero ―agregó el hombre encogiéndose de hombros.

* * *

Barvío entró en casa y dejó caer al suelo el petate. Las viejas tablas crujieron en señal de protesta. El olor a comida le hizo la boca agua.

―¡Yastoy en casa! ―gritó alegremente con el pecho henchido de orgullo.

Después de un año, volvía a casa graduado como soldado de las Gaviotas Argénteas y esperaba un recibimiento por todo lo alto. Por delante le esperaba un futuro glorioso, y a su familia también. Sin embargo, al ver que nadie aparecía, su boca se torció en una mueca de indignación.

―¡Que yastoy en casa digo, mujeres! ―gritó de nuevo, malhumorado.

―¡Ay, diosa mía, que yastá aquí mi niño querío! ―chilló una voz impregnada de emoción.

Al punto apareció corriendo una mujer rechoncha con lágrimas en los ojos que se lanzó sobre el joven para cubrirlo de besos mientras lo manoseaba sin tregua. Él sonrió, satisfecho.

―¡Ay, mi niño preferío! ¡Ay, ay, ay! ¡Yastá aquí er hombre de mi casa! ¡Yastá aquí la sal de mi corasón! ¡Alina, sar ara mismo a recibir a tu hermano mayor! ―gritó alzando la cabeza hacia atrás, con una acritud que restalló como un látigo en contraste con el amoroso tono que prodigaba a su hijo―. ¡Pero mira, mira, oi, oi, qué gallardo! ―Le pasó la mano por la pechera del uniforme―. ¡Un sordao en la familia! ¿No es er hombre que querría toa mujer casadera? ―preguntó dándose la vuelta.

Barvío vio, plantada en la entrada de una de las habitaciones, a la joven a quien iba dirigida la pregunta. Se quedó sin habla. Era más hermosa que una espada y tenía los ojos más azules que la mar. Su vestido verde le marcaba los incipientes senos de forma tan sugerente que Barvío se quedó obnubilado.

―¿Quién es? ―preguntó apartando a un lado a su madre para acercarse a la muchacha.

―Ay, hijo mío, no sé cómo se llama, lancontré cerca del mercao. Yo la llamo mi Golondrina de Mar. ¡Alina, ¿no te dicho que sargas duna vé?! Es que no habla, está mudita o argo la pobre.

―Es… mu guapa.

―Ara sí, pero tenías caberla visto antes… ¡Sa quedao er agua der barrí más negra quel jopo un burro! ¡No sabes lo que tenío que restregarla con sar pa quitarle er olor a pescao! Ara se la ve ques una mujercita casadera.

―¿De dónda salío? ―continuó indagando Barvío mientras daba una vuelta alrededor de la muchacha, olisqueándole el pelo. Ella, con la mirada perdida, no parecía darse cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor.

―Estaba en la calle, pidiendo, y tanta pena me dio que me la traje a la casa. Mañana la llevo ar templete, a ver si la mare Estela puede ocuparse della. ¡Pero vamos! ¡Tós a la mesa que la comía está lista! ¡Alina, ¿vienes ya o voy a tener que ir y traerte de los pelos?!

* * *

Alina, que temía con ansiedad este día desde hacía tiempo, se armó de paciencia y salió de la habitación, resignada a tener que aguantar la retahíla de su madre. Se pasaría días halagando a Barvío y echando pestes de ella. Suspiró, metió en un bolsillo el mazo de cartas del tarot con el que se ganaba la vida, se puso las pulseras de conchas y fue al comedor.

No esperaba encontrarse invitados.

―¿Quién es? ―señaló anonadada. Luego saludó sin mucho ánimo―: Ah, hola Barvío.

Su hermano, mientras se metía en la boca un enorme pedazo de pan, emitió un gruñido como respuesta.

―¿Es ques esa manera de saludar a tu hermano después dun año sin verle? ¡Ara es un sordao! ―restalló su madre.

―No, Derfina ―contestó Alina mecánicamente.

―¡Ay, esta niña me mata a disgustos! ¡Tu hermano sa graduao en las Gaviotas! ¡Le debes un respeto, niña!

―Perdón, hermano mayor. ―Alina se puso en pie e hizo un torpe simulacro de reverencia, haciendo que las conchas que adornaban su pañuelo tintinearan al chocar entre sí. Su hermano daba cuenta de la comida a manos llenas sin quitarle ojo a la misteriosa invitada―. Es tó un acontecimiento tenerte en casa otra vé.

―¡Y no me llames Derfina que soy tu mare! ¡Te lo tengo dicho!

―Sí, madre.

Alina estaba hipnotizada por aquella muchacha. Había algo muy raro en ella, a parte del hecho evidente de que estaba quieta como una estatua; ni sus ojos se movían. No, era otra cosa. Alina, con los años, había aprendido a fiarse de su viva intuición. Se daba cuenta de cosas de las que nadie más se daba cuenta, y estaba segura de que esa muchacha tenía algo.

―Ay, pero cómeme un poquito, anda, mi Golondrina de Mar ―susurró Delfina acariciando el pelo de la muchacha―. ¿No tienes gusa? No puede sé, si estás sequita perdía.

La joven continuó estática pero, cuando Delfina le abrió la boca y le metió un pedazo de pescado con los dedos, masticó.

―¿Por qué llora? ¿No le gusta el pescao? ―preguntó Alina.

―¿Pero qué dices, hija? ―Delfina siguió la mirada de su hija y dio un respingo al ver las lágrimas de la muchacha. Rápidamente se las secó con el dorso de la mano―. Ay, no, no llores. ¿Qué le pasa a mi Golondrinita? Seguro que sa emocionao de lo buena questá la comía de la Derfina, ¿a que sí? Es ca saber cuánto hace que no come en condiciones la pobre.

―A lo mejor llora de no parpadear ―sugirió Barvío, quien por primera vez tenía la boca vacía desde que se había sentado a la mesa―. Es raro: no parpadea nunca.

―Voy a echarle las cartas ―sentenció Alina haciendo sitio.

―¿Ara? ―Delfina se inclinó hacia delante para mirar con interés cómo su hija barajaba. Alina se dio cuenta, con regocijo, de que su madre se había mordido la lengua para no soltarle un rapapolvo. Su madre sabía que tenía un don para leer las cartas y era evidente que, como ella, tenía ganas de saber algo más de la joven.

―Tiene que tocarlas ―afirmó, acercando la baraja a la muchacha y mirando a su madre, que se sentaba entre ambas. Meció la cabeza para apartarse el cabello de la cara y las conchas repicaron. Delfina cogió la mano inerte y la colocó encima del mazo.

Al hacerlo, sus manos se rozaron.

Las cartas cayeron sobre la mesa en tropel, cubriéndola con sinuosos dibujos de bestias extrañas y criaturas marinas. Una carta que tenía dibujada una golondrina de mar cayó de pie en la boca del pescado más grande que había en la fuente.

Se había quedado ensartada en uno de sus dientes.

* * *

«Adoquines de cinco puntas. El sol, tibio y perfumado de albahaca, me acaricia la piel. Es una sensación maravillosa. Me doy la vuelta, riendo, llena de felicidad. Me miro en el espejo y la luz que desprenden mis ojos de nácar me ciega. De pronto un abrazo inesperado que tintinea. No entiendo por qué arden mis entrañas y me quedo paralizada.

»Tañe una campana. Gente brillante camina alrededor. No tengo fuerza en los dedos. Les quiero hablar, pero la voz se me quiebra como cristal. El abrazo es demasiado fuerte.

»Ahora lo entiendo: estoy bailando. Hay una música, no sé por qué no la había escuchado antes. Conchas. Me recuerda a la mar. Me recuerda a la playa de las conchas. Danzo sin tocar el suelo, hasta el infinito, hasta la muerte. Conforme danzo y danzo, el remolino de agua en que se ha convertido mi vestido azul se extiende, inundándolo todo de fuego líquido.

»Es increíble. Jamás un hombre me había sacado a bailar. Es increíble que sea tan dulce. Es increíble…»

Anadí se cayó de la silla y emergió bruscamente de la pesadilla. Jamás había tenido una estando despierta. ¿Dónde estaba? Vio que, sentados alrededor de una mesa y con cara de espanto, había una mujer regordeta, un hombre corpulento y una muchacha. Las conchas que adornaban los brazos de la muchacha tintinearon cuando se puso de pie. Entonces, al escuchar ese sonido, recordó.

―Las visto ―sentenció Anadí, mirándola―. ¡Tú también estabas allí!

―Debes impedirlo a toa costa ―sentenció la chica de las conchas.

―¡Nadie puede cambiarlo! ―gritó Anadí entre lágrimas.

―Tú puedes. No hay duda.

―¡Estoy mardita! ―chilló al borde del colapso.

―¿Mardita? A ti ta elegío la diosa del mar. Los ojos de nácar son su señal, ¿es que no lo ves? Tienes quimpedirlo o argo malo nos pasará a tós.

―Ay, Marea, apiádate de nosotros, tus pobres fieles, y líbranos de las corrientes tenebrosas y los malos oleajes ―rezó la mujer rechoncha. Aterrada, besó la caracola que llevaba colgada al cuello.

―¡¿Qué?! ¡Tú no lontiendes, lo que veo no se puede cambiar! ―repitió.

―Sí se puede. Si no lo haces, estamos tós condenaos. Eso, por mi mare aquí presente, te lo prometo y te lo puedo yo asegurar.

Anadí se llevó las manos a la cara y lloró a lágrima viva, muerta de miedo.

* * *

Delfina se movió otra vez, rezando en silencio. Llevaba un buen rato dando vueltas en el jergón y no había manera de dormirse. Una sensación de terror se le había pegado a la piel como los tentáculos de un pulpo y no era capaz de desprenderse de ella desde que su hija le había contado lo sucedido. ¡Una profeta! ¡En su humilde casa! ¡La niña que había recogido de la calle era una profeta!

Delfina adoraba a la diosa del mar, pero estaba aterrada hasta el tuétano. Al alba pensaba a llevar a la muchacha a la iglesia del mar. Allí sabrían qué hacer.

Volvió a besar la caracola y salió de la cama. Iba a salir de la habitación cuando vio, a través de la puerta entreabierta, cómo su hijo cruzaba el pasillo en la oscuridad con una palmatoria en la mano.

* * *

Barvío, titubeando, dio un paso adelante y después se dio la vuelta. Se debatía entre su cabeza y su corazón. La primera le decía que volviera a su cuarto y el segundo que siguiera avanzando en la oscuridad. El cosquilleo que sentía más abajo de la cintura acabó por inclinar la balanza y llegó hasta la puerta. La abrió en silencio y se quedó paralizado ante la belleza de la muchacha. Le pareció que dormida era incluso más guapa que despierta. Una pátina, brillante a la luz de la vela, le cubría la piel.

Barvío se acercó al jergón, se arrodilló y acercó una mano temblorosa.

Un fuego incontenible le abrasó por dentro.

* * *

Alina, en el cuartucho destartalado que era su habitación, tiró las cartas una última vez antes de acostarse y suspiró, llena de preocupación. El mismo resultado. Desde que había tocado a Anadí siempre salían las mismas cinco cartas en el mismo orden: la golondrina de mar, la gaviota de plata, los dioses gemelos del mar, el puñal del corsario y la ola gigante. Ella sabía que no auguraban nada bueno.

Tenía que convencer a la muchacha de que sólo ella podía cambiar el destino aciago que se les echaba encima.

Tenía que ayudarla como fuera.

* * *

«Salgo de casa y echo a andar por la avenida. Hace un día maravilloso.

»Me miro el vestido: azul, precioso. Estoy tan bonita con él que sonrío de felicidad. El aire huele a albahaca. Cojo la polvera para mirarme y, a través del pequeño óvalo en el que se reflejan mis ojos de nácar, veo a una chica que corre hacia mí, a mis espaldas.

»Tardo en darme cuenta de que soy yo misma. Parezco asustada.

»Es increíble, voy en camisón por la calle.

»Me doy la vuelta para comprobar con mis propios ojos que lo que veo en el espejo es real y, justo en ese momento, me arqueo hacia delante porque algo se me clava dentro. Algo húmedo y caliente que me desgarra como una sierra.

»Caigo de rodillas, sin fuerzas. Mi vestido se ondula, derramándose sobre el suelo a una velocidad espantosa. En un instante estoy bajo el agua, ahogándome bajo fuego líquido. No puedo respirar.

»Suena una campana. Me arde la piel. No puedo respirar.

»No puedo respirar.»

Anadí salió de su profundo trance plagado de horrores y un dolor punzante la atravesó desde el centro de su ser. Intentó dar una bocanada de aire pero no pudo. Se estaba asfixiando bajo una gigantesca presión pegajosa. Algo se movía encima y dentro de ella, en la oscuridad.

Un grito despedazó la quietud de la noche, rompiéndola en pequeños fragmentos. Era suyo. De repente la presión sobre su cuerpo desapareció y pudo respirar otra vez. Tras boquear dos veces, se tiró al suelo y gateó desesperada, buscando una salida.

El fresco aire de la noche, al entrar en contacto con el sudor que la cubría, la despejó. No sabía cómo había llegado a la calle. Confusa, descalza y en camisón, arrancó a correr y la oscuridad de los callejones de Circania se la tragó.

* * *

Delfina, que estaba sumida en un sueño ligero e intranquilo, despertó de golpe. Aterrorizada y con pulso tembloroso, encendió una vela y se asomó al comedor. La llama derramaba sombras por todas partes y ella, agarrada a la caracola que pendía de su cuello, veía espectros agazapados en cada una de ellas, dispuestos a arrancarle el alma.

―Por los santísimos gemelos del mar, ¿se puede saber ca sío eso? ―preguntó a sus hijos, que también habían salido de sus habitaciones―. Parecía el grito dun ahogao.

―¡Derfina, nostá! ―gritó Alina, nerviosa, tras mirar en la habitación donde dormía Anadí.

―¿La Golondrina?

―¡Sí!

―¡Santa mare de los mares! ―Delfina estaba pálida―. ¡Ha desaparecío en plena noche! ¡No era una profeta; era un fantasma!

* * *

Barvío, muy tranquilo, señaló la puerta abierta de la casa.

―Parece que sa ío.

Alina lo miró fijamente, los ojos convertidos en finas rendijas.

―¡Tú las hecho argo! ―sentenció abalanzándose sobre él.

―Pero qué dices, loca ―dijo con cara de desprecio. Con uno solo de sus fuertes brazos le bastó para protegerse de los golpes de su hermana y mantenerla a una distancia prudencial―. Si yostaba en la cama.

―¡Niña, ¿pero se puede saber qué haces?! ¡¿Es que quieres quemarnos vivos a tós?! ―Delfina apagó rápidamente la vela que ardía en el suelo de madera y, acercándose a su hija, la cogió por el brazo―. ¿Es cas perdío la cabeza?

―¡Ha sío él, Derfina! ¡Sé ca sío él! ―chilló Alina.

―¡Cállate ya, niña! ¡No diga eso! ¿No vé que la niña esa de la calle estaba loca? ―escupió―. ¡Cómo puedes pensar que tu hermano sería capaz dacerle argo! ¡Es tu hermano y es un sordao donor!

Alina se quedó paralizada y murmuró para sí misma:

―Un sordao de las Gaviotas Argénteas… La carta… ―Entonces lo entendió―: ¡La gaviota de plata! ¡Sestá cumpliendo ya! Primero la golondrina, luego la gaviota, y ara vienen los gemelos del mar… ¡Tengo quencontrarla!

Alina salió disparada hacia su cuarto.

Delfina miró a su hijo con las cejas alzadas y negó con la cabeza. Con cada zarandeo su papada se bamboleó.

―Ha perdío la cabesa ―dijo acariciándole la ancha mandíbula a Barvío. Luego lo cogió de la mano―. Ven, mi niño. Apuesto a que tanto tonto alboroto ta dao hambre, ¿a que sí?

Barvío sonrió y dijo que sí con la cabeza.

―Como decía mi mare, tu abuela, que la mar la tenga en su gloria: muerto el perro sacabó la rabia. ―Cogió un pescado asado y lo estampó contra el plato con rabia―. Ara que la loca esa sa marchao, vamos astar tranquilos otra vé. En buena hora se mocurrió traérmela a la casa.

Barvío se quedó mirando a la puerta abierta, pensando en el dicho que acababa de decir su madre.

* * *

Alina, tras vestirse apresuradamente, salió a la calle con un quinqué. ¿Dónde estaría Anadí? Recordó que su madre había mencionado que la había encontrado cerca del mercado, así que fue en esa dirección. Mientras corría, tiritando a causa de la brisa marina, se devanó los sesos pensando en las cartas.

Los gemelos del mar… ¿Qué podían significar?

Marea, la diosa del mar, femenina mujer de cintura para arriba y pez de cintura para abajo, con los pechos cubiertos por brillantes conchas de nácar, era la protectora más querida por los pescadores, que en todos sus barcos tenían un pequeño altar donde pedirle aguas tranquilas y próspera pesca. Rezándole siempre que podían, intentaban apaciguar sus repentinos ataques de ira, pues eran conscientes de que era mujer voluble y caprichosa. Cuando estaba contenta era dulce y amable, trayéndoles con sus corrientes abundantes peces y vientos favorables. Cuando estaba enfadada, rencorosa y seductora como era, podía ser mortalmente traicionera, ya fuera en forma de repentinas tormentas o de corrientes insalvables.

Su hermano gemelo, Piélagos, fornido hombre de cintura para arriba y pulpo de cintura para abajo, era dueño de la vastedad del océano y señor de los abismos marinos. Numerosas estatuas hacían honor a su majestuosidad por toda Circania. La mayoría no se acordaba de él habitualmente, pero era temido por su crueldad, capaz de crear furiosos oleajes y de arrasar la tierra con olas gigantes, o de enviar a enormes criaturas marinas capaces de hundir fácilmente incluso a los barcos más grandes.

A Alina no se le ocurrió cómo relacionar con su entorno a los dioses gemelos.

El puñal del corsario estaba claro que era el asesinato.

Y la ola gigante… La ola gigante era lo que le ponía los pelos de punta. Estaba segura de que significaba una catástrofe que azotaría Circania si no conseguía impedir la muerte de Anadí.

Mientras corría sin cesar pensando en todo esto, se percató de que estaba a punto de romper el alba.

* * *

«Digo adiós con la mano y bajo la escalinata blanca. No hay ni una nube en el cielo.

»Camino sobre adoquines con forma de estrella. Una muchacha me mira y le sonrío. Lleva un precioso pañuelo rojo lleno de conchas.

»Suspiro de puro placer cuando me envuelve un aroma de albahaca. Saco la polvera. Veo a la chica de las conchas que corre detrás de mí. Tiene una mano extendida. Dice algo.

»Voy a darme la vuelta cuando, de repente, salgo volando. Alguien grita mi nombre. Todo negro. Me duele la cabeza. Hay una chica en camisón que lucha con un hombre armada con un palo, lanzando una sucesión de golpes desesperados que no consiguen hacer blanco. No puedo ver la cara del hombre porque está de espaldas, pero algo brilla en su mano.

»Todo negro. Me duele la cabeza. No puedo levantarme. Tengo algo sobre mí. Es increíble: tengo encima a una chica que tiene mi propia cara. Sonríe.

»Algo me muerde en el cuello. Se me cierran los ojos mientras noto la humedad que me cubre rápidamente.

»Redobla una campana. Fuego líquido. Me arden los pulmones y se me abrasa la piel.»

Anadí se incorporó súbitamente. Se había quedado traspuesta. Estaba en un callejón en el que se debía haber parado a descansar la noche anterior. Le dolía la entrepierna y, al llevarse allí la mano, vio que la tenía manchada de sangre.

El alba rompía, iluminando los canales de Circania. Un navío surcaba el agua. Su espolón era una mujer con cuerpo de pez: la diosa del mar. Aspiró profundamente el salitre marino y se puso en pie, ignorando el dolor.

Pensó en Alina y buscó alrededor. Encontró un palo de escoba.

Ya no tenía miedo. Sabía lo que tenía que hacer.

* * *

Delfina se dispuso a salir a hacer unas compras. Fue al cuarto de su hijo para decirle que tenía el desayuno en la mesa y se extrañó al ver que no estaba ahí.

―Mi niño querío ―susurró llena de orgullo, llevándose una mano al pecho―, qué madrugador sa vuerto.

* * *

Barvío siguió a la muchacha entre la gente, desde una distancia prudencial. Le pareció que estaba guapísima con ese vestido azul. Había tardado mucho menos de lo que esperaba en dar con ella. Necesitaba contarle que no había querido hacerle daño, que sólo había ido a su habitación para mirarla un rato, pero que antes de darse cuenta de lo que hacía estaba dándole su amor.

Resuelto, aceleró el paso. ¿Y si le pedía que se casara con él?

Vio que la muchacha iba en dirección a un puesto de guardia. La frente se le perló de sudor.

Sabía que tenía que impedir que le contara a nadie lo sucedido. Sabía que lo que había hecho estaba mal, y que si llegaba a saberse lo arrestarían. Eso sería el final de la carrera de soldado que con tanto esfuerzo había iniciado. Y el final de su familia.

Apresuró aún más su caminar, se ajustó la capucha para taparse la cara y, lentamente, sacó un puñal.

* * *

Alina, situada bajo las ramas de dos grandes árboles, vio a la muchacha vestida de azul pasar frente a ella por la calle. Anonadada, estuvo a punto de abordarla, pero algo la detuvo en el último momento. Quizá fue su sonrisa. Al verla, la muchacha le había sonreído y había seguido su camino como si no la reconociera. Se parecía increíblemente a Anadí, pero estaba segura de que no era ella.

―Los dioses gemelos… ―murmuró.

Y, convencida, se puso a seguirla entre la gente.

* * *

Anadí, conocedora como nadie de los atajos más rápidos y solitarios que cruzaban la ciudad tras años viviendo en ellos, no tardó en llegar al sitio donde solía pedir. Sabía que el camisón manchado de sangre habría llamado demasiado la atención y que seguramente alguien la habría detenido con buenas intenciones, pero ella tenía una cita con el destino a la que no podía faltar, y sabía que esa cita era hoy.

Siguió con la vista los adoquines con forma de estrella y corrió hacia el mercado. Sólo se detuvo cuando la envolvió el aroma de albahaca de un puesto que había no muy lejos de allí.

Desde las sombras de su lóbrego y apestoso callejón escudriñó el gentío, ignorando los desperdicios de pescado que se le colaban entre los dedos de los pies.

Allí estaba.

La muchacha del vestido azul.

El corazón le dio un vuelco al ver que eran tan parecidas como dos gotas de agua. Por un momento pensó que estaba soñando, pero un recuerdo lejano se abrió paso en su mente. Una sensación familiar que la inundó por dentro. No sabía cómo era posible, pero sabía que la muchacha del vestido azul era su hermana.

Su hermana gemela.

Como surgido de la nada, se le ocurrió un nombre: Analó.

Y supo que ese nombre lo cambiaría todo.

* * *

Delfina, que entraba en el mercado para hacer su compra diaria, vio a su hijo entre el gentío. Iba tapado con una capucha, pero habría reconocido esos andares gallardos en cualquier parte del mundo.

―¡Hijo mío! ―gritó. Pero no pareció oírla porque no se detuvo, así que, tratando de colarse entre la gente, corrió para alcanzarlo.

* * *

Barvío pensó que, entre tanta gente, nadie se daría cuenta si apuñalaba furtivamente a la muchacha por la espalda.

A tan sólo unos pasos de distancia, apretó los dedos alrededor del puñal. Gracias a su instrucción como soldado sabía dónde lo tenía que clavar. Parecía tan fácil que le entraron unas ganas locas de reír.

La muchacha se dio la vuelta de repente y a Barvío se le paró el corazón al pensar que había visto el cuchillo. Sin embargo, la chica había sacado una polvera y estaba distraída abriéndola. Barvío suspiró aliviado al darse cuenta de que se había dado la vuelta para ponerse de espaldas al sol.

Decidió que lo mejor sería abrazarla al clavarle el puñal para que nadie viera lo que hacía y se dispuso a lanzar el golpe mortal en el mismo instante en que ella iba a mirarse en el espejo.

―¡Cuidado Analó! ―gritó una voz por encima del ruido ambiental.

La muchacha no llegó a mirarse en la polvera. En vez de eso, vio el puñal que tenía a un palmo de distancia y que iba directo a su estómago.

Barvío, al ver que la muchacha le miraba a los ojos, se paralizó un instante.

Un instante vital.

La polvera cayó al suelo.

* * *

Alina, que al ver al hombre del puñal corría en pos de la muchacha del vestido azul gritando para alertarla, vio que Anadí aparecía al lado de él, surgida como de la nada y armada con un largo palo. Asestando un furioso y rápido golpe en la muñeca del hombre, hizo que el puñal desviara su trayectoria lo suficiente como para que no llegara a hacer blanco en la muchacha vestida de azul.

Alina llegó hasta ella y la puso a sus espaldas, apartándola de la lucha que se libraba delante de ambas. Se quedó paralizada al ver la cara del hombre: era su hermano.

Alina no salía de su asombro al ver cómo luchaba Anadí. La frágil muchacha, convertida en una experta en combate cuerpo a cuerpo, preveía cada uno de los mortales golpes de Barvío y los detenía eficazmente con el improvisado bastón.

Acompañando su último golpe con un grito desesperado y furioso, Anadí tumbó a Barvío, que cayó al suelo, inerte. El palo se había quebrado al hacer blanco en su sien derecha.

* * *

Anadí, respirando agitadamente, se quedó quieta al ver caer al asesino. No se lo podía creer: por primera vez había cambiado el curso del destino. Gracias a sus sueños había podido prever todos y cada uno de los golpes y tumbar al corpulento hombre que la había forzado hacía unas horas. Alina tenía razón, sí que podía cambiar las cosas.

La gente se había apartado al ver la lucha, haciendo un cerco alrededor. Buscó los ojos de Alina y sonrió con expresión de incredulidad.

En el total silencio tañó la campana de la iglesia y un escalofrío la recorrió.

―¡Anadí! ¡Cuidado! ―gritó Alina.

Delfina estaba delante de ella armada con el puñal de su hijo.

―¡Mi niño! ¡Asesina! ―gritó la mujer fuera de sí. Se había colocado delante del cuerpo de Barvío, dispuesta a protegerlo.

Anadí arrojó al suelo el trozo de palo que le quedaba y se apartó de la mujer con las manos en alto, pero Delfina no parecía dispuesta a dejar las cosas así.

―¡Mardita loca! ¡Has matao a mi niño! ―chilló, y se lanzó hacia delante para darle una puñalada.

Pasado el momento de triunfo, Anadí volvía a sentirse la misma chica frágil y desamparada que vivía en los sucios callejones de los alrededores del mercado, incapaz de hacer nada por sí misma. Había logrado salvar a su hermana gemela, pero era incapaz de defenderse, así que apretó los ojos y esperó.

Sin embargo, la cuchillada no llegó.

Al mirar vio que alguien se había puesto delante de ella para protegerla, y que había recibido la puñalada en su lugar: Alina.

―No ―gimoteó.

Delfina, con los ojos muy abiertos, soltó el puñal y cayó llorando sobre su hija.

En ese momento llegó la guardia de la ciudad.

* * *

Analó miró a su hermana y sonrió. ¡No se podía creer que la hubiera encontrado! Robada cuando sólo era un bebé, hacía tantos años, nadie de la familia pensó jamás que volvería a verla. Y ahora estaba ahí, con ella. La cogió de la mano.

Su padre, el gobernador de Puertofino, el puerto más importante de toda Circania, estaba dando un discurso desde la tarima situada entre las marmóreas estatuas de los dioses gemelos. Una enorme cantidad de gente se agolpaba en los muelles, ansiosos por empezar la celebración. No cabía ni un alma. A la luz de la luna y de los pebeteros que ardían por doquier, el lugar resplandecía, imponente. Barcos de todo el reino habían venido a Circania a pasar la noche, y sus velámenes y banderas ondeaban al viento tras el gentío, anclados en el puerto, con sus cubiertas abarrotadas de marineros.

Analó se sintió extrañada cuando el tañido de la campana de la iglesia, que normalmente le encantaba, le puso los pelos de punta. Desde donde estaba, la estatua de Marea parecía mirarla con sus ojos de piedra directamente a ella.

Percibió un leve olor en el aire que provenía del canal a sus espaldas, casi imperceptible entre los fuertes olores que saturaban el ambiente. Se desasió de la mano de su hermana para mirar por la balaustrada. Algo la extrañó en el reflejo de la luna sobre el agua. Había algo que lo empañaba.

Impulsada por una corazonada, se subió a la balaustrada y siguió el curso del agua hasta el muelle, arreglándoselas para pasar a través de los niños y los pebeteros. Había tanta gente que no había otra forma de pasar. Allí vio claramente la pátina oleosa que cubría el agua y que parecía filtrarse, en grandes cantidades, entre los tablones de una enorme embarcación, a la altura donde debía estar la bodega.

Aceite. Una enorme cantidad de aceite espeso envolvía todos los barcos del puerto y se extendía por todos los canales que se adentraban en la ciudad. No estaba segura, pero algo le decía que era altamente inflamable.

Entonces lo vio: un niño que había en la balaustrada, a cierta distancia de ella, que estaba jugando con uno de los pebeteros ceremoniales y estaba a punto de hacerlo caer al canal. Si caía incendiaría el aceite, y con él arderían todos los barcos. El puerto entero se convertiría en un infierno en llamas. Cundiría el pánico y, con la cantidad de gente que había, a Analó, que era inteligente, no le costó mucho imaginar lo que sucedería después.

Como poseída por una fuerza inusitada y una destreza gatuna, corrió a grandes zancadas por la balaustrada, saltando sobre los niños que había sentados y rodeando, no sabía cómo, los pebeteros sin quemarse.

Justo cuando el pebetero que el niño había empujado caía al vacío, ella llegó hasta él. Lo detuvo con un sencillo movimiento de la mano y suspiró de alivio.

Percibió un repentino silencio. La gente, incluido su padre, que la había visto volar sobre la balaustrada como una loca, la miraba.

―¡Apagad todos los fuegos! ―ordenó Analó llena de seguridad―. ¡El agua del puerto está llena de aceite!

Anadí entendió en ese instante que, si Analó no hubiera estado allí esa noche, se habría producido una gran tragedia en Circania. Miró a la estatua de Marea y, por primera vez en muchos años, sonrió.

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Oct 272014
 
 27 octubre, 2014  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , , , ,  7 comentarios »

―Mabel, cariño, no te quedes atrás.
La mujer de larga y abundante melena blanca alentaba a su nieta a
continuar. Llevaban andando unas dos horas, habiéndose detenido
apenas cinco o seis minutos tras rebasar los límites de la comarca de
Lídea, la aldea al norte del lago Otamar. La adolescente, muy cerca
de cumplir los quince, estaba acostumbrada a las caminatas de su
abuela, siempre de un lado a otro en busca de diferentes hierbas para
la preparación de infusiones que debían calmar o curar algunos de
los males de todos aquellos que acudían a la mujer de avanzada edad.

No obstante, debía reconocer que ese día se estaban alejando demasiado.

―Abuela, ¿qué buscas que se encuentra tan lejos de casa?
―Tranquila ―dijo a la par que volvía el rostro y le dedicaba una
de sus afables sonrisas―; ya casi hemos llegado.
Relatos de Fantasía - Las cinco legiones
La ladera de la montaña por la que ascendían estaba repleta de rocas
asomando por la superficie y la mujer tenía que realizar algunos
breves rodeos hasta rebasarlas, siempre hacia el este. Así llegaron al
punto más alto, tantos metros por encima de su aldea que si esta se
encontrara a la vista apenas diferenciarían unas casas de otras.

Mabel se acercó a su abuela. Esta, de pie e inmóvil, observaba un
inmenso valle oculto entre montañas mucho más altas que la que
ellas coronaban. Ya a su lado, Mabel la imitó, recuperando el aliento
perdido mientras se fijaba en cada detalle del lugar, desconocido por
completo para ella.

Apenas había árboles en el valle, aunque los pocos que vio poseían
troncos altos y gruesos, agrupado el conjunto a un lado. El resto estaba
cubierto por un manto de hierba no muy alto, de un verde tan vivo
que a cualquiera le haría dudar de la estación otoñal en la que se encontraban.
Algunas rocas, también de considerable tamaño, surgían
del centro mismo de la depresión, rodeadas por un no muy caudaloso
río que cruzaba de norte a sur entre meandros de extrema sinuosidad.

Laria se fijó en los ojos de su nieta y se dio cuenta de que se movían
veloces mientras captaban cada detalle de lo que tenían al frente.

Siempre mostró una gran curiosidad por el mundo que la rodeaba,
desde muy temprana edad, algo que ella agradecía.

―Vamos. Sólo un poco más.

La mujer comenzó el camino de descenso sin atender a las palabras
de la muchacha, que no tardó en seguirla. Sin embargo, no avanzaron
sino un par de minutos más. Laria escogió una roca cuya parte
superior, algo por debajo de sus caderas, iba a servirle de asiento. A
su derecha, Mabel hacía lo mismo con otra algo más baja.

―¿Qué hemos venido a buscar, abuela?
―Algo de gran importancia, cariño. ―Pasó la palma de una mano
por su cabeza, atusando el cabello levemente revuelto―. Dime, ¿qué
te sugiere este lugar?

La chiquilla giró el rostro hacia los árboles y se detuvo unos segundos
en ellos antes de pasar a las rocas. Aunque cualquier otra persona
hubiese afirmado sentir cierta paz y serenidad en dicho paraje,
ella tenía otras sensaciones bien distintas.

―Me sugiere… sufrimiento. ―Los ojos de Laria se abrieron un
poco más y los extremos de sus labios se curvaron ligeramente hacia
arriba. No obstante, fue un cambio tan sutil que la niña no iba a notarlo―.
Este lugar agita mi interior. No es una sensación agradable.
―Me gusta esa especial sensibilidad que demuestras, cariño.
Siempre lo hizo, por eso te he llevado conmigo allá a donde fuera,
pidiendo tu opinión sobre cualquier cosa, procurando mantener viva
esa curiosidad que bulle de tu interior.
»En efecto, este en apariencia tranquilo paraje esconde un secreto
al cual la inmensa mayoría de las personas no podrá acceder en su
vida. Tú, al contrario, sí eres capaz de advertir que algo no va bien,
que sucede algo extraño.
―Y… ¿qué es? ¿Cuál es ese secreto?

La mujer echó un vistazo al frente, acción que imitó la más joven.
No obstante, Laria, a ratos, observaba de reojo a su nieta, atenta a sus
reacciones ante sus palabras.
―Livasa está repleta de leyendas, a cuál más increíble. Una de estas
ubica una reliquia del pasado en algún lugar de estas tierras, un
objeto al que se le atribuye una poderosa magia.
―Una poderosa magia… ―susurró Mabel, que frunció el ceño. Su
abuela, a pesar de haberla escuchado, continuó hablando como si no
lo hubiese hecho.
―Existen numerosos rumores acerca de lo que es capaz de realizar
dicho objeto, aunque los más extendidos versan sobre poderes
que harían invencible a la persona que se hiciera con él. Es la razón
por la que muchos se obsesionaron con su búsqueda, alentados, además,
por las historias contadas en montones de libros repartidos por
el mundo.
―¿Es verdad? ¿Existe ese objeto?
Laria guardó silencio durante algunos segundos, acrecentando la
curiosidad de su nieta.
―Algunos estudiosos de esos antiguos tomos afirmaron con rotundidad
que esa reliquia se encontraba en un valle que muy pocos
conocían, alejado de toda población y en un lugar de poco provecho
por el que nadie se interesaría. Sin embargo, al contrario de lo que
muchos habrían hecho, esos eruditos no marcharon en su búsqueda.
En su lugar, interesados en una confrontación entre los distintos reinos
de Endina, acudieron a los reyes de dichos territorios y les vendieron
esa información.
»Como cabría esperar, los monarcas se pusieron manos a la obra
de inmediato y formaron, cada uno, un enorme contingente con el
que vencer al poderoso demonio que custodiaba el objeto.
―¡¿Hay un demonio en el valle?!
―No, cariño ―rio Laria―. Esa fue la mentira que forzaría a los
reyes a mandar una gran cantidad de soldados. De ese modo, fueron
cinco los ejércitos que se juntaron en este valle, dispuestos a luchar,
fuera contra un demonio u otros soldados, por el objeto que se les ordenó
llevar a su correspondiente monarca.
―Pero abuela, ¿qué reinos eran esos?
―Como ya te he dicho, los que descubrieron la ubicación de la reliquia
querían una confrontación entre todos los reinos. Y la lograron.
En este valle se produjo un terrible enfrentamiento del cual apenas
sobrevivieron unos pocos soldados; los que informarían de todo lo
aquí acontecido a sus respectivos reyes. Estos, desconcertados al
creerse los únicos con la información de los eruditos, pensaron en la
existencia de espías entre sus súbditos, tras lo cual declararon una
guerra abierta en todo el continente.
»El enfrentamiento duró poco más de tres años, hasta que sólo
quedó uno. No obstante, aquel que se alzó victorioso quedó tan debilitado
que se vio fragmentado en diferentes territorios, los cuales decidieron
aislarse de los demás. Así, tal y como esos estudiosos planearon,
la batalla en este valle dio comienzo al fin de todos los reinos
de Endina.
Mabel había fijado sus ojos en los de su abuela durante el último
minuto, pero enseguida los devolvió al valle, el cual creaba poco a
poco un mayor embrujo en ella.
―¿Qué era ese objeto que vinieron a buscar?
―¿Me preguntas qué era lo que los eruditos les dijeron a los reyes
o de qué se trataba en realidad? ―La pregunta intrigó aún más a Mabel,
que no necesitó articular palabra alguna para que su abuela continuara―.

Las leyendas hablaban de una especie de cetro que hacía
realidad casi cualquier deseo del que lo portara, desde crear una barrera
invisible que le protegiera de posibles agresiones hasta el lanzamiento
de proyectiles de cualquier tipo. Se decía que incluso podía
reducir a polvo una montaña en apenas unos segundos.
»Imagínatelo. Para un rey que ambiciona cada vez más poder, ¿no
es algo por lo que merece la pena arriesgar la vida de tantos soldados,
incluso por lo que iniciar una guerra en la que podría perderlo
todo? De ganarla, no habría nadie que se interpusiera en su camino,
no habría nada que no pudiese tener o conseguir.
»Mira esa loma. ―Laria señaló con un brazo una elevación por
encima del grupo de árboles, lugar hacia el que Mabel dirigió la mirada―.
¿No puedes verlo? Decenas de caballos blancos, negros y
marrones descendiendo a toda velocidad hacia el río, con soldados de
reluciente armadura sobre ellos intentando que sus gritos suenen por
encima del resto.
»¿Y al lado contrario? ―Mabel volvió la cabeza hacia la izquierda,
siguiendo una vez más la dirección indicada por su abuela―.
Una multitud de soldados con sus lanzas apuntando al frente, dispuestos
a ensartar en ellas a cuantos enemigos tengan al alcance.
La muchacha giraba el rostro a un lado y a otro mientras Laria
describía la batalla sucedida hacía tanto tiempo. De la cima de las
montañas pasaba su mirada a lo alto de las rocas, donde buenos arqueros
se habían apostado para disponer de una mejor posición en su
búsqueda de nuevos blancos; de aquí a los árboles, entre los que luchaban
soldados diferenciados por armaduras de distintos estilos; de
estos a campo abierto, donde la sangre teñía de rojo la hierba del suelo,
así como el río comenzaba a arrastrar los numerosos cuerpos sin
vida que habían caído en él. Se trataba de un espectáculo dantesco,
una trampa mortal para tantos hombres y mujeres abocados a la pérdida
de su más preciada posesión a causa de la ambición de alguien
que nunca comprendería el terrible error que había cometido al mandarlos
a dicho lugar.

Laria no perdía detalle de su nieta. Sus ojos se movían con rapidez,
sin detenerse más de cinco segundos en cada nuevo lugar observado.
Quizá fuera la fuerza que imprimió a sus palabras o que la imaginación
de la chiquilla le llevara a contagiarse de la esencia impregnada
en el valle, del residuo de tanto dolor entre sus montañas. Sin
embargo, Laria la había llevado hasta allí con un propósito y su reacción
no le estaba defraudando.
―Mabel, ¿cuál era el objeto que había en realidad en el valle?
La muchacha fue cogida por sorpresa por la voz de su abuela, la
cual se había quedado en silencio los últimos minutos. La miró fijamente
a los ojos, tragando saliva mientras en su cabeza procuraba
aclarar las ideas. Se sentía nerviosa, agitada. No comprendía de qué
iba todo aquello y la pregunta que acababa de formular no le ayudaba
a entenderlo mejor.
Mabel no abrió aún su boca. Su mirada regresó al campo de batalla,
hacia un suelo que debió retumbar al trote de los caballos, con
cada rodilla hincada en tierra, tras cada nuevo peso muerto producto
de algún mortal tajo donde la sólida armadura no protegiera al soldado.
Una vez más, revisaba cada accidente del terreno y creyó incluso
oír los golpes metálicos de armas chocando entre sí, los gritos ahogados
por gargantas que dejaban escapar el alma del muerto junto al último
suspiro, hasta el llanto de alguno que no daba crédito a sus ojos
mientras veía a su alrededor los cadáveres de viejos compañeros y
aún mejores amigos.
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. Su corazón se había
empapado de la tristeza del lugar y un terrible nudo se formó en su
garganta, amenazando no dejar pasar el mínimo de oxígeno demandado
por sus pulmones. Aún así, levantó la barbilla hacia donde se
encontraba su abuela, que aún esperaba una respuesta.
―El objeto… ―susurró con dificultad, aunque se esforzó en lograr
que sus siguientes palabras sonaran a mayor volumen y mucho
más claras―. ¿Una urna?
La propia Mabel se sorprendió por la respuesta que acababa de
dar, consciente de que en realidad no debía tener forma alguna de saberlo.
Sin embargo, dicho objeto se materializó de repente en su cabeza,
como si en algún momento lo hubiera visto y fuera ahora cuando
tomaba consciencia de ello. Laria, muy al contrario, se sentía
complacida.
―Puedes verlos, ¿verdad?
La muchacha movió lentamente su cabeza de arriba a abajo, en un
mudo sí al que respondió su abuela con una amplia sonrisa.
―Lo sé, por eso te he traído hasta aquí.
―Pero… No lo entiendo.
―Mi niña, no te asustes. Se trata de una habilidad que posees desde
siempre, aunque tu madre se esforzó en hacer que lo ignoraras.
―¿Que lo ignorara? ¿Por qué? Y, ¿por qué soy capaz de verlos?
¿Por qué ahora?
―Shhh… Tranquilízate ―le dijo con voz calmada―. No es malo
que puedas verlos; eso te hace especial, como muy pocas personas ha
habido en este mundo.
―¿Tú los ves?
―Sí, los veo.
―Y mi madre…
―No, cariño. Al menos, no cuando te tuvo, aunque sí de niña. A
ella le asustaba esta habilidad y decidió no ver. De hecho, tras comprobar
que, con pocos meses, te quedabas embobada mirando hacia
lugares donde en realidad no debía haber nada, hizo lo imposible por
evitar que desarrollaras tu sensibilidad.
―¿Pueden verme ellos?
―Sólo si tú se lo permites.
―Entonces, no pueden hacernos daño.
―¡Claro que no, mi niña! Es algo que quise hacerle entender a tu
madre, pero se negó a escucharme. Por supuesto, cuando descubrió
que tú también poseías esta habilidad, me prohibió que te ayudara a
hacerla crecer.

Mabel guardó silencio unos segundos, con su mente revuelta en un
torbellino de ideas y preguntas que no le permitían aclararse. Al frente
veía a los soldados combatiendo, a los asustados caballos dando
coces a todo el que se le acercaba y las flechas surcando veloces la
distancia a recorrer desde el arco hasta su objetivo. Los gritos, lejanos
ecos que se hacían más notorios allá donde centraba sus ojos, le
obligaron a volverse de nuevo hacia su abuela.
―Y cuando ella murió…
―Todos lamentamos la muerte de tu madre, y yo más que nadie;
¡era mi hija! Pero la vida continúa para aquellos que seguimos aquí,
así que te acogí bajo mi tutela e hice lo que creí mejor para ti.
―Pero no recuerdo haber visto antes a ningún…
Los labios de la joven se mantuvieron separados, aunque ninguna
otra palabra siguió a la última pronunciada. Laria decidió completar
su frase.
―A ningún espectro. Cariño, es muy difícil recuperar esta habilidad
a medida que una persona crece, pero estaba segura de que tras
estos siete años conmigo, comprendiendo que el mundo no se limita
a lo físico que nos rodea, podrías ver una vez más. Para ello, pensé
que este valle y la fuerza del fenómeno que en él se desarrolla te ayudarían
a conseguirlo. Los cinco ejércitos te devolverían tu habilidad,
una habilidad que casi hemos perdido los humanos. De hecho, no conozco
a nadie más, a parte de nosotras, que la posea.
―¿Nadie más?
―Nadie.
―¿Y es importante? Es decir… ¿por qué te preocupaste de que la
recuperara?
―Porque tenemos una responsabilidad con ellos, mi niña. ―Laria
puso una mano sobre su cabeza, como hacía un rato―. Poseemos
este don para ayudarles.
La muchacha frunció el ceño y se mostró confusa. Ante la súplica
de sus ojos por más detalles, Laria decidió ser más concisa.
―Cariño, mira la urna. ―Mabel hizo caso y dirigió sus ojos hacia
las rocas del centro de la depresión. Allí vio nuevamente el objeto
nombrado, una especie de jarrón de perfecta forma circular cuya altura
no superaba las rodillas del arquero más cercano, de boca ancha
y con un par de sencillas asas a los lados. Le dio la impresión de estar
hecho de barro, decorado con dibujos o formas de un rojo intenso
que no acertaba a distinguir desde su ubicación―. Fue depositada
aquí por los mismos eruditos que afirmaban haber encontrado la reliquia
de las leyendas. Desde luego, formaba parte de un plan mayor,
del cual nadie tenía, ni tiene, conocimiento.
»La dejaron en este valle conscientes de que no les costaría convencer
a aquellos reyes de que enviaran a tantos soldados. Muchos
de estos morirían, lo que suponía un doble valor para sus intereses.
Por un lado, conseguirían que los monarcas se enfrascaran en una
guerra global en Endina. Por otro, en esa urna acumularían las almas
de aquellos que iban a morir en el valle.
―¿Sus almas? ¿Para qué?
―Nadie lo sabe, aunque aquí fallecieron muchos más de los que
en realidad necesitaban, pues todos esos que ves luchando en esta
guerra sin fin siguen aquí porque no fueron absorbidos por ese objeto
mágico. Aún más, sólo nosotras podemos verlo; los soldados nunca
fueron conscientes de su existencia, invisible a sus ojos e inmaterial
a sus pasos.
Mabel fijó su mirada en la urna y se sorprendió de ver que los arqueros
la atravesaban una y otra vez mientras corrían sobre las rocas.
Aún sin pertenecer al mundo de los vivos, las fantasmagóricas presencias
respetaban cada elemento del paisaje como si sus cuerpos
aún poseyeran la ya perdida solidez, aunque no hacían lo mismo con
ella. No obstante, aún más extraño le pareció comprobar, por vez primera
desde que los observara, que los caídos se levantaban al poco
de haber sido derribados, reanudando la lucha en el punto en el que
la habían dejado.
―No lo entiendo. ¿Qué hacen aquí?
―El poder de la urna influye en ellos, privándoles de avanzar hacia
el siguiente estado tras su muerte. Pero, como ya te he dicho, estos
no son necesarios para los misteriosos planes de los eruditos. Por
eso siguen en el valle, haciendo aquello que les ordenaron cuando
aún vivían.

La chiquilla observó cómo algunos soldados cercanos se batían
con espadas. En el pequeño grupo estaban representados los cinco
ejércitos y sus combatientes pugnaban por vencer mientras procuraban
no quedar al descubierto de otros que corrieran por su espalda.
Uno de ellos recibió una profundo y mortal corte horizontal por encima
de las caderas y cayó hacia delante. Lo más extraño para Mabel
fue su impresión de que aquel hombre, en su caída, la miró directamente
a los ojos, lo que le hizo dar un leve respingo sobre la pequeña
roca en la que estaba sentada.
―Cariño, sé que no es algo agradable de ver ―añadió Laria al ver
la reacción de su nieta ante semejante espectáculo―, pero no están
muriendo realmente; ya lo hicieron hace mucho tiempo.
Mabel se dio cuenta al instante de que su abuela no había entendido
la razón por la que se había sorprendido y decidió no comentar
nada sobre ello, tan sólo asintió a sus palabras. Sin embargo, no le
quitó ojo al caído, el cual se puso de rodillas al cabo de un minuto,
listo para reanudar el combate una vez más. Y también en esta ocasión,
mientras se incorporaba, echó otro vistazo a la joven, aunque
enseguida volvió a prestar atención a los que le abordaban. Laria, no
obstante, se encontraba mirando hacia otro lugar, por lo que no podía
haberse percatado de este detalle.

El soldado levantó la larga espada sobre su cabeza y detuvo la que
se dirigía veloz hacia él. Repelido el ataque, se mostró rápido al golpear
a un segundo adversario en la cara con el codo del brazo libre y
aún tuvo tiempo para detener un nuevo sablazo del anterior, este a la
altura de la cintura. Ahora, centrado en un único rival y demostrando
una mayor agilidad, no le costó doblegar al que antes lo mandara al
suelo de bruces, terminando por enterrar su arma en el pecho descubierto
del enemigo. Una tercera vez, el hombre miró fijamente a Mabel
a los ojos, en apariencia extrañado de verla allí.
―Abuela, ¿de verdad no pueden vernos?
―No, mi niña.
―Entonces… ¿De qué forma podemos ayudarles?
En los ojos de Laria surgió de pronto un leve brillo que Mabel no
llegó a apreciar.
―¿Recuerdas aquella vez que me preguntaste por qué uso ropas
tan anchas y de tan variados y vivos colores?
Mabel miró de forma instintiva su vestimenta y en efecto volvía a
llamarle la atención que en cada manga pudiera caber su propia cintura,
aunque debía reconocer que ella era una chica bastante delgada.
Además, las formas irregulares del dibujo registraban todos los colores
conocidos, sin olvidar uno sólo.

―Sí. Me dijiste que se debe a la tradición de nuestra familia, aunque
ni yo ni mi madre hemos vestido de esta forma.
―Estas son las ropas con las que nos identifican en la aldea y hace
mucho tiempo que se vienen usando en nuestra familia. Cada nueva
generación ha ido heredando los conocimientos de la anterior, estos
cada vez mayores tras nuevos estudios y experiencias. Por eso los habitantes
de Lídea y otras comarcas de alrededor han acudido siempre
a nosotras cada vez que tenían algún problema, ya fuera de salud o…
con fenómenos extraños en sus casas o terrenos. No sólo me encargo
de entregarles remedios que hayan de sanarles; también les libro de
estas presencias, a las cuales ayudo a abandonar nuestro mundo.
―¿Y vas a ayudar a estas? ―Mabel pronunció sus últimas palabras
mientras de reojo echaba un nuevo vistazo al soldado que de vez
en cuando centraba en ella su mirada, combatiendo el resto del tiempo
contra sus adversarios y levantándose cada vez que era derribado.
―Para eso estamos aquí, cariño.
―Pero, si no pueden vernos, ¿cómo les ayudas?
―De esta manera.

Laria se incorporó y se acercó al grupo que tenían más cerca. En él
combatían once soldados, entre los cuales se encontraba el que llamaba
la atención de la chiquilla. Este no dio la impresión de haber
notado la presencia de la mujer, a la cual parecían atravesar de la
misma forma que los arqueros a la urna.
Tras elegir a uno de ellos, levantó una mano y la puso sobre su cabeza.
El que tocó dejó de moverse al instante, lacio su cuerpo mientras
el resto de los soldados se olvidaba de él, como si hubiera desaparecido.
―Yo te libero ―dijo Laria en voz alta―. Márchate, inicia el camino
hacia el lugar al que perteneces.
El cuerpo semitraslúcido del soldado comenzó a emitir una luz
blanca intermitente que parecía surgir del pecho, un resplandor ligeramente
molesto para Mabel. Esta vio cómo el tiempo entre la aparición
y ausencia de la luminosidad era cada vez menor, hasta que la
luz pareció establecerse de forma perenne en el espectro. Pocos segundos
después, este soltó un desgarrador alarido a la par que comenzaba
a desaparecer de la vista de la joven, en una especie de agónica
segunda muerte que para Mabel duró toda una eternidad. Finalmente,
ante los ojos llenos de tristeza y pavor de la chiquilla, el soldado
desapareció por completo.

―¡¿Qué le has hecho?! ―gritó dejando a las claras su disconformidad
con lo sucedido.
―Mandarle a donde debe estar.
―¡Pero he notado su sufrimiento! ¡Ha sido horrible!
―Cariño, era necesario. Necesitan nuestra ayuda.
―¡¿Nuestra ayuda!? ¡Nunca podría haber imaginado esto! Dime,
¿alguna vez mi madre te vio hacerlo? Porque, entonces, entiendo que
no quisiera saber nada de este don.
―Sí, lo vio ―se apreció una pizca de rabia en la respuesta de Laria―.
Sé que parece terrible, pero tenemos la obligación de hacerles
continuar su camino. Es nuestra responsabilidad. No podemos eludirla.
―¿No podemos? ¡Yo no quiero hacerlo! ¿Es que no lo sientes?
¡¿No sientes cómo sufren?!
―¡Niña, no me vengas con las mismas tonterías que tu madre!
―exclamó a medida que se acercaba a la muchacha―. A ella no le
aguanté ninguna y tampoco voy a aguantártelas a ti.
―¿Que no le…? ¡¿Le hiciste tú algo a mi madre?!
La mirada de Mabel cambió radicalmente, a la par que Laria se
daba cuenta del alcance de sus palabras y buscaba en su cabeza otras
muy distintas que consiguieran calmar a la joven.
―¡No…! Mabel, ya sabes que fue un oso el causante de su muerte.
¿Cómo puedes siquiera pensar que yo… que yo pude hacerle algo?
Mabel se levantó del que era su asiento y comenzó a andar a un
lado, sin reducir ni ampliar la distancia con su abuela. Su voz, desde
luego, había tomado una cariz muy distinto al de hacía sólo unos minutos.
―¿Qué le hiciste? ―dijo entre dientes.
―Mabel, vamos… No tuve nada que ver con su muerte.
―Ella se negó a hacerles lo que acabo de ver y eso te enfureció,
¿no es así?
―Yo… Sí, vale. Es cierto que se negó, y también que me enfadé,
pero no la maté.
―¡Mientes!
―No, cariño. No te miento.
―¿Tampoco me mientes en eso de que no nos ven?
La última de sus frases desconcertó a Laria, consciente de que se
refería a los espectros que les rodeaban.
―¿Acaso…?
―¿Dime ahora mismo qué es lo que le hiciste? ―La muchacha
repitió su pregunta en un tono amenazador, pero no obtuvo respuesta.
Por ello, se olvidó por un momento de su abuela y echó un vistazo al
soldado que la observaba. Este, aún más extrañado que antes ante la
dureza de la mirada de la chiquilla, ignoró al que en ese momento luchaba
con él y dio un par de pasos en dirección a la joven. En su rostro,
de pronto, se apreciaron nuevos gestos de sorpresa. El espectro
miró hacia todas las direcciones, miradas furtivas similares a las que
Mabel realizara sobre cada uno de los elementos que formaban el valle.
La muchacha entendió que aquel soldado acababa de tomar conciencia
de que la batalla entre los cinco ejércitos no era real, quizá incluso
que ya no pertenecía al mundo de los vivos.
―Mabel, tranquilízate, ¿quieres? No puedes dejar que esto te
afecte.
―¿Que no me afecte? ¡¿Cómo pretendes que lo haga?! Lo que
acabas de hacer es algo horrible. Si hay que lograr que avancen, estoy
segura de que habrá otro modo. ¡Tiene que haberlo!
―No, mi niña; no lo hay. Este es el único medio.
―Entonces, no quiero hacerlo.
Laria, ante dicha afirmación y la completa seguridad en su voz,
mostró un rostro lleno de ira, como Mabel ni siquiera hubiera imaginado
posible en la mujer que tan bien creía conocer.
―Me decepcionas, Mabel. Igual que tu madre…
La mujer de melena blanca arrugó la frente y apretó la mandíbula,
momento en el que el soldado se abalanzó hacia la joven. Esta, por
un instante, pensó que podría seguir alguna orden de su abuela, pero
la patente sorpresa en Laria al ver entre ambas al espectro le dejó claro
que no era cosa suya.
Mabel se agachó y distinguió de reojo, a su espalda, la hoja de un
enorme hacha perteneciente a otro espectro, al cual se enfrentó el que
había corrido frente a ella. Las fantasmales armas volaron en ambos
sentidos en busca de rasgar el lugar ocupado por el rival, experimentados
combatientes que, aún perdida su forma corpórea, demostraban
una fiereza y una destreza difícil de igualar.

La muchacha gateó unos pocos metros hasta alcanzar una prudente
distancia lejos del alcance del hacha y sólo entonces se fijó en el espectro
que la atacó. Era muy distinto a cualquiera de los que había
visto en el valle, con vestimentas ajadas, más alto y musculoso que el
que partió en su ayuda y con muchas cicatrices tanto en el rostro
como en los brazos, desnudos estos desde las manos hasta los hombros.
La batalla no duró mucho, alzándose vencedor el soldado tras degollar
al fantasmal guerrero. Curioso fue que la cabeza segada no cayera
al suelo y que el hueco formado entre esta y el tronco volviera a
cerrarse a los pocos segundos. Sin embargo, a pesar de que aparentemente
podría continuar luchando como si nada hubiera ocurrido, el
espectro apoyó el largo mango del hacha en el suelo, así como una de
sus rodillas mientras bajaba el rostro en dirección a sus pies. El soldado,
por su parte, miró a Mabel a los ojos y asintió con la cabeza.
Con ello, le hizo entender que todo estaba bien, que no debía preocuparse
por el guerrero.

―Cómo… ¿Cómo puedes controlarlo? ―preguntó una desconcertada
Laria―. No puede ser… No puedes controlarlos tan rápido.
―¿Es esto lo que hiciste con mi madre? ―le ignoró Mabel―.
¡¿Con tu propia hija?! ¡¡Confiésalo!! Usaste a un espectro contra ella
sólo porque no quiso seguir tus pasos, ¿verdad? Y… también porque
no te dejó que hicieras de mí lo que no pudiste con ella.
―Pero… Cariño, es nuestra responsabilidad…
―¡Calla! ¡No vuelvas a decir que es nuestra responsabilidad, porque
no lo es! Tú… ¡Tú mataste a mi madre!
―¡Mabel, espera! Necesitaba a alguien que me sucediera. ¡¿Es
que no lo entiendes?! Una vez que yo muera, si nadie les hace continuar
su camino… ¿Qué pasará con ellos? ¿Y con el resto del mundo?
Lo llenarán y todos tendrán problemas.
―No tenías por qué matarla. Y tampoco a mí. ―La voz de la joven
parecía ahora más calmada, aunque en realidad se sentía cansada,
dolida… Se giró entonces hacia el que mantenía una rodilla en tierra―.
Levántate. ―El guerrero se incorporó, aún con la cabeza gacha―.
¿Volverás a atacarme? ―El espectro se limitó a dar un mudo
no girando a ambos lados el rostro―. Bien. Los dos, ¿podéis traerme
a más como vosotros? ¿Podéis sacar de ese terrible bucle a los soldados
del valle? ―No recibió mayor respuesta que la veloz carrera de
ambos hacia los espectros del valle.
―¿Y qué harás ahora? ―exigió saber Laria.
―Si es cierto que han de avanzar hasta un siguiente estado, buscaré
la forma correcta de que hacerlo.
―¡Vaya! Entonces, ¿te embarcarás en un viaje de peregrinación?
―Eso no te incumbre.
―No, no me incumbre. Márchate. ¡Eso, vete! Pero no quiero volver
a verte.
―No te preocupes; no volverás a hacerlo.
Mabel se quedó mirando algo por detrás de su abuela, con una triste
sonrisa en su rostro. Laria se giró y descubrió una legión de espectros
que avanzaba veloz hacia ella. Al llegar a su altura, algunos la
atravesaron, como si no estuviera allí realmente. Se detuvieron a pocos
pasos de Mabel, con el soldado que la defendió a la cabeza.
―Dime, Laria. ¿Sólo son órdenes lo que le dabas al guerrero o
también escuchabas lo que tuviera que decir?
―Sólo órd… Espera, ¿oyes su voz? ―pero no recibió respuesta, lo
que la impacientó sobremanera―. ¿Los oyes? ¡¿Los oyes?!
A una orden de Mabel, que Laria no llegó a entender, los espectros
se dispersaron, formando un círculo alrededor de ambas. Entonces, la
joven se acercó lentamente a su abuela, con gruesas lágrimas recorriéndole
las mejillas.

―Sí, les oigo ―dijo cuando apenas quedaba un par de metros entre
ellas―. Tu guerrero, que ya no es tuyo, me ha revelado que lleva
mucho tiempo siguiendo tus órdenes. No siente empatía por otros espectros,
así como tampoco por las personas vivas, aunque la soledad
sí es algo que le duele, y contigo, al menos, esta era levemente mitigada.
Pero también me ha dicho algo que necesitaba saber…
―¿El qué? ―respondió con un nudo en la garganta, mirando de
reojo a ambos lados, a los espectros que no le quitaban ojo de encima.
Allí se encontraba la práctica totalidad de los que aún se enfrentaban
en el valle, unidos los cinco ejércitos bajo el mandato de Mabel.
―Que él, a una orden tuya, atacó a mi madre. Sin embargo, no
murió a causa de su hacha. ―La joven se acercó aún más a la mujer,
llevando sus labios junto a los oídos de esta―. Tuyo fue el golpe final;
tuya la mano que enterró el puñal en su corazón.
Mabel se retiró lentamente hacia atrás, con la mirada nublada por
el exceso de lágrimas.

―Era… Era nuestra responsabilidad. Mabel… Es obligación nuestra…
La muchacha se dio la vuelta y pronunció unas escasas palabras
tras las cuales los espectros se abalanzaron hacia Laria. No se dieron
prisa en acabar con su vida, deleitándose con la realización de cientos
de pequeños cortes, tanto superficiales como internos, mientras
los gritos de ella se fueron apagando con extrema lentitud.
Una vez que el corazón de la mujer dejó de latir y toda muestra de
vida se hubo disipado, los espectros se retiraron. Mabel miró hacia
donde debía encontrar el cadáver de su abuela y sobre él vio una
imagen calcada de la misma, a todas luces perteneciente a un mundo
distinto del de los vivos. A dicha alma se acercó, no siendo hasta el
momento en el que se dirigió a ella cuando esta se percató de la joven.
―Dime, Laria. ¿Cómo se siente estando al otro lado?
La nombrada quiso decir algo, pero no encontró las fuerzas para
pronunciar palabra alguna. Aún así, en la cabeza de Mabel se materializó
todo aquello que su abuela hubiese querido decir.
―Sí, ya supuse que debía sentirse raro. Pero, ¿sabes qué? Yo puedo
librarte de eso.
Con el ceño fruncido, Mabel puso una mano sobre la cabeza del
nuevo espectro y le ordenó avanzar.
―¡Vete, Laria! ¡Y siente lo que otros sufrieron por tu culpa!

Mabel observó el mismo espectáculo de luces de antes, sintiendo
un leve cosquilleo en la mano con la que mantenía el contacto con
Laria hasta que esta desapareció entre terribles alaridos.
Una vez finalizado el avance de su abuela, la joven se obligó a desechar
de su mente cualquier pensamiento sobre la misma y se dirigió
hacia la urna. Cuando al fin llegó hasta la roca en la que se encontraba,
se encaramó a lo alto, no costándole demasiado. Ya junto a
al objeto mágico, acercó una mano a uno de los asas y tiró hacia sí
sorprendiéndose de que no pareciese pesar un sólo gramo.
Ahora que la tenía tan cerca, comprobó que los dibujos representaban
a algunas extrañas criaturas, curiosas mezclas de varios animales.
Poco más le interesó de la misma cuando observó que el interior
estaba vacío. Si en algún momento había contenido almas, estas ya
no se encontraban en su interior y, posiblemente, la urna ya había
cumplido el fin para el cual fue depositada en dicho lugar. Por ello, la
dejó caer desde el borde de la enorme roca, rompiéndose en varios
pedazos, para su asombro, al contacto con el suelo.
Mabel levantó la cabeza y observó el ingente número de espectros
que esperaba sus indicaciones. ¿Qué iba a hacer con ellos? No estaba
segura, aunque algo le decía que debía buscar un mejor método que
el de su abuela para hacerles avanzar. Quizá si fuera buena idea realizar
un viaje a través de los continentes de Endina y Basina para hacerse
con la información que precisaba, por lo que la siguiente pregunta
debía ser: ¿por dónde empezar la búsqueda?

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Jul 302014
 
 30 julio, 2014  Publicado por a las 11:11 Tagged with: , , , , ,  Sin comentarios »

Aún me tiemblan las manos al recordar mi primer día de trabajo como exterminador de plagas en el subsuelo de la ciudad fronteriza de Bermoth. Temo que no habrá nunca paz dentro de mí en lo que me resta de vida.

No era más que un muchacho pero ya había luchado en una guerra y sufrido más de una hambruna. Cuando comenzó la guerra abierta contra los elfos del bosque, mucho antes de que fueran desterrados a sus actuales reservas; me alisté siendo aún menor de edad en la milicia.

Relatos de Fantasía - Ignacio López

Soldados por Ignacio López


Nuestra instrucción era breve y penosa. Tan solo nos enseñaban a intentar disparar todos a la vez nuestros mosquetes, mientras la fila anterior recargaba sus armas. La verdadera instrucción vendría con la larga marcha hacia el frente seguido de cerca por nuestro sangriento bautismo de fuego. Un bautismo que de sobrevivirlo, ya podías considerarte un veterano de pleno derecho, beber junto a los demás, putañear y jugarte el sueldo.
Al terminar la guerra y viendo que muchos podríamos comenzar de nuevo como colonos en las tierras de los anacrónicos elfos, muchos decidimos quedarnos en las llanuras fértiles que se extendían alrededor del bosque. Un lugar en el que asentarse y prosperar.
Sabía que después de la guerra no sería capaz de llevar una vida como engranaje en la era industrial que estaba por llegar. Para bien o para mal, el mosquete y el sable eran ya parte indisoluble de mí y no sería nunca más otra cosa que un soldado. Siempre habría enemigos a los que abatir.

Los enemigos tomaron esta vez la apariencia de una plaga. Una plaga que hacía terriblemente costoso en dinero y vidas, la construcción y acondicionamiento del alcantarillado así como los cimientos de los edificios.
El subsuelo estaba atestado por gusanos del tamaño de un niño. Eran ciegos, obesos y provistos de tres hileras de dientes como estiletes.
La barata dinamita pudo hacer parte del trabajo. Pero igualmente hubo que crear patrullas de soldados permanentes que vigilaran los trabajos. Naturalmente me presenté para un puesto de soldado en el que poder sacar provecho a mis aptitudes.

Los años transcurrían y los edificios crecían. Las calles se multiplicaban. Los cables de telégrafo cubrían los cielos de la ciudad. El tranvía hidráulico recorría diariamente la ciudad dejando a los habitantes en sus respectivos puestos de trabajo. Mientras tanto, en el subsuelo, la guerra continuaba. El sonido de los mosquetes y bombas manuales quedaba insonorizado por metros de piedra y tierra.

La ciudad crecía casi a la par bajo tierra. Creando carreteras y suburbios; incluso se presentó un audaz proyecto por parte de un ingeniero enano, de construir un tranvía subterráneo que fuera directo a los yacimientos minerales que se encontraban casi al otro extremo del gran bosque. Por el momento dicho proyecto se encontraba parado. Más por motivos raciales y propagandísticos que prácticos. Aunque según oí poco tiempo después, el alcalde consiguió comprar el proyecto al ingeniero enano por una suma bien suculenta. De todas maneras no hay cifra suculenta que te haga desaparecer de un día para otro, sin dejar rastro sobre una ciudad tan basta y bien comunicada, como lo era Bermoth.
Al dar comienzo la titánica construcción, nos llamaron a todos los soldados permanentes de la ciudad. Nos dieron orden estricta de proteger a toda costa a los ingenieros y la costosa maquinaria; más incluso que a los propios obreros. Todos ellos en su mayoría elfos capturados y orcos esclavos.

Ninguno estaba preparado para lo que estaba por venir. Sin nadie esperarlo, una de las cargas de dinamita derribó un pared de piedra repleta de limaduras de hierro, dejando al descubierto una caverna de un tamaño nada envidiable a el de la ciudad que teníamos varios metros sobre nosotros. Pero lo que hizo que todos nos dispusiéramos a cargar nuestros mosquetes de pólvora y metralla, fueron todos aquellos gusanos, infinitamente más grandes que los que nos habíamos encontrado hasta ahora. Habían conseguido de alguna forma construir entre roca y tierra, un conglomerado de calles, avenidas y edificios altos y ovalados, por toda la cavidad. Era una maldita ciudad de gusanos.

Nuestros mosquetes escupieron fuego. Los obreros e ingenieros abandonaron las máquinas y escaparon por la gran carretera inacabada que teníamos tras nuestras espaldas. Los mosquetes abrieron el cuerpo de uno de aquellos demonios terrosos, pero no detuvo su avance. Escupió algo parecido al fango verdoso sobre uno de mis compañeros convirtiéndolo en una masa sanguinolenta de carne, hueso y acero.
La mayoría huyó y yo hubiera echo lo mismo si no fuera por que mis piernas enfundadas en maya metálica y tubos reforzados no me respondieron. Cargué mi arma y le coloqué una bayoneta en el otro extremo del cañón. Apunté al extremo de una de sus protuberancias de las que exudaba aquél líquido mortal. Disparé haciendo que aquel tumor supurante estallara. El olor de aquél veneno hizo que vomitara sobre mi coraza. El gusano avanzó arrastrándose más de lo normal. Desenfundé mi sable y con temor aderezado con odio típico del soldado, le abrí la cabeza. Con un milagroso momento de lucidez, le introduje en su cabeza abierta o lo que debía ser el extremo en el que se encontraba la cabeza, una bomba manual.

Después del estallido y el humo, nada recuerdo. Me contaron que uno de los orcos que no huyó, aferró mi mosquete y cargó conmigo hasta el exterior. También me contaron que la cantidad de gusanos era aterradora, de muy diferentes tamaños y formas. Pero lo que mas me aterró es que no eran ya una simple plaga a la que exterminar. Nosotros éramos los intrusos en su reino subterráneo.
Mientras escribo esto desde una de las estancias del sanatorio Bermoth Unido, no dejo de pensar en aquello que se desliza bajo nuestros pies, y el día en que decidan tomar su justa venganza.

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Jun 132014
 

— ¡Digicio! ¿Me llamabas? —preguntó el capitán.

Se encontraban en lo alto de las murallas de la ciudad de Arnias. Décimo Digicio Nemerius observaba los fuegos que alumbraban el campamento del ejército que asediaba la ciudad desde hacía meses. El comandante era un mercenario contratado hacía años para ponerse al frente de la pequeña guarnición de la urbe, situada en una posición estratégica entre los dos estados rivales.

Relatos de Fantasía - Asedio al castillo

— Se preparan para atacar —se limitó a decir mientras no quitaba ojo a lo que ocurría al otro lado de los muros.

Aeros respetaba a aquel hombre, casi lo veneraba. Habían luchado y convivido durante muchos años, casi desde su llegada a la ciudad. Sus dotes para el mando hacían gala de su reputación de buen general. Sin embargo, allí arriba y en mitad de la noche, sin quitar ojo al enemigo, hacían sentir al capitán bastante inquieto.

— ¿Por qué te preocupas tanto, Digicio? —le contestó sin preocupación—, llevamos diez meses aislados y no han sido capaces ni siquiera de atravesar los muros.

— Sin una vía de escape es cuestión de tiempo.

— Tenemos suministros, si no descubren los pasadizos…

El ajetreo dentro del campamento era palpable, pero con la leve luz proveniente de las hogueras, no se podía distinguir lo que hacían en la lejanía. Décimo Digicio llevaba allí apostado desde primeras horas de la noche, intentando vislumbrar algo que le dijera qué es lo que iba a pasar cuando saliera el sol. Su corazón lo percibía, pero no quería creerlo.

— Eso ya da igual Aeros.

— Mientras tengamos agua, comida y un buen sitio donde descansar ¡no tendremos problemas para aguantar el tiempo necesario! —El capitán estaba seguro de sí mismo—. ¡Mírales, Digicio!, ellos pasan frío y duermen sobre el duro suelo. ¡Su moral está bajo mínimos!

— Se han cansado de esperar —discrepó para sí el comandante.

Han llegado los espías. —Les interrumpió un soldado.

Dos hombres corpulentos se acercaron. Iban sin las armaduras reglamentarias y con apenas un cuchillo más largo de lo habitual, diseñado para degollar en silencio a sus víctimas. Su indumentaria era para no hacer ruido y poder pasar desapercibidos durante la noche. Digicio les miró inquisitivamente, queriendo saber qué era lo que habían visto. Los dos mostraban en su rostro lo que el comandante no quería creer.

— Han llegado refuerzos —dijo uno de ellos.

— El ejército regular —continuó el otro.

Están con los preparativos, ¡atacarán al alba! —Les despidió con un gesto y continuó observando el campamento enemigo. Aeros lo miraba en silencio, los había subestimado.

— ¿No han venido para ayudarles, verdad? —preguntó.

— ¡Atacaran por la mañana!

— Quizás si firmáramos un tratado y nos rindiéramos, respetarían a las familias. —Le intentó convencer el capitán, al verse sin salida.

— Ningún ejército que expanda su territorio y tenga un afán conquistador, lo hace sin derramamiento de sangre.

— ¿Pero tal vez…? —insistió.

— Esos hombres han pasado casi dos inviernos en ese campamento, sin otro entretenimiento que los dados y las rameras que los acompañan —le explicó Décimo Digicio—. Querrán su botín y no sólo son las riquezas de la ciudad. ¿Qué crees que harán con nuestras mujeres? ¿Donde crees que acabaremos tú o yo, Aeros? ¿En las minas del norte? ¿En galeras?

— ¡Lucharemos!

— No nos matarán a todos. —El comandante le miró a los ojos—. ¿Y luego qué?

— Esperaremos a que lleguen refuerzos.

— Si no han llegado ya, no llegarán mañana. —Aeros comenzaba a comprender las intenciones del comandante.

— ¡No pienso hacerlo Digicio! ¡Lucharé!

— Voy a hablar con el consejo —le contestó de una forma un tanto seca.
Aeros se quedó pensativo, mirando los movimientos que había a lo lejos dentro del campamento. Ahora era él quien estaba preocupado.

II

Los preparativos tardaron más de lo esperado y el asalto se produjo cerca del mediodía. La ciudad estaba en calma y nada hacía presagiar una gran resistencia. El general Murino lanzó sus huestes contra la muralla. Los arqueros comenzaron a disparar, acompañados de catapultas y lanzapiedras, para proteger en la medida de lo posible a los hombres que se acercaban a los muros con escalas, y al pequeño ariete que comenzaba a llamar a las puertas de Arnias.

No se habían percatado, debido al alboroto desplegado, de que nadie dentro de la ciudad estaba repeliendo el ataque. Las escalas se posaron sobre la muralla sin oposición, el ariete golpeaba los portones, y las flechas y piedras chocaban contra la pared de roca. Los soldados abrieron las puertas antes de que el ariete terminara de demolerlas, y para sorpresa de todos, un sólo hombre les hacía frente con la espada en la mano.

Todo el ejército se detuvo en silencio, esperando la respuesta de su general. Los soldados no sabían qué hacer. Antes de entrar en la ciudad, Murino contempló la figura del hombre que los desafiaba. Empuñaba la espada y una pequeña rodela. No alcanzó a ver nada más, a pesar de que los hombres apostados en las murallas y los que habían atravesado los muros por el portón, no dijeron nada de lo que pasaba en el interior de la ciudad.

Murino ordenó a un soldado que acabara con el insolente, no le gustaba perder el tiempo. El soldado se acercó y atacó. El tajo bajo oblicuo, fácil de esquivar. El guerrero dejó pasar el golpe y le clavó la espada en la boca del estómago. Cayó en el acto.

Dos soldados más se adelantaron. El guerrero detuvo el golpe con el pequeño escudo, mientras apuñalaba a uno de los soldados. Después giró, evitando que a su segundo oponente le diera tiempo reaccionar y le alcanzó el cuello. Su cuerpo se desplomó de costado.

Un grupo de diez soldados acudieron en ayuda de sus camaradas. Los dos primeros cayeron bajo el filo de la espada y una tercera logró desarmarle. Sin embargo, el ímpetu de la respuesta fue tan grande, que dos golpes con la rodela fueron suficientes para derribarle sin sentido. El resto atacó decidido.

El guerrero fintó y le arrebató una lanza a su adversario, cayendo de rodillas herido por el filo de otra pica. Se levantó deprisa, aún estando herido, y blandió su arma describiendo círculos en un vano intento de mantener alejados a sus enemigos.

— ¡Basta! —gritó Murino. Todos bajaron sus armas y dieron un paso atrás. — ¡Derribadle, le quiero vivo! —Dos saetas volaron y se clavaron en las piernas del guerrero, haciendo que se cayera al suelo.

Cuando el general cruzó la puerta de la ciudad vio los cuerpos tendidos de sus ciudadanos. Habían preferido quitarse la vida a someterse a las vejaciones de sus enemigos, preferían morir libres que claudicar ante las atrocidades de sus oponentes. Los hombres habían quitado la vida a sus mujeres e hijos, a continuación, se habían suicidado con su propia espada.

Murino salió de la ciudad en busca del único guerrero que les había hecho frente.

— ¿Por qué lo han hecho? ¿Es que no son capaces de defender su hogar? —gritó enfurecido.

— Esta es una ciudad pequeña y no hubiésemos podido hacer frente a tu ejército, general. —El hombre se encontraba tendido de rodillas, desangrándose—. ¿Cuál es el destino que les esperaba? Prefirieron morir con honor, a su manera. Decidiendo ellos mismos cómo hacerlo.

¿Y tú por qué no has hecho lo mismo? —preguntó Murino de manera despectiva.

— Cada uno decide morir como quiere —respondió altivamente—. Prefiero hacerlo luchando. —Murino miró los cuerpos de los pocos soldados que habían muerto aquel día.

— Admiro tu valor, pero tú no tendrás esa suerte. No morirás como quieres, lo harás en las minas —Murino le dio la espalda— ¡Quemadla!

Arnias ardió hasta los cimientos, pero sus habitantes se convirtieron en mártires para otros. Su muerte había sido un símbolo para aquellos que los consideraron héroes, e hicieron frente al ejército de Murino.

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